Ya hemos citado alguna vez aquí las proféticas palabras de Einstein: «Temo que llegue el día en el que el tiempo invertido en la tecnología sobrepasará el tiempo invertido en la interacción humana.  El mundo en ese momento tendrá una generación de idiotas».
Creo ser objetivo cuando afirmo que todavía estamos lejos de que esa generación se haya producido, pero llevamos muchos años ya advirtiendo de que el camino que hemos tomado va claramente en esa dirección, no tanto por nuestra voluntad, sino por el debilitamiento que de esa voluntad produce la propia tecnología.
Ligia Olvera reflexiona sobre ello en El Financiero.com, apoyándose en unos estudios que ha estado llevando a cabo la Universidad de Stanford sobre la interacción de la tecnología en las vidas de los usuarios.Y Jaron Lanier en El Rebaño Digital, cuya lectura vamos a ir desgranando aquí, dice que la pregunta fundamental que hay que hacerse sobre la tecnología es cómo influye en la vida cotidiana de las personas.
Pues bien, según Olvera, el estudio encontró que aquéllas niñas que invierten más tiempo frente a una pantalla se describen menos felices y menos confortables socialmente que las que pasan menos tiempo ante ella. Puede que sea que porque son menos felices, pasan más tiempo ante las pantallas, pero también podría ser que el pasar tanto tiempo ante las pantallas las haga menos felices. O quizá un poco de todo.
En cualquier caso, Clifford Nass,  el experto que dirigió el estudio, explica que para crecer como personas equilibradas necesitamos el contacto cara a cara para aprender a relacionarnos interpretando correctamente todo el riquísimo e imprescindible conjunto de expresiones faciales y verbales –postura, tono de voz, muecas, sudoración, los diferentes modos de reír, el movimiento de las cejas, las manos, el ceño…– que algunos enfermos        –autistas o Asperger, por ejemplo– son incapaces de entender por lo que son también incapaces de comunicarse con normalidad.
Y sí parece claro porque es de sentido común que toda esa riqueza precisa de un entrenamiento que las pantallas impiden, minimizan o interrumpen.
No es poca pérdida para que nos planteemos cómo y en qué dosis dejamos que el cristal líquido y el teclado formen parte de nuestra vida cotidiana y la de nuestros hijos.
Por eso insistimos desde la Asociación en que no es un tema que se pueda dejar al albur de la moda, la presión social o publicitaria. Debemos decidir una estrategia educativa que incluya necesariamente lo que se hace en casa y fuera de ella con las pantallas.