Animo a los lectores de Los Bárbaros a que me envíen el resultado de su lectura. José Luis Rodríguez ha sido el primero y aquí está. Gracias.

«Los lectores no lo saben, pero yo sí: Pepe Boza ha trabajado este libro largo tiempo, leyéndolo una y otra vez hasta exprimirlo, … así que lo que podemos leer en su post, constituye un verdadero parto intelectual. ¡Enhorabuena!: has alumbrado una crítica riquísima, una de ésas que hacen felices a los demás por lo que aprenden.

Tú has sido el feliz culpable de que este verano haya disfrutado, inesperadamente, leyendo “Los bárbaros”. La razón es que Baricco escribe de morirte –de gusto­– o al menos a mí “me mata” su estilo. Estilo compuesto de mucho oficio, mucho gusto literario –léase “Seda”–, una notable agudeza analítica y una vasta cultura. Así que durante el viaje, el paisaje ha sido un hermoso trigal color de oro, un inmenso mar de sol sobre los terrones elegidos por Baricco. Otro paisaje distinto son los contenidos, que parecen corresponderse con el paso de mi tren por un túnel tras otro, sobre todo en la segunda mitad del viaje. En todo caso, es un libro de mérito en el que las anotaciones previas a la siembra se adivinan numerosísimas; sus desarrollos analíticos son brillantes; y sus argumentos…, siempre ondulantes, aparecen a veces agitados por el viento de la REALIDAD que acaso, sin permiso del autor, azota más a menudo de lo que debió prever, su espléndida plantación.

Pero es que es sabido que en cuestión de agricultura, la cosecha siempre es incierta y ello lleva, a quien la espera, a hacer un gesto hacia arriba. Sí, hacia donde está el cielo, como queriendo preguntarle a un VERDADERO CONOCIMIENTO: ¿Qué?… ¿habrá buena cosecha, VERDAD?” Posiblemente, ante lo indescifrable de la respuesta, quien sembró se vea además movido, súbita e irreflexivamente, a realizar una especie de imploración, de plegaria, de ruego. A manifestar su necesidad. ¿A quién? Saberlo no es lo que más le importa a Baricco. El caso es, digo, que el hombre ―todo hombre de todo tiempo― suplica y espera: queda a merced, ESPERANZADO Y SUPLICANTE.

Lo dicho pretende describir – aunque sea de un plumazo– la verdadera naturaleza del ser humano que, viviendo en una u otra cultura, vive siempre solo y antes que entender su entorno social o la cultura en la que vive, se pregunta y le urge más entenderse él mismo. Así que la persona se siente anterior, más urgente y capital que la sociedad en que habita. Admitir o no que la naturaleza del ser humano es de tal modo, condiciona de manera insalvable el método de exploración intelectual de la existencia y de lo que existe fuera de la propia existencia; de la vida y de la sociedad; del alma y de la cultura; de sí mismo y de los demás; de Dios y del Mundo.

El hombre es un ser naturalmente religioso (Pascal). Ésa es su ontología. Por eso se siente “religado” a su última causa: necesita saber de qué causa es efecto. Es obvio que si logra CONOCER o EXPERIMENTAR su causa, pasará a “creer en ella”. Más si, atendiendo prejuicios culturales, niega la posibilidad de ser efecto de causa alguna, él mismo se niega el conocimiento de su plenitud y queda limitado a lo que de sí le informe la Cultura, y muy especialmente la Historia. Aunque, efectivamente, un ser como el que nos propone Baricco, que no es efecto ni causa de nada, ni tiene “Principio” alguno, que sólo es permanente actualidad, sería un perfecto mutante, un nuevo ser sin naturaleza conocida hasta el presente.

Ahora bien: el hombre singular, en su labor de darse conocimiento, obtiene distintos resultados: algunos alcanzan a reconocer que poseen fe en Dios; otros no la reconocen o más directamente la niegan ―éstos suelen envidiar a los que la tienen―; y los más no llegan nunca a saber si la poseen o no ―éstos suelen esforzarse poco o nada en averiguarlo―. Y es que entender las cosas requiere pensarlas siguiendo el método de análisis más adecuado a su naturaleza: el inductivo o el deductivo.

Baricco explica al hombre horizontalmente explorando el mundo que el hombre mismo ha creado, es decir, la Historia y la Cultura. Y de ahí no pasa. No atiende a otras realidades de la naturaleza del hombre, posiblemente, porque no las entiende. Su lógica es deductiva: el hombre es el efecto de su quehacer, de su cultura: estudiando ésta, nos dibuja al hombre histórico –y muy bien, por cierto–. Sin embargo, es una realidad en general admitida que el ser humano experimenta ciertas “atemporalidades” a través de su existencia, ciertas “vivencias ahistóricas” que no puede entender sino por inducción, extrayendo el PRINCIPIO general o causa que en ellas está implícito. Por decirlo de una vez: el pensamiento deductivo no es adecuado para entender la naturaleza religiosa del hombre porque no permite acceder de partida al conocimiento de lo universal o sobrehumano que en el hombre existe. Y no es discutible que el hombre experimenta dos tipos de vectores de atracción: unos lo verticalizan, avisándole de su religación con su causa o principio, otros lo horizontalizan haciéndole partícipe en la construcción de su ser social, mediante la cultura. No hay necesidad de eliminar ninguna de las dos tendencias. Es más, ontológicamente, completan lo que el hombre es. De tal forma que, desatendiendo cualquiera de ellas, no puede culminar su tarea de hacerse propiamente una persona personal. (Wojtyla, K., Amor y responsabilidad, ed. Razón y Fe, 6ª, Madrid, 1978).

No veo yo en Los bárbaros un libro intensamente quirúrgico, sino un ensayo de cirugía menor, de cirugía de superficie. Y es que Baricco ha escrito, yo diría que a propósito, un libro que habla de la mundana superficie sin referirla decididamente a ningún principio. Y así, es difícil CONOCER nada.

Para Leibniz «pensar es probar» ―casi parece un pistoletazo verbal ¿no?―. Y Ortega nos dice que «Formal o informalmente, el conocimiento es siempre contemplación de algo a través de un principio». Con estas citas, quiero poner de manifiesto la imprecisión, si no la confusión, con que hoy nos expresamos todos, también Alessandro Baricco. Si “conocer” es averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones entre las cosas a través de un principio; “principio” es la causa u origen de algo, es decir, la base, origen o razón fundamental a la que nos referimos al pensar en ello; y “pensar” es probar…, mucho me temo que la “secuenciación horizontal de la experiencia, de la información y de la adquisición de conocimiento” en la que Baricco nos ve ya mutados, no constituye, gracias a Dios, ése “nuevo conocimiento” del que versa su ensayo. Al menos no descubro yo rigor alguno en sus tesis finales. No expone principios y sí mucha “intención” interesada.

Y es que no lo he dicho aún, pero veo en “Los bárbaros” un libro de religión o al menos un libro pararreligioso, en el que Baricco rastrea en busca, sobre todo, del alma. Quiere saber si el hombre ha perdido su alma, aunque sea la que él llama su “alma revelada” ―que para eso es de izquierdas― y acaso ha mutado en otro ser que ya no precisa de ella, de “ese invento producido por la religión, por el hombre religioso, para señalar “lo distinto” y combatirlo hasta obtener una cierta calma tras la derrota “del bárbaro”. En su libro, habla horizontalmente de algunas verticalidades que parece se le “escapan” de continuo, para reducirlas pronto a la horizontalidad. No se deja llevar de sí mismo, si lo hiciera pondría en peligro la estructura que precisa en su obra para exponer sus tesis: los bárbaros no son un peligro, sólo son la mutación natural del hombre producida por las necesidades del capitalismo, aceptémoslos, no caigamos en la absurda debilidad de construir murallas que nos protejan de lo distinto, porque ya somos todos bastante parecidos. ¿El conocimiento? No se preocupe, siendo bárbaro se puede obtener conocimiento como siempre, pero ahora incluso más y mejor. Eso sí, de distinto modo: rápido y sin gran esfuerzo. Resbalando por la superficie. Adáptese o quedará aislado.

A Baricco le preocupa si esta alma mutada, propia de sus bárbaros, que define como “alma innecesaria”, es la que debiéramos reconocer como verdadera o como ventajosa, siendo así que los bárbaros nos han conquistado desde dentro, sin combate, y somos todos ya mutaciones de la barbarie. Baricco plantea que no reconocerlo es acaso un acto inútil de resistencia. Y nos dice que aquella “alma espiritual”(¿?) que conquistara la burguesía ha sido o lleva camino de ser definitivamente liquidada. Mas como la anterior ―“la revelada”― ya lo fuera a su vez por la burguesía, liberando ¡por fin! de ella al hombre a partir de la obra de Beethoven, y la nueva es un alma innecesaria dado que el “nuevo conocimiento” proporciona suficiente experiencia y sentido a la existencia, … bla, bla, bla, … Creo sinceramente que cuando se habla de algo en lo que no se cree y, por ello, se desconoce absolutamente, sólo pueden decirse simplezas como éstas. Por otra parte ya enunciadas en parecida forma por otros muchos autores… sin fe religiosa. Iba a decir, injustamente, “por autores de izquierdas”.

Baricco nos anuncia al principio de Los bárbaros que va a hablar de “cómo se producen las mutaciones” ―que es para lo que se ha entrenado―, pero no, “porque lo desconoce”, de “porqué se producen las mutaciones”. Finalizada la lectura observo que me ha hablado de las dos cosas. Hay dos libros en uno. El primero termina en “Google 3” y es del todo brillante y útil. El segundo, a mi parecer, trata de lo que nos anunció que no iba a tratar seguramente a sabiendas, de que iba a tratarlo. Éste es menos sólido, pero es el ensayo que necesitaba para plantear su tesis. Tesis, que no comparto por todas las razones que nos expone Pepe en su post con el que estoy de acuerdo al cien por cien.

(Por cierto, “mutar” es dar a algo otra naturaleza, estado o forma. ¿Han notado Vds. algo raro en sus seres mismos?)

José Luis.»

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella y acabarán… mutando.