Décima entrega:  ¿Cóm0 es posible? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?. Interesantísimo análisis que ocupará el espacio de esta y de tres entradas más en las que Zuboff resume gran parte de las ideas de su libro buceando en las causas que nos han conducido hasta el presente. En esta entrada: lo inesperado, la alegalidad, el miedo al terrorismo y la colaboración de los gobiernos, el apuntalamiento de los lobbies y el contubernio de la política, el «no se puede poner puertas al campo» y la dependencia. Tal cual.

Como siempre, el 99’9% del texto que presentamos son palabras literales de la autora tal y como las escribe en su obra. Sin embargo, las hemos desplazado y reorganizado de acuerdo a nuestra comprensión del texto original sin señalar paginación alguna y con una serie de subrayados en negrita que igualmente son nuestros.  No obstante, al final de cada entrada tenéis el enlace a  la síntesis ordenada esta vez sí con las páginas y en el orden en el que Zuboff las presenta para que sea más fácil citarla.

Creo, por supuesto,  que merece la pena acceder al original y pido perdón a la autora por el tejemaneje al que hemos sometido su texto, pero esperamos que esta síntesis que presentamos pueda servir de aperitivo para abrir el apetito de la obra completa.

¿Cómo han podido triunfar  del modo tan espectacular en que lo han hecho? I:

1.Un fenómeno sin precedentes que nos ha pillado de sorpresa:

Los actos de desposesión digital que cometen los capitalistas de la vigilancia imponen una nueva forma de control sobre individuos, poblaciones y sociedades enteras. Es profundamente antidemocrático, pero su considerable poder no se origina en el Estado. Hemos sido sorprendidos con la guardia baja porque en modo alguno podíamos imaginar que todos estos actos de invasión y desposesión fueran posibles. Nos enfrentamos a algo absolutamente nuevo para nuestro relato conocido: algo sin precedentes.

Se trata de una fuerza sin escrúpulos que ignora las normas sociales y anula los derechos elementales imprescindibles para que las sociedades democráticas siquiera sean posibles. Es algo que no tiene precedentes. Y lo que no tiene precedentes es irreconocible y contribuye a normalizar lo anómalo haciendo que combatirlo sea una empresa más ardua aún, si cabe. Su carácter inédito le permite eludir todo rebatimiento sistemático porque todavía dependemos de categorías como monopolio o privacidad que, aunque siguen siendo fundamentales, se quedan cortas para identificar y hacer frente a las características de este nuevo régimen.

 No opusimos resistencia porque eran tan nuevos y extraños, tan absolutamente sui generis, que lo único que veíamos en ellos era una flota de «innovadores». Nuestras preocupaciones se centraron en las ya conocidas amenazas del poder del Estado. No estábamos preparados para semejante ofensiva de unas empresas privadas. Nuestro encuentro con un poder sin precedentes nos ayuda a explicar por qué ha sido difícil poner nombre y conocer bien esta novedosa especie de coerción, moldeada en secreto, camuflada bajo la tecnología y la complejidad técnica, y encubierta bajo una retórica simpática.

Llevábamos muchos siglos imaginándonos que la amenaza tenía la forma del poder del Estado, y eso nos dejó totalmente desarmados para defendernos de unas compañías privadas totalmente nuevas, con unos nombres imaginativos, dirigidas por unos jóvenes genios que parecían capaces de proporcionarnos exactamente lo que anhelábamos y a un precio muy bajo o nulo.

Larry Page defendió el poder informacional sin precedentes de Google dando a entender que la gente debía confiar en su empresa más que en las instituciones democráticas: «En general, tener los datos presentes en compañías como Google es mejor que tenerlos en poder del Gobierno […] pues es evidente que a nosotros sí nos importa nuestra reputación y no estoy seguro de que al Gobierno le importe tanto la suya propia». Y muchos ciberoptimistas se lo creyeron.

2La vía de los hechos: el caldo de cultivo de la alegalidad, la falta de regulación, la lentitud de la defensa democrática

Hechizados ante el fenómeno, Google tomaba lo que quería y lo «declaraba» oficialmente suyo en un espacio de alegalidad manifiesta.

 Valga esta afirmación de Eric Schmidt y Jared Cohen: «El mundo digital no está sujeto realmente a las leyes terrenales […] Es el espacio sin Gobierno más grande del mundo». Schmidt, Brin y Page han defendido fervientemente su derecho a actuar libres de la ley, aun a pesar de que Google haya crecido hasta convertirse posiblemente en la corporación empresarial más poderosa del mundo, con una insistencia constante en que las compañías tecnológicas se mueven más rápido que la capacidad de los Estados para comprender o seguir lo que hacen, de modo que cualquier intento de intervención o limitación está condenado a ser un error y una estupidez. Para ellos, la regulación siempre es una fuerza negativa que impide la innovación y el progreso y la alegalidad es el contexto que se necesita para la «innovación tecnológica». Dice Page, (2013): «Hay viejas instituciones como la Ley y otras, que no se están actualizando al ritmo de cambio que hemos introducido por medio de la tecnología». «Quizá debamos reservar una pequeña parte del mundo. […] Los tecnólogos deberíamos disponer de sitios seguros en los que probar cosas nuevas y calcular cuál es su efecto en la sociedad, cuál es su efecto en las personas, sin tener que ponerlas en práctica directamente en el mundo normal, digamos»

La democracia no produce sino fricción. Si se adoptaran nuevas leyes que ilegalizaran sus operaciones extractivas, el modelo de la vigilancia implosionaría. La suya es una forma de mercado que libra un conflicto perpetuo con el proceso democrático y debe hallar nuevas vías por las que infiltrarse en la democracia, reducirla, y doblegarla para plegarla a sus fines si es que quiere desplegar su propia lógica interna hasta su pleno potencial.

 3. El contexto histórico: el corporativismo, el miedo al terrorismo, el contubernio con los servicios secretos y los gobiernos.

Por un lado, la cultura neoliberal equiparaba la regulación gubernamental a la tiranía, lo que favoreció la aplicación de pocos límites a las prácticas corporativas. De hecho, dentro de la propia empresa, se organizó una inusual estructura de gobierno corporativo que les otorgó un control absoluto a Page y Brin creando dos tipos de accionariado, A y B en el que, en el A, cada acción vale diez y en el B, solo una, reservándose para sí las acciones tipo A. A eso siguió una política agresiva de adquisiciones en torno a la inteligencia artificial, el reconocimiento facial, el aprendizaje profundo, la realidad aumentada, etc. En 2006 Google pagó 1650 millones de dólares por YouTube una empresa que entonces no ganaba dinero, porque vio en ella una magnífica plataforma para la adquisición de datos de los usuarios. (Facebook haría lo mismo con Whatsapp –19.000 millones– a fin de garantizarse el control sobre los colosales flujos de conducta humana que circularían por esas canalizaciones).

Por otro lado, y esto es clave, la «guerra contra el terror» favoreció que el interés de los gobiernos se desplazara a la eficacia de esas tecnologías como defensa antiterrorista más que a los problemas de privacidad.

Los atentados del 11S supusieron la condición histórica que proporcionó cobijo a aquella nueva forma de mercado incipiente. El nuevo foco de atención pasó a ser la seguridad, muy por encima de la privacidad. Apelando a la «guerra contra el terrorismo» se generaron unas prácticas negativas que, hasta aquel entonces, habían sido privativas de los regímenes represores y de las novelas distópicas. La guerra contra el terror legitimó la tendencia a consagrar la certeza producida por máquinas como solución óptima a la incertidumbre social considerando a la tecnología como la solución cierta a unas condiciones inciertas.

Se creó así un entorno en el que las recién estrenadas prácticas de la vigilancia de Google dejaron de ser un cuestionado mal para convertirse en un codiciado bien. Esto posibilitó que las prácticas incipientes del capitalismo de la vigilancia arraigaran y crecieran sin apenas obstáculo regulativo o legislativo alguno, lo que envalentonó a los jóvenes líderes de Google para hacer más hincapié aún en la alegalidad y al mismo tiempo, animó al Estado a concederles esa libertad por vías más opacas todavía.

 A finales del verano de 2003, Google consiguió un contrato de 2,07 millones de dólares para equipar a la CIA con su propia tecnología de búsquedas capaz de rastrear 15 millones de documentos en veinticuatro idiomas distintos. Zuboff describe diversos intercambios tecnológicos entre Google y las Agencias de Inteligencia norteamericanas y entre el Pentágono y las corporaciones de Silicon Valley. Según Mary Anne Feanks, «La comunidad de los servicios de inteligencia estadounidenses incubó a Google desde sus comienzos a través de una combinación de patrocinio directo y de apoyo de redes informales de influencia financiera, muy alineadas con los intereses del Pentágono». Los estudiosos del tema apreciaron las crecientes interdependencias que estaban surgiendo entre las agencias de inteligencia, molestas con las restricciones constitucionales a su libertad de actuación, y las empresas de Silicon Valley. Las agencias envidiaban la alegalidad en la que se movía una compañía como Google.

En 2010,  el exdirector de la NSA, Mike McConnell, en un artículo en el Washington Post  ofreció un nuevo atisbo de las afinidades electivas entre Google y la comunidad de los servicios de Inteligencia que no dejaría espacio alguno a las comodidades de la democracia ni a prácticas características de esta, como el debido proceso legal, la búsqueda de pruebas, las órdenes judiciales y el imperio de la ley, pues todas ellas obligan a perder demasiado tiempo: «[…] el ciberespacio no conoce fronteras y nuestros quehaceres defensivos tampoco deben detenerse ante discontinuidades ni interrupciones»

En los últimos meses de la Administración Obama, el entonces secretario de defensa Ash Carter realizó una gira por Silicon Valley, donde anunció la creación de un nuevo Consejo Asesor de la Innovación en Defensa destinado a formalizar un canal de comunicación entre los ejecutivos de las tecnológicas y el Departamento de Defensa, nombrando a Eric Schmidt presidente del Consejo encargado de seleccionar al resto de los consejeros.

Durante los dieciséis años de las Administraciones Bush y Obama se consideró que el progreso en la tecnología de la información era la respuesta más eficaz a la amenaza. Tras los ataques terroristas de diciembre de 2015 en París, Obama, los legisladores estadounidenses y diversas autoridades públicas de todo el mundo exhortaron a las compañías tecnológicas a identificar y eliminar contenidos terroristas.  Google amplió su programa Trusted Flaggers, mediante el que las autoridades y otros potenciales interesados podían identificar contenidos problemáticos para actuar contra ellos. Además de reacciones similares en Alemania, Francia, Reino Unido y en todo el mundo, países del G20, los servicios de inteligencia de todos los países, los cuerpos policiales se han sumado al entusiasmo por el uso de la red y el internet de las cosas con todo su poder de vigilancia buscando un atajo hacia la certeza y la eficacia de las máquinas.

4. Las fortificaciones: desde el inicio, Google protegió agresivamente sus operaciones interviniendo en los procesos electorales, promoviendo unas relaciones fuertes con las autoridades y estableciendo puertas giratorias de políticos y directivos entre Washington y Silicon Valley, gastando generosamente en grupos de presión fortificando su posicionamiento.

 El excedente conductual y el poder predictivo fueron toda una realidad en las campañas de Obama, aunque, los correspondientes equipos encargados de estas se ocuparon de mantenerlas en el máximo secreto.  Según Jim Rutemberg, del New York Times, «era un secretismo […] dirigido en parte […] a no perder su ventaja competitiva. Pero no cabe duda de que también preocupaba la posibilidad de que prácticas como la ‘minería’ o el ‘análisis de datos’ incomodaran a sus votantes». La campaña de Obama en 2008 recopiló un significativo volumen de datos sobre más de 250 millones de estadounidenses, incluida «una serie considerable de datos sobre conductas y relaciones en la red recopilados a partir del uso del sitio web de la campaña y de redes sociales de terceros, como Facebook». «Sabemos a quién va a votar la gente antes incluso de que lo haya decidido», presumía un asesor político de la campaña. Schmidt apareció junto a Obama en la primera conferencia de prensa que este dio tras las elecciones y no es de extrañar que asumiera un papel más prominente aún en la campaña para la reelección de Obama en 2012.  El equipo de campaña conocía «por su nombre, su dirección, su raza, su sexo y su nivel de ingresos a todos y cada uno de los votantes indecisos del país a quien se necesitaba convencer de que votaran a Obama» (Rutemberg).

Por otra parte, es muy significativa de la connivencia entre la corporación y la Casa Blanca, la política de «puertas giratorias» que, hasta abril de 2016, hizo que 197 personas migraran del Gobierno hacia la Googlesfera, y 61 lo hicieran en sentido contrario. De ellas, 22 cargos de la Casa Blanca acabaron trabajando en Google y 31 ejecutivos de la Googlesfera entraron a trabajar en la Casa Blanca.

5. El ciclo de la desposesión: ante la aparición de alguna resistencia, las corporaciones ponen en marcha una serie de tácticas que van desde elaboradas maniobras publicitarias hasta el combate judicial y la actuación de los lobbies, todas ellas dirigidas a ganar tiempo para habituar a la población.

 En cuanto a la presión corporativa, en 2014 Google gastó más en campañas de presión política que ninguna otra corporación: más de 17 millones de dólares, el doble que Facebook; 18 millones de dólares dedicó en 2018 a maniobras de lobbying dirigidas principalmente a desbaratar iniciativas legislativas sobre protección de la privacidad. También fue uno de los lobbies registrados mejor financiados de la Unión Europea. (Es proverbial la determinación con la que los capitalistas de la vigilancia desalientan, eliminan o socavan cualquier ley dirigida regular la rendición-conversión de información biométrica, especialmente la relacionada con el reconocimiento facial. Facebook dedica denodados esfuerzos a impedir que otros estados a prueben una ley como la de Illinois (Ley de privacidad biométrica muy completa) de modo que entre 2009 y 2017, la compañía incrementó su gasto en presión política multiplicándolo por cincuenta y creando así un enorme séquito de negociadores políticos con el poder en Washington. A los 11,5 millones de dólares de gasto corriente en presión política, en 2017 se suman los 4,6 millones de dólares en donaciones de Facebook a candidatos de diversos comicios del ciclo electoral de 2016).

Mientras la maquinaria regulatoria va lenta, las protestas son mínimas y las denuncias pocas, Google prosigue con el desarrollo de sus polémicas prácticas. Y esas prácticas novedosas y controvertidas se van convirtiendo en hechos institucionales cada vez más consolidados.  La gente se habitúa a la incursión con una mezcla de aceptación, impotencia y resignación. La incursión misma, antes impensable, se abre lentamente paso entre la normalidad.  Pasa a ser inevitable.

6. El inevitabilismo: el cierre de las vías alternativas, la «dictadura» del «no hay alternativa». La retórica de la inevitabilidad –«han venido para quedarse», «no se puede poner puertas al campo», etc.– actúa y se vuelve algo más parecido a un glaciar que a un río, es decir, una cosa que solo nos deja la posibilidad de sumarnos a ella o de soportarla como mejor podamos.

Una nueva era de control conductual. «Para bien o para mal, las capacidades potenciales de vigilancia o geolocalización forman ya parte del mundo en que vivimos», dicen, destacando su inevitabilidad. Si algún pecado hay, es el pecado de la autonomía. Cualquier obstrucción por ley, acción o retórica es simplemente reaccionaria. La norma es el sometimiento a la inevitabilidad tecnológica.

La retórica de la inevitabilidad es tan ubicua que puede considerarse ya una ideología. Silicon Valley es el axis mundi del inevitabilismo. Entre los capitostes de las empresas de alta tecnología, entre los autores de la literatura especializada, entre los profesionales expertos, parece reinar un consenso unánime en torno a la idea de que todo estará inevitablemente conectado. Los directivos de Google son unos apasionados inevitabilistas. Schmitd y Cohen escriben felices en 2013: «Pronto, todos los habitantes de la Tierra estaremos conectados». «Lamentarse del inevitable incremento del volumen y del alcance del sector tecnológico nos distrae de la verdadera cuestión. […] Muchos de los cambios que comentamos aquí son inevitables».

La «inevitabilidad» es un artero fraude dirigido a fomentar nuestra impotencia y nuestra pasividad ante unas fuerzas implacables que son indiferentes a lo puramente humano, donde las tecnologías campan a sus anchas y protegen con firmeza al poder de todo cuestionamiento o desafío. «La aceptación incondicional y acrítica de la tecnología se ha convertido en una característica de la vida moderna sencillamente porque nadie se molestó en preguntar si existían otras posibilidades. Nos hemos dejado arrastrar hacia una especie de compromiso con un modelo de inercia o deriva tecnológica. Nos rendimos ante el determinismo tecnológico». (Langdon Winner, teórico político estadounidense que ha desarrollado sus estudios alrededor de los aspectos sociales y políticos que rodean el cambio tecnológico moderno).

7. La dependencia: tanto por el diseño de sus interfaces, como por su innegable eficacia comunicativa, se nos han hecho imprescindibles. Todos somos dependientes. Y algunos, adictos.

Los servicios gratuitos y eficaces apelaron a las necesidades latentes de los individuos. La seducción entraña toda una cascada de llamativas tentaciones: capacidades de almacenamiento sin precedentes, acceso a nuevas calidades de información, nuevas ventajas… Estábamos tan embelesados por los abultados sacos de arroz y leche en polvo que se nos iban arrojando desde el camión digital en marcha que no prestábamos ninguna atención a los conductores del vehículo o al destino al que nos conducían. Mordida la manzana esta se volvió irresistible. A la mayoría de las personas les resultaría muy difícil retirarse de esas funciones y servicios.

Los productos y servicios que ofrecen las grandes corporaciones de la red son los «ganchos» que atraen a los usuarios a ese proceso de extracción de datos. Aunque el dicho habitual es que «cuando el producto es gratis es que el producto eres tú», en realidad, somos las fuentes del excedente del que se alimentan. No somos el producto, somos el cadáver abandonado. El «producto» es lo que se fabrica con el excedente que han arrancado de nuestras vidas.

Nuestra dependencia es un elemento básico del proyecto de la vigilancia comercial en el que la necesidad que sentimos de aumentar la comunicación, el entretenimiento o la eficacia compite con nuestra inclinación a resistirnos a tan osadas incursiones. Este conflicto produce un entumecimiento psíquico que nos habitúa a la realidad de ser monitorizados, analizados, explotados como minas de datos. Nos predispone a racionalizar la situación con resignado cinismo y a crear excusas que funcionan como mecanismos de defensa –«tampoco tengo nada que ocultar»– cuando no hallamos otras formas de esconder la cabeza y optar por la ignorancia o la resignación, que acaba imponiéndonos que no solo estemos encadenados, sino que también vivamos contentos de estarlo. Nos hemos conformado durante demasiado tiempo con unas explicaciones bastante superficiales del rápido auge y la aceptación general de las prácticas del capitalismo de la vigilancia, basándonos en conceptos como el de comodidad o incluso la gratuidad de muchos servicios.

Referencias:

Síntesis completa de La Era del Capitalismo de la Vigilancia ordenada y paginada

 La era del capitalismo de la vigilancia en Casa del Libro