El otro día hablábamos del tiempo en relación a la familia y las pantallas. Veíamos como el tiempo es un derecho del hombre imprescindible para construir su vida. Un tiempo libre, es decir, suyo, para vivirlo y, de ese modo habitarlo y convertirlo en vida, como decía José Luis en su comentario. Necesitamos del tiempo para crecer, para madurar, para ser. El tiempo puede ser la sustancia de nuestra felicidad o de nuestra desgracia.
Pero hoy ese derecho, se ha transformado, como muchas otras cosas, pervirtiéndose en mercancía, en productividad, se han devaluado en puro valor económico. El mercado lucha por ocuparlo y convertirlo en dinero. Y uno de sus instrumentos son las pantallas: devoradoras de tiempo, creadoras de audiencias. Bien sea la programación televisiva, bien el navegar superficial de internet o la vacuidad de las redes sociales, todos quieren tenernos allí para convertir nuestro tiempo en dinero.
Mientras el trabajo ocupa parte de nuestro tiempo, se entiende que ya es productivo y se le deja en paz, atacando sólo nuestros periodos de ocio, pero con la jubilación, todo es ocio y todo nuestro tiempo entra en la órbita de la mercadotecnia de las pantallas. Así, es en los jubilados donde se encuentran los picos de consumo más altos y a todo el mundo le parece lógico, puesto que «qué van a hacer los pobrecitos si ya no son elementos productivos», pues apalancarse en el salón de casa o en el de la residencia frente a la pantalla.
Sin embargo, se jubila uno de trabajar, pero no de vivir. Trabajamos para hacerlo bien dignificándonos y enriqueciendo a la comunidad en la que vivimos. Llenamos nuestro  tiempo para que no sea un  tiempo muerto. El oro que es mi tiempo no es dinero, sino un trozo de vida que me hace madurar y mejorar la vida de los que me rodean.
Cuando me jubilo se produce un cambio externo, pero no una quiebra interna. Abandono una determinada actividad sometida a un contrato, pero ni mi tiempo ni mi trabajo se desmoronan porque no hay ruptura: continúo haciendo oro molido de desarrollo y entrega a los de más con mi trabajo y mi tiempo.
El sentido de mi vida no está en el trabajo y en las relaciones y rutinas que conlleva, sino en mi capacidad interior de dotar a ese trabajo y a esas relaciones y rutinas de sentido. Sólo una vida fundada en el sentido y en la entrega a los demásjustifica la vida, la jubilación, el envejecimiento y la muerte.  Juan Pablo II y Teresa de Calcuta, por poner  dos ejemplos a los que todos hemos visto envejecer, no se jubilaron nunca. Porque la persona no es jubilable.
De hecho cada etapa de la vida es una jubilación. Cada etapa de la vida es una preparación para la siguiente. Nos estamos jubilando siempre y no nos jubilamos nunca.
Vivamos en vez de dedicarnos pasivamente a ver cómo viven los demás. Sobre todo en nuestra jubilación en la que somos, en teoría, más dueños de nuestro tiempo, pero no para consumirlo, sino para vivirlo.