María Tobalina de ICMedia me remite este enlace al blog de Care Santos en el que publica artículo titulado Normas para ver la tele. Es un artículo amable y muy educativo que encierra mucha verdad, pero también alguna trampa que no llega a ser mentira, pero casi.
Primero la idea mil veces repetida de que la tecnología no es en sí misma productora de ningún efecto: lo bueno o malo de ella depende del uso que se le dé:
«Me lo repito una vez más: ver la televisión no es el demonio, sólo es una cosa. Y las cosas se utilizan a conveniencia. Lo importante es saber utilizarlas.»
Sobre la demonización ya hemos escrito aquí un post al que me remitoy del que recomiendo su relectura. Sobre la supuesta neutralidad tecnológica también hemos escrito y mucho pero vale la pena sólo recordarle a Care Santos el modo en el que  cincuenta años de televisión han cambiado profundamente la sociedad en la que vivimos, sin entrar apenas a analizar la influencia de los contenidos: la espectacularización de la vida política, social y periodística; la influencia de la hegemonía de la imagen sobre la palabra; el telecentrismo espacial y temporal en el que han vivido millones de familias españolas su vida cotidiana; el incesante aumento del tiempo dedicado a su consumo en detrimento de otras actividades; el enorme impacto del márquetin publicitario que la sostiene sobre el consumo y su masificación; la fama como meta social para millones de jóvenes, la convicción generalizada de que ver es comprender, la conversión paulatina, en fin, del homo sapiens en el homo videns de Sartori iniciada por el cine, pero llevada a cabo desde el centro de cada hogar por la televisión.
«Algunos entrañables recuerdos de infancia: los viernes por la noche, en mi casa se veía el “Un, dos tres”. Cuando los concursantes se llevaban la Ruperta, yo me acosaba con una gran desazón. Los sábados por la tarde, mi madre y no nos preparábamos un bocata de tortilla y nos lo comíamos viendo “Los Ángeles de Charlie” o “Vacaciones en el mar”. Y aunque no me dejaban ver “Dallas” (tenía dos rombos, aquella odiosa clasificación que los padres acataban sin rechistar), la escuchaba desde mi cama, como quien oye un serial radiofónico, escandalizadísima.»
Todos los que pertenecemos a esa generación, compartimos esos mismos recuerdos ligados a las entrañas de nuestras familias y nuestras infancias. Pero, aunque sin ser todavía conscientes de ello, la televisión estaba ya instalándose en nuestras vidas como una tecnología que no iba a dejar títere con cabeza, hay que recordar, además, que eran tiempos de la 1 y la 2, sin competencias por las audiencias, y eran también tiempos en los que la presencia de la familia era mayor que la omnipresencia de la televisión. Proporción que con el tiempo, la sociedad por una parte y la propia tecnología por otra, se encargarían de cambiar hasta llegar a invertirla hoy casi del todo.
«Estos recuerdos son los culpables de mi interés por programar sesiones familiares de televisión. También de que haya rozado los límites de lo soportable viendo capítulos de “Dora la exploradora”.
Aquí el sabio consejo de uso: el uso compartido de la televisión. Consejo que ya he comentado alguna vez aquí, cada vez que se lo damos a los padres, lo hacemos con la conciencia de, por un lado, estar llevándoles efectivamente a los límites de lo soportable y, por otro, de ser una exigencia cuya dificultad práctica es casi insalvable en las condiciones de vida laboralsocial y ahora también tecnológica -pluritelevisores, acceso a Internet, smartphones…- de la mayoría de las familias.
Y en el final, una pequeña trampa, aunque llena de buenas intenciones:
«Pero todo se arregló el día en que me convertí en programadora de nuestras sesiones de cine. Comenzamos por “Tiempos modernos”, de Chaplin, un exitazo. Los clásicos de aventuras también gustan mucho a mi audiencia.”Robin de los bosques” de Errol Flynn, mereció incluso un segundo pase. Y no hablemos de las películas de catástrofes, que después requieren una sesión de terapia familiar.
También programo documentales. La vida dentro del útero, los secretos de los elefantes, qué comen en Indonesia… La curiosidad innata de los niños les convierte en espectadores magníficos de los canales temáticos.»
La selección de películas y documentales —querida Care Santos— sólo comparten con la televisión —ese magma continuo de colorines, voces chillonas, publicidad y algunos contenidos— el aparato llamado televisor. Ver cine o documentales en la tele no es ver la tele: es utilizar el televisor para ver cine y documentales, una actividad selectiva y disciplinada de escapar de la tiranía de los programadores de la televisión a base precisamente de verla de otro modo, es decir, de no verla.
«Después, comentamos la jugada. Lo realmente valioso, sospecho, es el debate posterior (o simultáneo) al visionado. Porque la cosa denominada televisión no aísla a nuestros hijos si no queremos, sino que sirve para compartir en familia. Los fabricantes deberían indicarlo en los libros de instrucciones
En esto dice gran verdad: la televisión y cualquier otra tecnología ocuparán siempre el lugar que la familia les permita. De hecho, la familia —es decir: las relaciones, el tiempo de juego, de compañía, de estar, de compartir, de conversar, de mirarse a los ojos entre personas ligadas por lazos por encima de cualquier interés— son el mejor antídoto para cualquier efecto perverso de la tecnología.
Sin embargo, Lo que debería advertirse en los embalajes de los televisores, los móviles, los ordenadores, las tabletas y los smartphones sería algo así como: «Peligro: utilizar con precaución. El consumo de este producto puede llegar a consumirle a usted y a los miembros de su unidad familiar».