La muerte de Constantino Romero no ha dejado mudos a los personajes que nos llegaron con su voz porque muchos de ellos nos quedarán ya indeleblemente grabados en la memoria y en los soportes electrónicos en los que los conservamos. Ahí quedan. Las voces e inflexiones de otros irán llenando ese vacío y terminaremos dejándonos engañar por esa enésima ilusión cinematográfica de una voz que sustituye a otra voz hasta convertirse en la única voz posible.

No parece probable que ni al grueso de la población española le de por aprender idiomas ni a la mayoría de los actores españoles les de por aprender a hablar o a actuar con la voz propia, haciendo que el actor de doblaje se convierta en un trasto inútil. Así que parece que la industria del cine va a seguir necesitando de esa maravilla que es el conjunto de actores que han contribuido desde los años 30 del siglo pasado a escribir la historia del cine español: del extranjero sobre todo, pero también del propio.

Muchos son los puristas españoles -algunos de ellos actores- que critican el doblaje como una perversión torticera de las esencias del auténtico cine, olvidando que juntar ‘auténtico‘ y ‘cine‘ constituye una paradoja  como silencio y atronador, pero mucho más estúpida porque confunde en vez de aportar significado. Nada hay en el cine de auténtico, sino que es precisamente su falsedad la que le hace ser lo que es: pura magia, pura ilusión. Desde las veinticuatro imágenes por segundo que provocan en nuestra mirada el espejismo del movimiento, hasta la misma interpretación de los actores que está condicionada por el encuadre, los mil «trucos» de la fotografía, la iluminación, el montaje, la música, el decorado, el vestuario, el maquillaje… con los que construyen finalmente ese personaje inexistente al que el espectador se entrega más o menos consciente del engaño. Es la ficción de la copia infinita y falseada y no la fidelidad a no sé qué original lo que constituye la magia cinemátográfica.

Por eso, extraña la estúpida pretensión por parte de algunos de hacer más pura la impureza. No me importa cual sea la voz auténtica de Clint Eastwood o Rutger Hauer o Eduardo Noriega, sino de qué modo se me hacen más creíbles -más falsos, por tanto- sus personajes. 

Precisamente el defecto de gran parte del cine español es que muchos de sus actores no consiguen engañarme y desaparecer detrás de su personaje porque no actúan con la eficacia debida y, sobre todo, porque no hablan  como exigiría su personaje, sino como ellos mismos. ¿Qué fatua vanidad les hace pensar que son ellos los que construyen la mitología de la que viven? Otro gallo les cantara -en la garganta y en la pantalla- si profesionales de la voz como Constantino, doblara a más de uno. Y si no, más les valiera estar mudos.

Por eso me parece un escándalo que la Academia de Cine, no tenga una Goya al Mejor Doblaje para premiar un trabajo que ha contribuido más que muchos que pasean la alfombra roja a que los espectadores nos sumerjiéramos en la magia de la oscuridad iluminada de las salas.

Gracias, Constantino.

Descanse en paz.

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