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© Quino

Hace tiempo que la información televisiva derivó en espectáculo y mercancía. Y hace mucho más tiempo que sus funciones de formar y entretener vendieron su alma al diablo de las audiencias. Hoy sólo queda entretenimiento puro y, sobre todo duro, sazonado con altas dosis de consumo publicitario. Sin embargo, abandonamos a los niños frente a la contraeducación de la pantalla.

Antes de que puedan entender su talento, Homer Simpsom les ha disertado largamente sobre las virtudes de la cerveza Duff ; se les da de comer una cucharadita por mamá con los dibus de Padre de familia; se meriendan el Diario de Patricia o después de los deberes se han mirado en el espejo del personaje de cualquier Supermodelo o de Física y Química y han elaborado su concepto de pareja desentrañando las Escenas de cualquier matrimonio.

Pero no pasa nada porque, conocedora de sus desaguisados, la nodriza electrónica ha elaborado una supernodriza de ficción. Colocamos a la zorra dentro del gallinero de la habitación de cada niño y luego pedimos auxilio a la pantalla para que una Supernanny virtual nos ayude a reparar los problemas que ella misma ha creado. Pero ¿Quién es la verdadera pedagoga, Supernanny o Supertele?

Y, mientras, papá y mamá completamente en Babia como si nada hubiera cambiado.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.


P.S.: Gracias, Bea, por la ilustración.