En medio de la opulencia de los medios, el exceso de opciones la interconexión global, el poder asomarnos al mundo entero a través de la Red, la era de las comunicaciones. En medio del mostrar y del ver y del saberlo todo porque todo lo vemos. En medio de la música y la luz de neón…, vivimos en una sociedad de silencios y fundidos en negro.

Leo en El Mundo que en España hay más 12.000 desaparecidos que no han sido encontrados y más de 5.000 muertos que han sido enterrados sin que nadie los reclamara nunca.

Doce mil personas que se han evaporado sin que se pueda saber su paradero. Doce mil seres humanos que han dejado un vacío inexplicado y una ausencia continua sin solución final y sin consuelo en doce mil familias. Un río de dolor silencioso y mudo por falta de respuesta.

Pero mucho más trágicos aún por inhumanos son esos cinco mil muertos que no importan a nadie. Que a nadie pertenecen. Que han muerto solos y también en silencio, sin provocar dolor porque no había nadie para sufrir por ellos.

Me estremezco por la angustia sin fin de tantos familiares para los que la desesperanza es ya rutina y el vacío una parte más de su espacio vital. Pero compadezco aún más a una sociedad que, como dice la última campaña de Cáritas, es tristemente limitada, mercantil, y falta de valores. Una sociedad expuesta a la total visibilidad y sin embargo, ciega. Sociedad del conocimiento y de la fama y, sin embargo, trágicamente Anónima.