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El autor de Demencia Digital ha estado en Madrid y Barcelona invitado por la Fundación Aprender a Mirar. No pudimos asistir, pero tenemos un testigo de excepción que nos hace una excelente crónica, a la vez que una síntesis de su pensamiento.

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Manfred Spitzer: crónica de una visita, por Juan Boza

«Cuando lo veo por primera vez, pienso que es exactamente igual a la foto que sale en la portada de su libro. Pero ahí de pie, resulta muchísimo más real. No es una observación banal. Como dice en su libro, siempre la realidad supera a la ficción. Y es cierto, todos prefierimos ver paisajes a fotos de paisajes,  montar en una montaña rusa a ver un vídeo en primera persona de una montaña rusa, pescar a ver pescar. O como se ha repetido tantas veces en este blog, vivir a ver cómo otros viven. También resulta mucho más emocionante encontrarse con Manfred Spitzer que sólo leer a Manfred Spitzer. En realidad, he de ser su traductor y asistente durante los dos días que va a estar en España. pero de lo único que tengo ganas es de hablar de su libro. Ni cuando le tiendo mi ejemplar de Demencia digital para que me lo firme me veo venir la cascada de afirmaciones rotundas que constituyen su pensamiento desde que el primer periodista le hace la primera pregunta y el Dr. lo va desgranando .

Sabemos que el cerebro es plástico. Cambia según lo utilizamos para hacer cosas, y se vuelve tanto más eficiente cuanto más se usa. Eso se llama aprender. Las nuevas tecnologías no hacen sino trabajar por nosotros y cuando las usamos, el cerebro no trabaja, desaprende. La mejor forma de usar el cerebro es interactuar con la realidad, porque la realidad es todo a la vez:  movimiento corporal,  olores, tacto, equilibrio, color, luz, dimensiones… Está diseñado para integrar todas sus habilidades. Las nuevas tecnologías, en cambio, solo son luz, que el cerebro interpreta como imagen de la realidad.  Los niños no aprenden a hablar viendo la tele: se ha comprobado científicamente que  con una profesora hablando en vivo a niños que no hablaban y la veían bien en la imagen de la  pantalla bien en la realidad física, sólo aprendían aquellos que la vivieron físicamente.

Míster Spitzer, en la realidad es amable, risueño, firme, muy alemán. Muy simpático y muy desenvuelto en la situación. Se defiende bien en el mundo real, pienso. Da la sensación de que te guiña un ojo cómplice con todo lo que hace, como es propio de alguien cuyo trabajo consiste en tratar con personas. La expectación de todos en la Fundación Aprender A Mirar es unánime, y la sensación que nos queda escuchándole es que si todo lo que afirma con datos y rotundidad es cierto, tenemos mucho trabajo por delante para hacérselo llegar urgentemente a la sociedad.

Cuando un cerebro está bien formado (18-20 años) y ha aprendido a relacionarse por completo con la realidad física, analógica, agotando su pico de desarrollo máximo, se pueden usar NT en sustitución de tareas rutinarias buscando el ahorro de tiempo y energía, pero siempre en pos de ser cerebralmente creativos con la realidad. E incluso en este caso, el usuario tiene que hacer un esfuerzo de dominio ante el poder de absorción de las pantallas y su dinámica.

Spitzer es rotundo: esto no es así, respecto a los niños que usan NT. Cuando son pequeños o en la escuela, el cerebro no solo no aprende durante edad temprana sino que olvida capacidades, e incluso limita la capacidad de aprender posterior. No sólo eso: la recompensa fácil de las NT es adictiva,  de modo que el exceso de vida digital llega a crear trastornos asociales y depresión. El cerebro necesita la realidad. La luz y la sustitución de la vida activa provoca además, insomnio, diabetes por alteración de los ritmos circadianos y el metabolismo, inadaptación, etcétera. Es adelantar el decaimiento natural del cerebro hacia la demencia entendida como una decadencia cerebral. De ese modo, la conclusión lógica es que la utilización de NT como elemento de aprendizaje básico antes de los dieciocho años es un error pedagógico. Pues no compensa ningún beneficio. Un niño sin móvil no va a ser asocial por no tener redes sociales, pues no son verdaderas relaciones, no va a perderse ninguna herramienta esencial para la vida, pues la única herramienta realmente útil es el cerebro enfrentado a la vida real física.

Traducir es fácil, sobre todo cuando a diferencia de los periodistas que vienen, me sé su libro casi de memoria, y sólo con eso ya podría responder a todas esas preguntas. Cuando he traducido al quinto periodista, el mismo doctor Spitzer bromea con que al fin y al cabo, ya podría encargarme yo de contestar directamente. Hace bromas sin parar. De las inteligentes. 

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Lo que más me cuesta es soportar que ningún periodista entre en el meollo de la cuestión, que es lo que yo realmente querría preguntarle. ¿Qué consideración clínica cree que merece la adicción a las nuevas tecnologías? ¿Se puede hablar de síndrome de abstinencia? ¿Hay datos sobre indicios de demencia en marcadores neurológicos con una sigma aceptable? Me tengo que callar, claro. El Doctor no dice nada nuevo en las entrevistas. Como digo, todo el equipo se ha bebido su libro durante meses y sólo queremos saber cuándo se va a traducir el nuevo, «Cybercrank«, en el que expone todas las enfermedades psiquiátricas consecuencia directa del uso y abuso de las nuevas tecnologías. Se nota que tiene ganas de que le pregunten de eso, así que en cuanto se va el último periodista, no vacilo en preguntar. No se corta un pelo: insomnio, demencia prematura, déficit de atención, trastorno disocial, depresión, trastornos de aprendizaje, diabetes, problemas de visión, adicción, síndrome de abstinencia, agresividad… Me recuerda al cuadro clínico de un trastorno adictivo por drogas blandas. Compara las consecuencias del uso excesivo por los jóvenes de los dispositivos digitales con dejarles conducir con doce años. Las muertes de tráfico, las enfermedades derivadas del consumo de cannabis, en menos de quince años nos van a parecer una tontería comparada con lo que se avecina como consecuencia de que estamos dejando que la tecnología sustituya a la realidad. En Francia están empezando a espabilar, en Japón se ha creado ya cierta alerta socio sanitaria, y en Corea del Sur hace diez años que ya supone un verdadero problema de salud pública.

Es directo y sencillo, pero muy contundente. Cada vez que utilizamos tecnología el cerebro involuciona, sus capacidades decaen, desaprende y enferma. Se ve fácilmente al microscopio la diferencia entre un cerebro con alzheimer prematuro de una persona de sesenta años, y el cerebro de un adicto a las tecnologías de la misma edad. Son iguales, dice, y eso es evidencia científica. Su seguridad y preocupación no son sólo visibles, sino que asustan, los miembros del equipo y yo empezamos a sentir que llevamos dos años durmiéndonos en los laureles.

¿Y qué hay respecto del gasto enorme que se está haciendo para introducir la tecnología en las aulas? El interés económico de las tecnológicas ya es mayor que el de las farmacéuticas y es más fuerte que cualquier poder político o lobby, pero nadie está preocupado. Y así nos va.

La conferencia en la sede de la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información en Madrid atrae a menos personas de las esperadas debido a los horarios, pero tenemos la suerte de contar con el Secretario de Estado en persona. Durante hora y media, Spitzer obtiene toda su atención, junto con la mía y la de todo el aforo. No necesita presentar gráficos complejos, datos científicos o complicadas tesis en neurociencia cognitiva. Sólo los cerebros completamente formados, de dieciocho a veintidós años, deberían permitirse utilizar nuevas tecnologías en el trabajo intelectual, como una ayuda al trabajo, nunca al aprendizaje. Con una argumentación simple y lógica, pero cargada de datos aportados por múltiples investigaciones, el doctor Spitzer nos conduce a la conclusión de que la tecnología puede y consigue debilitar nuestro pensamiento. Como mi padre hizo en su momento, el doctor no permite a sus hijos que vean la tele o usen el móvil siendo menores de edad.

Cuando me despido por última vez, el doctor, ya en la calle de camino a cenar, me agradece la ayuda y el trabajo bien hecho. Bromea de nuevo. Lamento no poder quedarme a cenar, pero he de volver a Zaragoza. No pasa nada, ha sido un placer, sigue cuidando tu cerebro, me dice como despedida.

En el ave de vuelta no puedo dejar de pensar que esa última frase lo resume todo, y que en realidad es así de sencillo. Cuidar nuestro cerebro.»

Referencias

Spitzer en la contra de La Vanguardia