Abigael Evans, 4 años y una sensibilidad como la que sólo un niño puede todavía tener antes de que tras años de exposición mediática desarrolle una costra no que le haga inmune contra los efectos de los medios, pero sí para que le ayude a aguantarlos resignadamente como se aguanta el frío, la enfermedad, los desengaños… que conlleva el mero hecho de vivir.

Abigael iba en su coche con su madre oyendo la radio pública NPR que como todos los demás medios «informaba», servía de plataforma, de amplificador, de altavoz… a los intereses electorales no del pueblo americano, sino de los dos candidatos y su aparato-carnaval-estadístico-mediático-electoral.

Y ya no pudo más: se echó a llorar. A la pregunta de su madre de por qué lloraba la niña contesta: «Porque estoy cansada de Bronco Bamma y Mitt Romney» «¿Por eso lloras?» La niña asiente entre lagrimones. «Oh, acabará pronto, Abby, ¿Vale? Las elecciones acabarán pronto ¿Vale?». «». Para comérsela.

Sin esa costra que nosotros hemos ya desarrollado y tenemos gruesa y encallecida, también seguramente lloraríamos. Es más, deberíamos hacerlo. Saquemos ese niño que todos llevamos dentro y protestemos. Pero nada de nada de cacerolas, pancartas o cojomantecas y rompefarolas. Lloremos a ver si así los expertos en márquetin, en consumo, en publicidad, en campañas, nos dejan un poco en paz.