Encuentro un articulito de Carlos Herrera que tiene cierto interés medioambiental.
Nos cuenta en él que desde que existe el teléfono, pero exponencialmente más agudizado ahora por la extensión de los móviles, ha adquirido una importancia creciente una nueva relación educativa paterno-filial a distancia: la educación telefónica. «Piensen nos diceen la cantidad de horas que nos comunicamos con nuestros hijos a través del teléfono móvil y la poca importancia que les damos a esos contactos».

La mayoría de los chavales más del 70% de entre 12 y 13 años tiene móvil y a medida que aumenta su número, aumenta también y se fortalece el tiempo y la intensidad de las comunicaciones entre padres e hijos, introduciéndose en nuestros hábitos familiares sin darnos cuenta, como casi todos los cambios sociales propiciados por las tecnologías,   un nuevo modelo de comunicación que no sustituye, pero sí desplaza, a la tan mermada ya educación presencial.
Justificamos la compra del aparatito, con argumentos de tanto peso como el clásico y antieducativo Todos lo tieneno ese otro absolutamente falso de que De ese modo los tenemos localizados. Tranquilizamos con ambos nuestra conciencia, aunque, cada vez que colgamos el móvil, se nos quede un poco cara de tontos y un regusto amargo de que algo no estamos haciendo del todo bien en nuestra tarea educativa. Porque en el fondo sabemos que se trata de un sucedáneo de comunicación que se caracteriza por ser casi siempre necesariamente breve,  débil,  superficial y a menudo inoportuna  y algo forzada. «Si el mismo asunto de la llamada fuese tratado en una línea bidireccional, cara a cara, a través de la palabra, tendría efectos bien diferentes en acciones, sentimientos y actitudes», dice Herrera.

La comunicación fluida es esencial para una educación digna de ese nombre, pero no cualquier clase. La buena, la fetén, es el cara a cara. Ya saben: hay que estar. Lo hemos dicho muchas veces. Y no hay sucedáneos para eso, aunque sean de última generación, muy smart, táctiles y con GPS.