Me envía José Luis un artículo de Francisco Gálvez, titulado «La estética del terrorismo» en el que se reflexiona sobre las fotografías periodísticas que, a la vez que informan, crean también un imaginario social colectivo que luego es a su vez asumido por el propio terrorismo para la utilización de los medios como parte de su estrategia.
En algunas ocasiones, incluso va más allá transformándose en un icono que es asimilado por la sociedad del espectáculo que lo convierte en producto con la creación de nuevas imágenes de cartelería o de cinematografía.
Lo cierto es que para Gálvez, «el medio fotográfico es uno de los mayores responsables de configurar ese imaginario» y cita al catedrático de Teoría de la Información Gonzalo Abril en su libro ‘Análisis crítico de textos visuales. Mirar lo que nos mira’, que define un imaginario como «un abigarrado repertorio de imágenes compartido por una sociedad o por un grupo social, el espacio de las objetivaciones de la imaginación colectiva», en cierto modo, el Medioambiente Simbólico.
En él pues, al fotografiar la realidad, haciéndola mediática, también la convertimos en simbólica creando una realidad nueva, independiente de su origen, que una vez creada se escapa de la realidad para ser usada de muy diversos modos y con muy diversos objetivos.
De ahí la polémica que siempre hay al respecto de cómo tratar el tema del terror en los medios y cómo evitar que estos se conviertan en cómplices de los actos terroristas al informar sobre ellos. Tema no resuelto todavía y que está directamente relacionado con la fuerza de impacto de las imágenes y el papel mediador de los medios.
He recordado con esta lectura una columna que Arcadi Espada escribió en el diario EL Mundo el 20 de abril de 2007 a raíz de la matanza en una universidad americana por parte de de un asesino que previamente preparó un vídeo dirigido especialmente a los medios de comunicación. Con algún corte la reproduzco entera, destacando en negrita lo más interesante para el tema que nos ocupa.
«Haciendo un aparte momentáneo en su tarea, el asesino Cho, de la UniversidadPolitécnica de Virginia, envió un paquete a la televisión más próxima. Texto y fotos[…] «la decisión fue vuestra» […] Aunque no se explicite, la segunda persona del plural que invoca está clara. Vosotros, todos, el [Medio]Ambiente [Simbólico]. 

[…] En una sugerente demostración de templanza y olfato comercial [el que le vendió las pistolas] ha dicho que, en efecto, el problema son las armas. Que hay pocas armas, concretamente. Y ha profetizado que de estar autorizadas en los campus el asesino Cho habría matado a menos gente, porque alguien lo habría liquidado rápido. Sin duda es el tipo de réplica, impecablemente ambientalista, que merecen los que ante los suicidios por impacto proponen la supresión de los pisos altos.

El asesino Cho, ya digo, incluyó en su paquete a la televisión el impreso justificativo y una serie de fotos con poses más o menos estudiadas. Se trata de una singular variante de la carta al juez. Como no podía ser de otro modo el juez es el medio. El proceder del asesino es muy interesante, y revela una fina observación de las exigencias mediáticas.[…]

En cuanto a las fotos, son justo las que el periodismo buscaba. ¿Cómo no va a darlas en portada? El asesino Cho sabía lo que hacía. Todo su paquetito póstumo está basado en lo que el periodismo hace con los hechos de su especie. Una imitación perfecta. Lo que suavemente lleva a la sospecha de si Cho mató para filmarse, y a la necesidad, lógica y ambientalmente derivada, de proceder de inmediato a la ilegalización del periodismo.»

Vean imágenes, no las consuman, o serán consumidos por ellas.