«Cuando yo era niño –y a veces sigo siéndolo–, me iba a buscar unos rincones de El Líbano que me gustaban. Había uno que se llamaba La Tebaida, que quedaba –o queda, porque sigue allí– al lado y vivía rodeado de silencio y de niebla. A veces, se alcanzaba a oír el pito del tren de la Sabana de Bogotá que llegaba fatigado desde Zipaquirá. Me gustaba oírlo y echar mis sueños a volar en el humo que botaba al aire su caldera. Viajaba a países que no existían, a países sin nombre que tenían reyes que iban a las guerras y que tenían caballos tordos, palomos, caballos alazanes, caballos zaínos y alguno montaba, el que más me gustaba: un moro pataconiado. También tenían princesas y quizá con alguna vestida de azul soñé.

Iba también a otro rincón de la hacienda, un matorral de arrayanes escondido en una loma donde hacía –no sé por qué– cierto calorcito. Lo sentía como un cariño y yo se lo devolvía también queriendo ese escondedero desde donde oía que me llamaban cuando eran las seis de la tarde y las mirlas comenzaban a cantar su canto triste y melancólico.

Cerca estaba lo que llamábamos la Cueva del Tigre, una pequeña mina abierta en una roca arenosa que tenía grabadas en las paredes las señas de arañazos del tigre. Las miraba encantado. Me imaginaba que el animal andaba por ahí ronroneando y yo sentía el escalofrío en mis espaldas. A veces, también en las vetas veía brillar escamas de oro y soñaba con juntarlas como bolitas y venderlas para irme a viajar.

Pero la fábrica de sueños que más quería era la del verano, cuando el pasto se secaba y yo me echaba en él y olía sus olores distintos y encantados. El viento pasaba por encima porque eran pastos altos, florecidos y maduros. Soltaban sus semillas y yo me iba con ellas para donde fueran. Unas caían cerca, en las fincas vecinas donde había niños campesinos con los que yo, vestido de general, organizaba ejércitos. Otras caían lejos. Unos a la casa de mi prima Tabita, que era para mí la mujer más linda del mundo después de mi tía Nana, la que cuando subía al Líbano a verme se acostaba en mi cama y yo le calentaba los pies, siempre “yertos”, como ella me decía que los tenía.

Yo soñaba, botaba mis sueños a volar. No me los fabricaban como los fabrica ahora la televisión o la internet, las aplicaciones y los juegos de maquinitas. Ninguna deja soñar, están hechas para hacerme soñar lo que quieren y lo que quieren es que yo me parezca a la gente rica, bien vestido, con carros lujosos, piscinas transparentes, playas doradas. ¡Qué triste, amor mío, es no poder fabricar mis sueños!

No me olvides. Anoche no quisiste hablar por teléfono conmigo porque tu mamá no quiso dejarte chatear con una amiga. Sentí que no me querías.»

                                          Alfredo Molano Bravo, Cartas a Antonia, , Aguilar, Bogotá, 2020, págs.31-33 (Las negritas son mías).

Lugares y momentos de soledad –de silencio y de niebla–, el pitido lejano del tren que me llevaba a imaginar lugares y aventuras remotas o imposibles; lugares propios y escondidos en los que sentía el caer de la tarde y la llamada para la cena; una cueva, una oquedad, un túnel en los que la oscuridad y el misterio me erizaban la piel al avanzar en ella enfrentándome al miedo; y, sobre todo, el verano: cálido, vacacional, interminable, juguetón, de bicicleta y lecturas, de aburrimiento creativo, a veces de mar o de montaña –pocas– casi siempre de ciudad, de parques, de tebeos y libros… Y, siempre, completamente mío, con los primeros presentimientos del misterio, de las primeras intuiciones de la sexualidad, de la belleza, de la vida… con la melancolía de su final lejano en el comienzo del otoño de fríos, de clases y colegio.

Es también mi infancia. Una infancia que lo fue porque la ausencia de tecnología me dejaba soñar mis propios sueños. Luego llegó la tele a casa de algún vecino. Finalmente a la mía. Y frente a ella, mis hermanos y yo empezamos a soñar en blanco y negro un rato cada día. Luego en color. Y así empezamos a entregar nuestro tiempo a las pantallas, a la publicidad y a los sueños de otros. No solo en los anuncios que incentivan el consumo, sino en los estereotipos, las emociones, las imágenes, las noticias, la intermediación acristalada de un mundo alejado del nuestro. Así dejamos un poco de vivir nuestra vida mirando pasivamente la ficción de las vidas otros.

En el texto  colombiano de  Molano hay algo más que la nostalgia de un tiempo pasado que pudo ser mejor. Hay una queja, un lamento y una preocupación no por su infancia perdida ya en el tiempo, sino por la posible pérdida de la infancia presente de una generación, la de su nieta, en la que lo analógico de la televisión y mucho más lo digital de internet, las redes sociales, las aplicaciones de chateo, los videojuegos, las series… han sustituido en gran medida al dedo y a su tacto, al olor, al sabor, a la mirada, al silencio, al descubrimiento, al asombro, al verdadero juego que solo es juego completo cuando es intensamente físico, asentado en los sentidos, basado en la presencia consciente de uno mismo en las cosas y en los otros.

Y hay también una alerta frente a la impostura de la falsa inevitabilidad de la tecnología. Se puede y se debe poner puertas al campo tecnológico no en su rechazo, sino en el diseño de un planteamiento educativo que salve el tiempo de la infancia imprescindible para crecer de un modo verdaderamente humano.

Usen la tecnología, no la consuman o serán consumidos por ella.

Referencias

Alfredo Molano Bravo, Cartas a Antonia