Últimas causas del progreso del cáncer tecnológico actual: el secretismo, la velocidad de los cambios, la sensación de que quien no está no sale en la foto, la admiración que lleva a la identificación con la eficacia tecnológica, y la autoridad que lleva aparejado el éxito económico y social.

El 99’9% del texto que presentamos son palabras literales de la autora tal y como las escribe en su obra. Sin embargo, las hemos desplazado y reorganizado de acuerdo a nuestra comprensión del texto original sin señalar paginación alguna y con una serie de subrayados en negrita que igualmente son nuestros.  No obstante, al final de cada entrada tenéis el enlace a  la síntesis ordenada esta vez sí con las páginas y en el orden en el que Zuboff las presenta para que sea más fácil citarla.

Creo, por supuesto,  que merece la pena acceder al original y pido perdón a la autora por el tejemaneje al que hemos sometido su texto, pero esperamos que esta síntesis que presentamos pueda servir de aperitivo para abrir el apetito de la obra completa.

Decimotercera  entrega. 

Ahí va:

¿Cómo han podido triunfar del modo tan espectacular en que lo han hecho? y III:

11. La ignorancia: ellos conocen cosas que nosotros no podemos conocer. Es imposible comprender algo que se ha diseñado en secreto y para que sea básicamente ilegible.

Los inesperados ingresos obtenidos por el aprovechamiento del excedente conductual en Google, se usaron para atraer a más y más usuarios hacia su red, con lo que lograron instaurar un monopolio de facto con su buscador. Pero era preciso preservar el secreto en torno a la acumulación sostenida de dicho excedente. Schmidt instituyó una estrategia que él mismo denominó «de ocultación». Según Douglas Edwards, antiguo ejecutivo de Google, «Larry Page se oponía a cualquier modo de actuar que implicara la revelación de nuestros secretos tecnológicos o que agitara el avispero de la privacidad y pusiera en peligro nuestra capacidad para recopilar datos». Page no quería despertar la curiosidad de los usuarios y por ello abogaba por mostrar las mínimas pistas posibles protegiendo unas actividades que se habían diseñado para ser indetectables, porque tomaban cosas de los usuarios sin pedírselas antes poniéndolas al servicio de los fines de otros.

La labor intencionada de ocultar los hechos crudos bajo un manto de retórica, omisiones, complejidad, exclusividad, economías de escala, contratos abusivos, diseño y eufemismos es otro factor que contribuye a explicar por qué durante el gran salto que Google dio hacia la rentabilidad pocos notaron los mecanismos fundacionales de su éxito.

 Hay dos textos. Del primero de esos textos, somos nosotros los autores y lectores. Un texto que sí está a la vista del público y lo valoramos por el universo de información e interconexión que pone a nuestro alcance. Buena parte de ese texto a la vista del público está compuesta de lo que nosotros escribimos en sus páginas: nuestras entradas, nuestros blogs, nuestros vídeos, nuestras fotos, nuestras conversaciones, nuestra música, nuestras historias, nuestros comentarios, nuestros «me gusta», nuestros tuits, y toda esa gran y masiva barahúnda sobre nuestras vida allí capturada y comunicada. Sin embargo, ese primer texto no está solo: arrastra tras de sí, pegada a él, una especie de sombra: todo lo que aportamos al primer texto, por trivial o fugaz que sea, se convierte en diana u objetivo para la extracción de un excedente. Ese excedente llena las páginas del segundo texto oculto a nuestra vista: en modo «solo lectura» para los capitalistas de la vigilancia. En ese texto se draga nuestra experiencia para convertirla en una materia prima que se acumula y se analiza al servicio de los fines mercantiles de otros. Dice incluso más de nosotros de lo que podemos saber sobre nosotros mismos. Peor aún: cada vez resulta más difícil (cuando no, imposible) abstenerse de contribuir a ese texto en la sombra, que se alimenta automáticamente de nuestra experiencia incluso cuando nosotros no hacemos otra cosa que cumplir con las rutinas normales y necesarias de la participación social.

Por supuesto, que cada plataforma, cada dispositivo, cada aplicación, viene con su política de privacidad, dirigida a que se autorice a compartir información familiar y personal sensible con otros dispositivos inteligentes, con personal anónimo y con terceros a efectos de análisis predictivo y de su venta a otras partes. Y por supuesto que si el cliente se niega a aceptarlas la funcionalidad y la seguridad del dispositivo, plataforma o aplicación queda seriamente comprometida. Los «acuerdos de términos de servicio» imponen a los usuarios unas condiciones del tipo «lo toma o lo deja» desde el momento en que el usuario hace clic en la casilla de «sí, acepto» sin haber llegado nunca a leerse el acuerdo en cuestión. Son documentos excesivamente largos y complejos –una lectura razonablemente detenida de todas las políticas de privacidad con las que una persona se encuentra a lo largo de un año tomaría setenta y seis jornadas laborales completas– porque así disuaden de su lectura a los usuarios y, sorprendentemente, porque la mayoría de los tribunales han sancionado su validez, pese a la ausencia evidente de un consentimiento significativo. Pueden ser modificados unilateralmente por la empresa en cualquier momento, sin conocimiento expreso del usuario e incluyen además a otras compañías, sin declarar explícitamente los términos de servicio de aquellas.  Antes, los documentos en papel imponían unos límites naturales a los actos contractuales simplemente en virtud de que tenían un coste de producción, distribución y archivo y requerían una firma física. Los acuerdos digitales, por el contrario, son «ingrávidos». Pueden expandirse, reproducirse, distribuirse y archivarse sin coste alguno. No hay que firmar, solo hacer clic.

Estas grandes corporaciones lo saben todo sobre nosotros, pero sus actividades están diseñadas para que no puedan ser conocidas por nosotros. Acumulan montañas ingentes de nuevos conocimientos extraídos de nosotros, pero no para nosotros.

12. La velocidad: la velocidad del capitalismo de la vigilancia supera a la de la democracia, pero también incluso, a la de nuestra capacidad de entender lo que está ocurriendo.

Hace poco más de treinta años, Spiros Simitis –prestigioso jurista alemán pionero en la regulación de la protección de datos– entendió ya muy pronto que las tendencias en el procesamiento de la información presagiaban múltiples y graves riesgos … «Cada vez se utiliza más la información personal para imponer unas normas de conducta» para moldear y ajustar la conducta individual.  Argumentaba que esas tendencias eran incompatibles no ya con la privacidad, sino con la posibilidad misma de la democracia. Por su parte, Paul M. Schwartz –otro experto en ley y privacidad, Director del Berkeley Center for Law and Technology– advirtió en 1989: «Hoy día, las enormes cantidades de datos personales disponibles en los ordenadores amenazan al individuo hasta un nivel que deja obsoletas muchas de las protecciones legales previas. Lo que el ordenador pone en peligro es la autonomía humana. Cuanto más se sabe de una persona, más fácil resulta controlarla».

En las casi dos décadas transcurridas desde la invención del capitalismo de la vigilancia la legislación existente, centrada principalmente en privacidad y la lucha contra los monopolios, no ha bastado para truncar su crecimiento. Necesitamos leyes que interrumpan sus operaciones más básicas:  la utilización del excedente conductual como materia prima gratuita, las concentraciones extremas de los nuevos medios de producción, la fabricación de productos predictivo, el comercio de futuros conductuales y la acumulación de concentración en manos privadas de conocimientos excluyentes.

Si el capitalismo industrial alteró peligrosamente la naturaleza, ¿Qué estragos podrían causar el capitalismo de la vigilancia en la naturaleza humana?

13. La inclusión: o la exclusión…La sensación de que quien no está no existe tiene tanta fuerza como la inevitabilidad.

 14. La identificación: presentarse como unos emprendedores heroicos hace que muchas personas se identifiquen con ellos. Todavía se les sigue mirando como jóvenes triunfadores desde un garaje.

 15. La autoridad: es fácil caer en la falacia de creer que como esas compañías son exitosas, también deben tener razón. La admiración ha sustituido a la sospecha.

Referencias:

Síntesis completa de La Era del Capitalismo de la Vigilancia ordenada y paginada

 La era del capitalismo de la vigilancia en Casa del Libro