Nada es ajeno a la creatividad y al pensamiento humano. Es extraordianario el potencial infinito que tenemos. Nuestra relación con el medio puede ser destructiva o benéfica, pero, sobre todo, es creadora, inteligente, inagotable en su capacidad transformadora.

En el medioambiente simbólico están también las cosas. Calladas. Silenciosas. Impasibles.

Pero el hombre -ese animal simbólico– las mira (no sólo miramos las pantallas) y aquello en lo que ponemos los ojos pasa de ser un objeto inerte a convertirse en un material dúctil y maleable con el que producir continua innovación. Lo fundimos con nuestra mirada y hacemos nuevo lo viejo. Miramos las cosas y nuestra mirada no es neutra, sino transfiguradora.

La cosa, el objeto, es por definición lo que no somos, lo que está fuera, lo que no es el sujeto. Pero nuestra forma de mirar las cosas las incluye en nosotros. Nos apoderamos de ellas, las interiorizamos y las digerimos produciendo el milagro de su renovación. No miramos las cosas, sino que miramos a las cosas.

Lo hacemos con la música, la materia más inasible y más pura;lo hacemos con las palabras; lo hacemos con la pintura, la escultura, las imágenes… Y lo hacemos también con las cosas.