
Los medios, dicen, no están para educar. La tele es espectáculo; la prensa información; la radio, una interesante mezcla de ambas cosas. Para educar, la familia y la escuela, dicen. Y a los que nos quejamos, a veces, de la pegada, del impacto, que los medios tienen simplemente por ser hoy como son, nos dicen que el telespectador ya es un adulto y que si no lo es ya tendrá padres que le controlen y le guíen en la difícil tarea de elegir. Nos hablan de la sanción democrática que es la audiencia y nos adulan con aquello de que el telespectador es suficientemente inteligente para elegir y que tiene la sartén por el mando.
Pero llega la crisis y ¡ay! Nuestras capacidades menguan a la misma velocidad que baja el índice bursátil. Los políticos piden que no se nos asuste, los periodistas dejan de ser intermediarios y se convierten en enfermeras que nos calientan un caldo y nos doran la píldora. Políticos, periodistas y financieros, se convierten en intelectuales responsables, en élite paternalista. Los medios entonces, ya no son reflejo de la realidad, sino amables maestras que nos dan gato por liebre y nos ocultan que los Reyes Magos son papá y mamá no sea que las audiencias se asusten y vayan corriendo al banco y manden el negocio de todos al traste.
Por lo visto, sólo somos adultos cada cuatro años cuando nos piden que insertemos un sí es no es en la urna de plástico, o cuando con el mando de la televisión decidimos que el mejor de los programas posibles es Gran Hermano VI o la entrevista a J.M. Dos gestos de profunda, auténtica y sana democracia…


