En un magnífico artículo de El País, José María Ridao nos habla de profetas y maestroscomo dos alternativas diversas a la hora de interpretar la realidad: los profetas que deslumbrados por el brillo de las formas de la actualidad mediática no ven más allá de sus narices y los maestros que recurren al pasado y a la experiencia para intentar explicar los misterios del presente.

Pero lo que me parece relevante para el blog es su lúcida descripción del papanatismo general al que nos hemos referido aquí muchas veces ante dos iconos de nuestro tiempo: la juventud y las nuevas tecnologías. Separados, juntos y la mayor parte de las veces revueltos. Os dejo con algunos extractos al respecto.

«Durante los tiempos de euforia, antes de que estallara la crisis económica, el éxito se representaba en la figura de un joven que amasaba inmensas fortunas tecleando apresuradamente ante una pantalla. Como la mayor parte de las representaciones, también esta era un señuelo: por cada joven que realizaba el ideal, millones de ellos se enfrentaban a una realidad cada día más precaria y en la que se les iban cerrando poco a poco todas las puertas. […]  De la figura del joven que representaba el éxito se destacó, sobre todo, el instrumento que le ayudó a alcanzarlo: la pantalla ante la que tecleaba. Por este camino, el culto a la juventud se hizo inseparable de otro culto, casi de otra idolatría: las nuevas tecnologías dejaron de ser consideradas como lo que eran, un simple aunque poderosísimo instrumento, y se convirtieron en el motor del primer motor que lo movía todo, según la metáfora con la que los teólogos pretendían demostrar la existencia de un ser supremo. Desde la globalización a las revueltas árabes, pasando por las acampadas en las plazas españolas, las nuevas tecnologías se utilizaron como explicación de cualquier acontecimiento, sustituyendo el análisis de las causas sociales, económicas, políticas o de cualquier otra naturaleza por un discurso que más parecía una reiterativa oración ante una nueva divinidad que la tentativa, siempre incierta, de comprender racionalmente los fenómenos. […] De la misma manera que la invocación de las nuevas tecnologías eximía de cualquier reflexión sobre las causas de los fenómenos, también ahorraba el análisis de sus efectos. A un prodigio supuestamente provocado por Internet y las redes sociales le sucedía otro, y a este un tercero, y así indefinidamente, de manera que, al final, las nuevas tecnologías parecían haber precipitado al mundo en una trepidante carrera cuyo único y no minúsculo problema era que se ignoraba por completo su dirección. Pero no porque, regularmente, el curso de los acontecimientos no lanzase señales, la mayoría de alarma, sino porque, boquiabiertos todos ante los prodigios de las nuevas tecnologías, ante los milagros de la nueva divinidad, no había nadie en el puente de mando para interpretarlas. […]».

Yo he estado allí. Lo certifico.