«Una distracción nos distrae de otra» dice Carr que dijo T.S. Elliot sin haber conocido la red.
Aún a riesgo de ser reiterativo, Carr insiste. Se trata de un cambio de hábitos intelectuales desde la concentración lineal y profunda de la cultura del libro hacia la fragmentación, la distracción, el salto, la provisionalidad, la brevedad, el fogonazo, el estímulo…, es decir, el grado de atención, el tiempo de aplicación y la profundidad de nuestra zambullida en el conocimiento.

Hipervínculos: «los enlaces no sólo nos guían, sino que más bien nos invitan a pulsarlos. Nos incitan a abandonar la atención sostenida, están diseñados para captar nuestra atención. Su valor como herramientas de navegación es inseparable de la distracción que provocan»

Facilidad y disponibilidad de las búsquedas: «Nuestro apego a cualquier texto se vuelve más tenue, más provisional. Las búsquedas conducen a la fragmentación. Cuando hacemos búsquedas en la Red, no vemos el bosque. Ni siquiera vemos los árboles. Vemos ramitas, hojas» que se van haciendo más pequeñas cuanto más se perfeccionan los motores de búsqueda.

La plurioferta en una sola pantalla: fragmentos de texto, vídeo, audio, herramientas de navegación, enlaces, anuncios, widgets, un aviso de e-mail, de RSS, la melodía el móvil  con un mensaje de texto, una alerta de TWitter o Facebook…«compiten por unos minutos de nuestra atención» .

En el futuro, la miniaturización progresiva de los dispositivos, su accesibilidad, su disponibilidad, no hará sino crecer (época post PC, tablets, mayor comodidad, mayor velocidad….) «y su impacto no hará sino fortalecerse  integrando más profundamente la Web en nuestras actividades cotidianas», transformando poco a poco todas los instrumentos culturales que nos rodean y recreándolos a su imagen y semejanza. Del mismo modo que el lenguaje cinematográfico se ha adaptado a la superficialidad y rapidez de la televisión, ambos medios se están adecuando a nuestra forma de navegar en la red. Del mismo modo que la hegemonía de la imagen ha ido transformando los periódicos, las revistas, los libros de texto, las novelas… todo va adecuando su forma y su contenido a nuestra capacidad de atención más corta y superficial colaborando a acortarla todavía más y a hacerla aún más plana, llevándonos «cómodamente al estado de distracción permanente que define la vida online».

Cada vez que encendemos el ordenador, ―dice Carr citando a la bloguera Cory Doctorow― nos sumergimos en «un ecosistema de tecnologías de la interrupción», en un medioambiente de la distracción.