José Luis tiene un ataque de melancolía en su comentario y exige menos hablar y más hacer. En esa línea sugiero que ante la tele una de las cosas que se pueden hacer es vivir sin ella.
Ya pusimos aquí algunos testimoniosde distintos personajes que la han excluido de sus vidas, pero he recordado un viejo artículo de La Vanguardia que guardaba entre mis papeles.

El artículo contaba algunas experiencias involuntarias de familias que por distintas circunstancias se habían quedado sin tele y estaban tan encantados que procuraron hacer de esa experiencia accidental algo permanente.

Alberto, padre de familia de dos preadolescentes: «La primera vez que nos quedamos sin poder ver la tv fue hace un par de años. El aparato se averió y durante dos semanas lo tuvieron en el taller: fue de tal magnitud el cambio que supuso en la vida hogareña de mis hijos que hace unos meses fuimos nosotros los que decidimos simular una avería. Y hasta ahora. Fue algo increíble, era tan alto el nivel de consumo televisivo de los chavales que mi mujer y yo llegamos a pensar que tendrían algo parecido a un síndrome de abstinencia, que les saldría un sarpullido cuando faltar. Pero para nada, los primeros días no sabían muy bien qué hacer con todo aquel tiempo, pero acabaron asumiéndolo con la mayor tranquilidad del mundo y hoy ya ni se acuerdan de reclamarla»

Escrito en 2007, Manuel Díaz Prieto daba algunas cifras respecto del consumo como el de que el 99’6% de los hogares españoles no se apuntan a esa posibilidad, cifra en la que sólo nos supera Portugal en la UE lo que pone de manifiesto que en Europa a más nivel de vida, menos televisión. Otro dato 2’2 televisores por vivienda, 19 horas semanales de consumo infantil, más 5 horas de videojuegos, más otras 6 de ordenador.

Nuria y Artur se fueron a vivir al campo y mientras estaban de obras no tenían televisor y lo echaban de menos: «Lo curioso fue que el día en que finalmente vino el técnico a ponernos la conexión, nos habíamos acostumbrado a pasar el tiempo haciendo otras cosas, como escuchar música o dormir».

Y es que la televisión, dice el articulista se parece a un chupete para la mente: todo lo que nos exige es sentarnos frente a ella.

«Odio el televisor como odio los cacahuetes: cuando empiezo, no puedo parar de comerlos», dicen que dijo  Orson Wells. A lo mejor, la solución para evitar la indigestión es mantenerse lo más alejado posible del paquete.

Por si decidís apuntaros a esta línea de actuación, dos libros:

365 ideas para vivir sin televisión, Claudina Navarro y Manuel Núñez, Integral, Barcelona, 1998

365 actividades sin televisión para niños, Steve y Ruth Beneth, Susaeta, 2004