Simplemente hay que ser visto. Aquello que se ve, existe y cuanto más se ve, más existe. Y la gravedad de su contrario: lo que no se ve no existe y nada significa.
No sólo las personas sino los grandes abstractos simbólicos como la libertad, el amor, la democracia, la esperanza… no son objetos visualizables y, por tanto, se van convirtiendo en espejismos que tienden a desaparecer de nuestra atmósfera simbólica y sentimental.

Al otro extremo, el ver demasiado puede conducir a la ceguera: la hiperinflación informativa, el exceso de oferta audiovisual, desinforma, favorece la banalización y estimula la estrategia empresarial del grito sensacionalista para hacerse oír en el espeso mercado. El exceso de información conduce a la degradación de las ideas, es decir, a la desinformación cualitativa, pues las ideas se simplifican, y se convierten en eslóganes, píldoras o clichés. Bajo la apariencia ―iba a decir ‘imagen’― de una enorme oferta de mensajes, se esconde la falsa diversidad que  Herbert Schiller denominó “la gran variedad de lo mismo”. Bajo la imagen ―iba a decir ‘apariencia’― de un continente repleto, se esconde el vacío de la devaluación: todo está lleno, pero todo está devaluado. Todo es insignificante; es decir: no significa nada (la realidad convertida en juguete que nos explicaba José Antonio Marina en otro post).

La hiperimagenización devalúa la propia imagen y acaba empobreciendo la imaginación. Ver y ser visto para acabar no viendo nada.

Contemplen las imágenes, no las consuman o serán consumidos por ellas. Vale la pena creer para poder llegar a ver.