Acaba el curso escolar, pero el curso de la escuela divertida continúa. Hasta ayer, los chavales estaban más tiempo ante el televisor que en clase. Pero  tenían clase. A partir de ahora ya no nos queda ante el poderío de la imagen defensa alguna.  Es el verano.  Si antes no teníamos tiempo, ahora menos, porque tenemos más y corremos el riesgo de que la voracidad del televisor nos deje sin nada. ¡Qué vértigo!
Sin embargo, descubrimos enseguida que el verano es siempre una magnífica oportunidad de ganarle una batalla a la omnipresencia televisiva. La programación se adapta bien a la exactitud ordenada de nuestros inviernos: el trabajo, el curso, la repetición rutinaria de nuestras jornadas, nuestro cansancio  —sobre todo nuestro cansancio— son el caldo de cultivo ideal para que el virus televisivo se disfrace de única alternativa, se adapte como un guante al ritmo de nuestro descanso y nuestros quehaceres. El ruido mediático forma parte entonces de nuestras vidas como si fuera en realidad la realidad misma. Y nos arrastramos como gusanos en el magma pegajoso de la programación invernal.

Pero llega el verano. Nuestro horario o, mejor, la falta de él, desconcierta a los programadores. Es la libertad o casi. Dejamos de ser espectadores y nos convertimos en actores. Salimos. Hay gente. Deporte, campamentos, piscinas, viajes, deliciosas novelas. Se nos hacen las tantas en la tertulia nocturna. Descubrimos como si fuera la primera vez la frescura del agua. Y en la excursión, la dureza del suelo, el peso de la gravedad y la belleza incomparable de lo inmenso de nuestra pequeñez. Disfrutamos de la recompensa diferida del esfuerzo, esa que jamás se encuentra detrás de apretar un botón. Alargamos la sobremesa, practicamos la siesta, nos sentamos a tomar una caña en el paseo. Hablamos.Vienen a vernos y vamos nosotros a verles a ellos. Terminamos por fin esa faena que esperaba un paréntesis para ser terminada. Nos adueñamos de nuestro tiempo que pierde dulcemente su valor económico y se estira. Nuestras vidas dejan de girar en torno al telediario y el no saber nada de lo que dicen que ocurre nos hace descubrir que muy pocas veces nos cuenta lo importante y casi nunca lo necesario y que lo que queremos saber es otra cosa y lo queremos saber de otra manera. Vemos que el mundo gira a pesar de todo sin necesidad de que lo hagan girar los líderes mediáticos. Descubrimos que disfrutar no es vivir viendo como otros viven, sino vivir nosotros. Experimentamos que no hace falta ver para pensar y que la mayoría de las cosas importantes en las que podemos pensar no son visibles, sino sólo vivibles. Advertimos que no queremos una imitación, una imagen de la vida, sino la vida misma. Sentimos que durante once meses nos han estado dando gato por liebre, que nos han engañado. Nos comemos por fin la zanahoria…  Es nada más y nada menos que el verano.

No importa que no haya clases, ni trabajo, ni jornada. No hay vértigo. Nunca somos tan dueños de nuestro tiempo como cuando el tiempo se nos ofrece sin plazos ni condiciones. Y entonces descubrimos por fin, que la tele no existe y que no pasa nada.

Cuando una mañana de agosto dejemos de escuchar el ruido ensordecedor de los vencejos; cuando de pronto a las ocho empiece de nuevo a anochecer; cuando nos hayamos puesto ya la primera chaqueta del verano porque refresca… nos inundará un presentimiento con sabor de pasatiempo y matarratos. A lo lejos, desde algún rincón, sabremos que la tele nos llama con colores y sonidos de otoño.

Mientras, feliz verano, compañeros. Y ojalá que podamos el invierno que viene, oponerle a la tele la resistencia de nuestras propias vidas. Para eso, ya saben: usen la televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.