En un sugerente artículo sin firma en la web de la BBC leemos: «Todos los días se realizan millones de búsquedas gratis en Google. Todos los meses pasamos millones de horas gratis en Facebook y leemos gratis millones de artículos de diarios. Usted no está sólo siendo observado, usted está siendo comercializado. Todos los días Google recoge millones de términos de búsqueda que no sólo le ayudan a pulir su sistema de búsqueda sino también su estrategia de marketing para dirigirlo con precisión y aprovecharlo por muchos meses. Todas las semanas Facebook recibe millones de actualizaciones altamente personales que se guardan para siempre y van formando una base de datos para generar ganancias por medio de la publicidad personalizada. Todos los meses diarios gratuitos instalan y rastrean galletas (conocidas como cookies en inglés) en su computadora que les dicen cuáles son sus intereses y les permite modificar sus anuncios, y en el futuro, incluso su contenido en torno a sus gustos. Por lo tanto, usted no está sólo siendo observado, usted está siendo comercializado. La moneda es ahora información, su información. Las empresas pueden utilizar esa información para generar muchas ganancias. Pocos de nosotros somos conscientes de las implicaciones de estos cambios, y pocos nos preguntamos si ésta es una transacción comercial que vale la pena.»

Hace unos cuantos post, al comentar el acuerdo de Facebook y Whatsapp decíamos que las palabras entrecomilladas de Zuckerberg  acerca del valor real de la compañía adquirida –«el valor de Whatssapp son sus cuatrocientos millones de usuarios»– resultaban extraordinariamente precisas en su significado: el precio del gratis total somos nosotros y nuestros perfiles compuestos de millones de clics, millones de búsquedas, millones de imágenes, millones de datos.

Permítanme que hoy, de nuevo, insista ( y no será la última vez): nada es gratis.

Todo tiene un precio y cuando ese precio se materializa en una adquisición de miles de millones de euros deja de ser una hipótesis y se convierte en algo objetivo. En un mundo en crisis y en recesión, los números de las grandes corporaciones de la red y la comunicación no dejan de aumentar… gracias a nosotros.

Como hemos comentado otras veces, esto ya ocurría –y ocurre– con la televisión generalista que nos ofrece todos sus contenidos a cambio de nuestro tiempo; tiempo que, a su vez, las corporaciones televisivas venden a los anunciantes para exponernos a su bombardeo publicitario. El precio de la gratuidad televisiva es el tiempo y la presencia de los usuarios ante las pantallas para ser expuestos a los spots publicitarios: eso que con un nombre un poco arcaico y eufemístico se denomina «audiencias». Las televisiones no fabrican programas, los programas son solo el combustible del horno en el que se acrisola el verdadero producto televisivo que finalmente se cambia por dinero: la presencia y el tiempo de los usuarios ante la publicidad, que es la que paga finalmente la televisión.

Otra forma de verlo puede resultar antagónica: para muchos, gracias a la publicidad podemos acceder a la televisión que, de otro modo, tendríamos que pagar. Es lo que ocurre con las radios privadas que funcionan gracias a la publicidad. Pero así como la publicidad verbal o auditiva no nos absorbe con sus repetidos sonsonetes y jingles, las imágenes son otro cantar: a veces pienso que el continuo televisivo –ese magma compuesto de series-publicidad, películas-publicidad,  talk shows-publicidad, reallyties-publicidad e incluso noticias-publicidad…- es indiferenciado y que el mensaje de todos sus componentes es sólo uno y el mismo: diviértete, es decir, pasa el tiempo distraído, no pienses, consume deseos, alimenta tu insaciable insatisfacción… y finalmente compra.

Con internet, la cosa no cambia. Lo que antes se disfrazaba de entretenimiento gratuito, ahora se viste de comunicación interpersonal e información. Lo que antes era nuestro tiempo y nuestra atención, ahora es nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros datos. Dice el artículo en la web de la BBC: «Nos regalan entretenimiento e información sin límite y gratuita, pero con un precio: nosotros. De ese modo somos cómplices de un acuerdo tácito que ha cambiado por completo el concepto de privacidad, aunque seguimos viviendo como si ese cambio y ese precio nunca se hubieran producido. Ofrecemos gratis todo lo que somos a sitios web que utilizamos todos los días y lo hacemos todos y a gran escala. Damos información sobre nosotros mismos cada vez que nos conectamos y esta información es almacenada y utilizada por poderosas compañías a las que damos valor».

Así son las cosas y así se las hemos contado.