
Fernando, en su comentario del otro día, nos ponía sobre la pista de un artículo de Agustín de Foxá, escrito en el diario ABC hace… ¡64 años! cuando la hegemonía mediática estaba en la prensa; el cine ya estaba en su máximo esplendor como entretenimiento popular generador de mitos, pero aún tenía un fuerte apoyo en los diálogos; la publicidad –todavía ingenua y primitiva- era ya un referente social de primer orden que comenzaba su camino hacia el márquetin centrado en el consumidor en vez de en el producto; el teléfono era fijo y se utilizaba todavía para lo que se inventó -para comunicar lo imprescindible a distancia-; y, sobre todo, era la radio la reina que penetraba todos los hogares como el primer gran aglutinador de un enorme patio de vecinos global. En 1950, no había sido todavía destronada por la televisión, ni había aparecido el ordenador, ni internet, ni los móviles, ni los satélites. No se había producido la revolución tecnológica. Pero el Medioambiente Simbólico ya existía muy condicionado por el mundo mediático.
Agustín de Foxá, abogado, diplomático, periodista, miembro de la RAE, fue un escritor maldito olvidado por la derecha a la que perteneció y arrinconado por la izquierda a la que combatió y en este artículo demuestra una finura de análisis sorprendente ante el medioambiente Simbólico que se estaba gestando.
La lectura del artículo –que tenéis completo en la referencia que nos da Fernando y que incluyo más abajo- es una clásica tercera de ABC, escrita con humor y agudeza reflexionando sobre el valor de la palabra y el diálogo verdaderamente humanos, tanto para la vida individual como, sobre todo, para la vida social e incluso política. De ahí que Fernando la recordara al hilo de la exigencia de salvaguardar “la conversación” que nos hacía Sherry Turkle hace un par de post.
Habría que decir, primero, que detrás de la aparente sencillez de ese vocablo elegido por Turkle, se esconde en realidad el mensaje mucho más hondo y complejo de la necesidad de la desconexión para el encuentro interpersonal, mensaje que hoy hace necesario la burbuja cibertecnológica en la que se ha sumergido la comunicación humana. Conversación significa presencia, diálogo, mirada, compañía, cara a cara. Conversar es estar, vivir, compartir, salir de la burbuja del espejismo de conexión fantasma en la que nos encierra lo tecnológico cuando se convierte en atadura. Eso es lo que de algún modo pone en riesgo la conexión tecnológica y nos pide Turkle que rectifiquemos.
Una atadura que, como nos recuerda Foxá en el artículo, no ha empezado con internet, los satélites y los móviles, sino que es muy anterior: ya existía en esa prensa que indicaba durante el desayuno a los norteamericanos, según Foxá, la consigna de lo que debían opinar. Ya existía en aquel primer dispositivo móvil –transportable- que fue el transistor que generalizó la costumbre de “ir a la playa con un pequeño aparato de radio. Los nadadores, las hermosas bañistas se contemplan sin casi dirigirse la palabra. Un movimiento en el “dial” cambia el tema de una conversación pronunciada por una invisible garganta.” Ya existía en la vida del hombre común esa introducción de un tercero en discordia que dificultaba o hacía imposible el diálogo que siempre es cosa de dos: la prisa, el ámbito urbano, la falta de un tiempo dedicado en exclusiva a la producción, la fragilidad del cansancio; y, sobre todo, la radio. “La radio es la tertulia familiar, la sobremesa; las noticias del día; las buenas noches. La radio dice las palabras y comentarios que no tuvo con su esposa. La radio sustituye a los amigos. Ella, algunas noches, congrega a los hijos. Es la nueva abuela mecánica, no en torno a la chimenea, sino junto a la nevera. […] La radio está acabando con el diálogo de los hombres; habla por ellos. […] y como el tábano de las antiguas cabalgaduras no se despega de él, a pesar de la velocidad. Nos dicta, implacable, sus anuncios las noches de luna.” Ya entonces, el medioambiente simbólico se llenaba de slogans, desde el mundo político o publicitario, “una especie de comprimidos mentales, un criterio en píldoras, que evita toda reflexión”.
En 1950, a pesar de la radio –o incluso gracias a ella que planteaba una audición muy visual- la cultura se apoyaba ya de manera muy fuerte en el ojo más que en el oído lo cual construye, según el articulista una cultura más materialista que espiritual “La vista es materialista … el oído es espiritual …[y] nuestra civilización es óptica. El ojo es nuestro protagonista, se le ha agrandado hacia arriba con el telescopio y hacia abajo con el microscopio” y hacia afuera con la televisión –añadiríamos nosotros-. Ya en los cincuenta del siglo pasado el cine era más visual que verbal: “El diálogo es lo de menos; lo que importa es la acción, el argumento. Una conversación en el celuloide no resiste más de tres minutos”.
Desde hace 64 años, esas líneas-fuerza de la incomunicación señaladas sagazmente por el autor, no han dejado de fortalecerse con cada uno de los avances tecnológicos de la comunicación: la consigna del pensamiento, el dispositivo móvil que nos aísla, la fragilidad del cansancio deshumanizador, la omnipresencia de lo mediático en el hogar a través de la radio y la televisión, la hegemonía de lo visual frente a lo verbal…
El diagnóstico final de Foxá es apocalíptico, pero no por eso menos premonitorio. Lacónico y durísimo en la austera expresión de cada frase que resuena como un aldabonazo:
“La Humanidad, al olvidarse de hablar, dejará también de pensar; perderá todo espíritu.
Eso irá ganando el feroz Estado mundial que nos amenaza para el porvenir.
La propaganda sistemática, dirigida por técnicos y psicólogos, va idiotizando insensiblemente a la Humanidad […] socializando la estupidez.
Pronto habrá “detectores del pensamiento”. Todos los cerebros serán como de cristal, transparentes.
El mayor delito será el del Yo. El peor crimen, la personalidad.
Y una férrea minoría dirigente gobernará, tranquila y tediosamente, sobre un triste universo de sordomudos. “
Ahí está la superficialidad del “surfing” de los Bárbaros de Baricco; el omnímodo control de los gobiernos y las corporaciones a través de la información que les proporcionamos en la red; la enorme sofisticación y eficacia del márquetin publicitario y la propaganda política; la absoluta falta de privacidad; la disolución de la individualidad en la Big Data; el aislamiento burbuja de una miríada de mudos que no hacen más que hablar sin decir nada y no hacen sino mirar sin ver y oír sin escuchar.
Adivinación profética. ¿Futuro o presente?
Referencias
Blog de Jorge Álvarez del que hemos copiado el artículo.



No conocía el artículo pero desde luego me ha dejado con las fauces despegadas. Impresionante
Enorme alegría encontrar a este polizón a bordo.
[voy siguiendo la «construcción» de nuestro astronauta Arturo con interés creciente. El texto del cuento es buenísimo. Mejor que el anterior.
Abrazos.
Quedo muy agradecido por la difusión del artículo y por la excelente reseña.
Nuestro agradecimiento para ti. Es un material estupendo para la reflexión que plantea este Blog.
A mí, la verdad, me deja muy desasosegado la consideración de la «idiotización de la Humanidad», así como la de la «socialización de la estupidez» presentidas por Foxá en 1950. Bien es verdad que sólo un año antes se publicaba «1984» de Orwell del que debió tomar prestados ciertos términos y la idea del advenimiento de un Estado-Mundial presentes en el apocalíptico remate de su artículo. Sin embargo, el cuerpo del mismo parece recoger y basarse más en las claves aportadas en «Un mundo feliz» de Huxley, veinte años antes.
(Dura e intensa época la de los cincuentas-sesentas. Recuerdo las comidas familiares en silencio absoluto por mor del interés paterno de estar al tanto de «las noticias» que salían del transistor ubicado en lo alto de la nevera sita entonces en un rincón del comedor (no de la cocina, en donde no cabía el novedoso electrodoméstico) ; a mis diez años, Jruschov y Eisenhower, Eisenhower y Jruschov eran el pan nuestro de cada día y las únicas referencias que tenía de que en el mundo mandaban otros señores que no eran Franco).
Desasosiego, decía, porque acostumbrado a ligar el deplorable estado de la comunicación humana en la actualidad a la hegemonía de las TICS y la manipulación informativa, resulta no ser este tan actual, y si hace tres posts daba predicamento y viabilidad a las recomendaciones de Shurkle en orden a «desconectar» para recuperar la «conversación» , ahora ya no sé si tal rectificación es o no factible. Porque si rectificar es enmendar nuestros actos o nuestro proceder, para hacerlo hemos de retroceder al punto en que aún no eran inconvenientes o perjudiciales. Esto, en el orden particular o personal no parece imposible aunque sí extremadamente difícil, pero en el orden social… resulta materialmente imposible. Y las conductas rectificables a que estamos aludiendo tienen su acción en el orden social. Habría, pues, que retroceder más y más, y más y más, hasta….. ¿el inicio? ¿cuál sería este?
Sería maravilloso, me decía hace pocos días una amiga, que las personas pudieran «resetear» sus mentes: «demasiados archivos en la cabeza y sentimientos en el corazón; sé que me sobran casi todos para poder ver quién soy y por dónde camino. Me pregunto desde pequeña por el sentido de mi vida». Me impactó su confesión. Enseguida pensé en la imposibilidad de tal posibilidad si no se dispone (porque no se conoce o por voluntad propia) del adecuado «sistema operativo» que, una vez «instalado», permita «reiniciar» nuestras vidas. ¿Acaso lo descrito no se parece como una gota de agua a otra a lo que se opera en el sacramento de la penitencia, verdadero «renacer» del espíritu? Que el hombre es un ente religioso no es ya discutido -ni por los ateos inteligentes- desde hace tiempo. Pero que el hombre, libremente, puede negarlo, tampoco. En una página web seria de «relaciones personales», leí distintos consejos orientativos a sus usuarios sobre cómo entablar conversaciones cuando no se sabe de qué hablar; uno de ellos era no hablar de religión, creencias, ideologías,….
No se haría necesario profesar todos la misma religión para poder «conversar», pero sí partir de la admisión de un mínimo de realidades comunes a cualquier ser humano por las que somos todos concernidos. Se me ocurre, por dar un ejemplo, la existencia del bien y del mal y, en consecuencia, la posibilidad de hacer cosas buenas y malas. Si empezamos a liarla con que todo es relativo y no nos sometemos a un orden moral básico y común, de poco o de nada cabrá «conversar».
José Luis
Me encanta tu capacidad para rememorar el pasado y sus ambientes. ¡quien tuviera tu memoria!
Es muy interesaante darse cuenta de que este es un proceso que se inicia mucho antes de la tecnología digital. Esta no ha hecho sino multiplicar, ampliar, redirigir un proceso anterior, aunque con sus propias categorías -la tecnología que construimos nos va a su vez moldeando-.
En principio, lo esencial para conversar es la presencia de los conversadores. La conversación de Turkel es el antónimo de todos sus sustitutos más o menos eficaces -carta, teléfono, ordenador, internet…- pero no presenciales.