Desde luego, yo no. No lo quería ni cuando biológicamente pertenecía a esa especie de clase sociológica de la que nunca me sentí cómplice, ni lo quiero ahora cuando he cumplido 57 tacos y he dejado muy atrás la posibilidad de que me hagan rebaja en el Interrail y estoy más cerca de que me hagan descuento por pertenecer a la tercera edad. Nunca fui joven porque he sido siempre alérgicamente rebelde a la uniformidad de las etiquetas sociológicas, ideológicas, religiosas o biológicas. Tampoco fui niño: desde mi más tierna infancia sentí el rumor interior del crecimiento en busca de la propia identidad.
Entonces y ahora, mi voluntad ha sido siempre la de ser persona, es decir yo mismo. Y precisamente el empeño en ser yo me provocaba y me provoca una reacción en contra directamente proporcional al empeño de los sociólogos por asimilarme a una masa de individuos cortada por un mismo patrón de ideas, costumbres y formas estéticas uniformes dentro de una aparente variedad de tribus creada por los expertos en márquetin como objetivo de consumo.
Bastante tenemos con llegar, poco a poco, simplemente, a ser algún día lo que potencialmente somos desde el primer segundo de nuestro comenzar a existir en la fecundación cuando de un par de células surge un ser completamente nuevo en la concepción biológica en el seno materno. Crecer, cambiar, envejecer en busca de ese mestizaje que denominamos personalidad… siendo siempre nosotros sin saber nunca muy bien lo que somos. ¿Ser jóvenes? ¿Qué es eso?
De ahí la sarta de halagos al dios de la eterna juventud, banalidades, etiquetas inventadas y lugares comunes y que jalonan este vídeo: