Dedicado a Gregorio Luri

Una clase llena de alumnos es una clase llena de sueños, es decir de personas.

«Vivimos en un mundo en el que los objetos que utilizamos nos son tecnológicamente inaccesibles y los que a través de la pantalla nos parecen accesibles, resultan ser virtuales. Sin embargo, no podemos clavar un clavo en internet». No existen los alumnos virtuales. Tampoco los maestros. Y si existen, serán virtuales, pero no son maestros.

El maestro educa lo que ES y enseña lo que SABE. Transmite lo que es y lo que sabe. Y lo que es está sobre todo en sus ojos.

El maestro es el centro de las miradas de los alumnos. La mirada del maestro es el centro de la clase. 

Cara a cara. Y, en medio de la cara, una mirada.

El maestro mira de arriba abajo, el alumno tiene que levantar los ojos.

Los alumnos miran el libro de texto, el maestro mira a los alumnos. El maestro se mueve: las miradas dejan de converger en él para entrecruzarse; alguna mirada se distrae y se escapa y huye por la ventana. La clase y sus miradas son un espacio emocional y afectivo en el que ocurren muchas cosas y en el que está en juego mucho más que la palabra y mucho más que las imágenes.

Más ojos, más miradas y… menos pantallas.

Usen las tecnologías, no las consuman o serán consumidos por ellas.