Muchas veces hemos intentado explicar aquí cómo nos afectan los cambios tecnológicos más allá del uso que hagamos de ellos. Es el viejo masaje de McLuhan que toda tecnología nos aplica al apropiarnos de ella. No es un tema fácil de explicar porque está muy interiorizada la media verdad –y por tanto, la mentira–  de que la bondad o maldad de una tecnología depende exclusivamente de su uso. Ya saben: la tele, el móvil, el ordenador, Internet… no son ni buenos ni malos, son lo que nosotros queramos que sean.
Acabo de leer un estupendo post de Pilar Guembe y Carlos Goñi en su blog Familia Actual en el que de manera indirecta explican bastante bien este fenómeno de cómo las tecnologías actúan sobre nosotros y sobre las sociedades independientemente de lo que nosotros hagamos con ellas.  Partiendo de la narración de Swift, Los viajes de Gulliver, nos recuerdan cómo los liliputienses descubren en el bolsillo del gigante “una gran cadena de plata con una maquinaria maravillosa en su extremo … una esfera plana, mitad de plata, mitad de otro metal transparente … con ciertos signos extraños dibujados en torno a un círculo […] Suponemos –concluyen los liliputienses– que se trata bien de un animal desconocido, bien del dios a quien adora: nos sentimos más inclinados a esta segunda interpretación, pues nos aseguró que rara vez hace nada sin consultarlo. Lo llamó su oráculo y dijo que él le marca el tiempo para cada acto de su vida”.
Los liliputienses no habían accedido a la maravillosa tecnología que permitía a Gulliver medir el tiempo. Se puede vivir sin esa extraña máquina que por fin ordena la vida humana haciéndola sin duda más eficaz, más rápida, más rentable, más encaminada con seguridad al progreso. Una máquina que nos impide perder el tiempo porque desde su invención no tenemos tiempo que perder –como dicen los autores del post. Una máquina y una tecnología que es fantástica y sin la que es imposible entender cómo se podía vivir, pero una tecnología también al hacernos dueños de nuestro tiempo nos encadena a él. Gulliver «No es dueño de su tiempo, porque se lo ha fiado a ese mecanismo que él mismo ha inventado, y que ahora manda sobre su vida. Justamente por querer ser dueño del tiempo se ha convertido en su esclavo».
Concluye así el post: «El tiempo también existía en aquel país diminuto, pero no estaba cronometrado, no había sido mecanizado, no se guardaba en un cofre de plata, no era oro. Cada día amanecía y anochecía, salía el sol y se ponía, los días eran más largos en verano y más cortos en invierno, el tiempo existía, no se contaba, sino que se vivía».
También, aunque parezca mentira, había vida antes de las pantallas, la tecnología digital, y la invención de Internet. Y quizá también entonces las cosas y las personas, además de verse en el cristal líquido, también se vivían.