Magnífico artículo de Ignasi de Bofarull en Aleteia del que me apropio y os paso casi al completo con mis destacados en negrita:

«Se acerca el Metaverso de Zuckerberg, se acerca un nuevo mundo que, separado del mundo real, nos va a pasear, a través de un avatar, por un mundo digital en el que relacionarnos, comprar y no se sabe cuántas cosas más. […] realidad inmersiva, […] realidad aumentada, […] meta-realidad. Siempre más allá de la realidad de cada día. […] Es muy metafórico ver a esos nuevos usuarios con unas gafas tapadas, cegados ante la realidad cotidiana. […]

[…] Es un capítulo más de la búsqueda desaforada de beneficios donde nos engullen para meternos permanentemente en los grandes almacenes, aunque estemos en casa. Siempre volcados hacia el mercado (del barrio o global). […] Parece ser que la realidad de siempre no es tan monetizable, no se puede convertir tan fácilmente en beneficios. Ya lleva años el móvil inteligente (smartphone) pegándonos tirones para saltar desde su pantalla al gran bazar, al gran zoco planetario.  Ahora, el metaverso Zuckerberg se nos traga textualmente para convertirlo todo, también a nuestros amigos, en mercancía. […] 

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Creo que hay que resistirse inteligentemente a esta espiral del escamoteo de la realidad donde nos machacan cada día con nuevos estilos de diversión (o quizá de dispersión). Porque además la realidad puede ser muy divertida y barata. Sin embargo, a golpe de descarga de dopamina, nos convierten en autómatas y solo nos queda obedecer. Y encima les regalamos nuestra vida, información y perfil para estar más controlados.

 […] Títeres, marionetas movidas por hilos ajenos. ¿Seguro que es lo que nos interesa? ¿Eso educa a los menores o los deseduca? […] ¿Eso nos humaniza a menores y mayores o quizá nos animaliza a golpe de placeres, deseos, siempre aumentados? […]

¡Enamorémonos de la Realidad! […] Paladeemos la Realidad con calma, en cuatro dimensiones transitables, palpables, con nuestra propia carne: manos, pies, mirada, oídos. Reivindiquemos la mano que aprieta nuestro brazo, golpea suavemente nuestra espalda, para darnos ánimos. Paseemos por el bosque que nos ofrece una lluvia de nutrientes sanadores […]. O bañémonos en la playa. O escuchemos la Realidad desde el silencio, quietos, sí, muy quietos, contemplando un paisaje que si es urbano también vale. Desde el balcón de casa, saboreando los olores del barrio (los de la pastelería) o mirando el horizonte sin hacer nada. Bajemos a la calle y vayamos a la Plaza Mayor a ver a los amigos que siempre están en el casino a estas horas. Sin prisas, sin estrés, sin excesos de cortisol en la sangre. Y antes de llegar a la plaza compremos esa barra de pan crujiente. […]

[…] Reivindiquemos la realidad sutilísima de lo más pequeño, usual, sencillo. Mi sobrina con tanto mirar tantas realidades cosmopolitas, glamurosas, se está perdiendo lo mejor de la Realidad de sus amigos a los que ahora no ve. Y los teme pues ha perdido habilidades sociales. No sabe relacionarse con ellos. La envidia (pobre, tiene 15 años) la corroe: y se ve a sí misma gorda. Y se ve pequeña, patito feo, rodeada de esbeltas princesas retocadas (¡tan falsas!) en las fotos de las redes sociales. No me hablen de los campos de fútbol vacíos porque ya sé dónde están todos esos chicos y chicas: en el metaverso de los juegos on line. O apostando adictivamente el dinero que no tienen. O perdiendo su capacidad de amar y entregarse atrapados por la pornografía más irreal.

[…]

“Déjeles que se diviertan. Es usted un poco cenizo, cronista…”. Es que  […] no se divierten tanto como usted cree.  Y algunos sufren y muchos se llenan de ansiedad. O acaban adictos.

¡Enamórate de la Realidad! No le des tregua. Asalta la Realidad: que es inagotable en matices, en preguntas, en experiencias de verdad. Quizá la Realidad con mayúscula sea la verdad. La verdad que nos habla de tantos dones recibidos, de la inmensidad de regalos que descubrimos cada día. Algunos muy exigentes. Quizá, si seguimos el camino de esa Realidad-don encontremos la respuesta a preguntas muy serias. Está claro que si llevamos siempre puestas las gafas cegadoras de la realidad inmersiva nos vamos a perder lo mejor. De entrada, la paz de ir a otro ritmo. La alegría de andar en verdad. Probablemente sufriremos, pero quizá descubriremos por qué sufrimos. […] ¡Salgamos a la Realidad!, fuente de alegría y de sentido aun en el sufrimiento y en la fragilidad. Más aún: enamorémonos de la Realidad y sus exigencias pues es fácil que terminemos conociendo a Dios.»

Se puede decir más alto, pero no más claro.

Referencias

Si llega el Metaverso, ¡Enamórate de la realidad!, Ignasi de Bofarull en Aleteia