Hay ―por lo que me han contado ya desde hace un tiempo­― una pareja de emprendedores  que han puesto en marcha una empresa que organiza funerales ecológico-laicos en los que las cenizas del difunto son depositadas como abono de un árbol recién nacido. Se matan así —permítaseme la expresión en contexto tan luctuoso— tres pájaros de un tiro: el cadáver se metamorfosea en árbol, los cementerios se convierten en hermosos bosques y el Planeta produce un poco más de ozono. Creo, además, que los familiares reciben un título de propiedad del árbol plantado, quizá por si en un futuro se les ocurriera hacer leña del árbol caído.

El medioambiente simbólico se puebla así de simbología laica que ―y esto es lo llamativo― pretende sustituir a la simbología religiosa en una especie de vuelta del calcetín de la ritualidad vital.

No tengo nada en contra de que la gente entierre a sus muertos como Dios—o su convencimiento o un Elfo New Age…— les dé a entender. Nada tengo que objetar a que la gente se case por lo civil, faltaría más. Como si no se casan, allá ellos. Es más: entiendo que es verdaderamente consecuente aquel que siendo ateo, ritualiza los hechos importantes de su vida sin poner a Dios por medio. Es una forma sana de entender la vida vivir públicamente las propias convicciones.

Lo que no acabo de entender, en cambio, es ese afán de convertir en laico lo que es a todas luces única y exclusivamente religioso. Así esa moda de los bautizos laicos, las comuniones laicas o —no nos extrañemos de nada— las confirmaciones laicas… que son tan estúpidamente incongruentes como si, los domingos, dieran en celebrarse misas laicas.

Escribo entre la Constitución y la Purísima, por eso: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios y el medioambiente estará así mucho más despejado.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.