Llamar tele a la televisión es algo más que un acróstico. A nadie se le ocurre llamar neve a la nevera o aspi al aspirador. Y es que la tele no es un aparato cualquiera, parte de la estructura de lo electrodoméstico. La tele no forma parte de la casa sino que pertenece a lo más hondo de ella: la tele forma parte del hogar. Es como de la familia. Es nuestra amiga, nuestra colega próxima y cotidiana con la que compartimos voces y sonidos diarios. No es todavía una persona, pero está muy cerca de que la consideremos una mascota más. Cuando veo los escaparates de las teletiendas con todos esos aparatos que todavía son televisores deseando convertirse en teles, parece que me miren con la misma humanidad -aunque más fría-  que atribuimos a la mirada del cachorro que está pidiendo a gritos que lo lleves a casa.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.