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«Descubrir el valor del silencio, de la contemplación (estar en el templo de uno mismo), de la meditación (estar en el medio, en el centro de uno mismo) es especialmente importante en un tiempo como el nuestro en el que se fomenta todo tipo de conexión con el exterior… Pero cuanta más conexión con el exterior, menos la hay con el interior, por tanto más desconocidos somos a nosotros mismos. Esto es un drama.»

«El silencio es el gran tema de nuestra sociedad contemporánea. Porque el problema número uno es el ruido. El ruido es un auténtico terrorismo. El silencio es la necesidad básica que tenemos los seres humanos. Mientras no aprendamos a escuchar –y eso es hacer silencio– difícilmente podremos entendernos, difícilmente podrá haber verdadero diálogo».

Informarse, comunicarse,  conectarse, hablar, hablar, hablar… Pero de qué. Y sobre todo, quién y con quién.  En el frenesí de la información, de la hiperconexión, de la plenitud del espacio-tiempo llenos, nos sumergimos en el ruido sin saber quiénes somos y con quién hablamos. Ni siquiera necesitamos saber de qué hablamos. No nos importa la calidad, sino la cantidad. Pero «no creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad». Por eso vivimos perfectamente conectados y completamente perdidos. Buscamos saciarnos de esa necesidad del otro a través de las sombras de los mini mensajes y el humo de los emoticonos. Queremos atrapar la presencia humana en simulacros de realidades virtuales. Nos descentramos huyendo del templo de nosotros mismos para perseguir nuestra caricatura en el ruido del aplauso de los demás. Es el problema número uno. Un drama.

Son palabras de Pablo D’Ors que ha escrito una Biografía del silencio, libro que sólo por su título ya se merece la curiosidad de ser leído.

«Estamos siempre conectados, interactivos, sin silencios, sin reflexividad, sin fermentaciones que mejoren el vino», nos dice igualmente, Pierangelo Sequeri, en un breve opúsculo que publica Herder con el título de “Contra los ídolos posmodernos”. O también: «La capacidad de hacer trabajar la palabra con el silencio es un arte que la actual saturación comunicativa oscurece y lleva al olvido».

En cualquier caso, uno de esos ídolos de la posmodernidad es la cacareada Comunicación. En esa comunicación posmoderna, «el medio controla la entrada y la salida del mensaje […], tiene un interés creciente en no dejarnos nunca solos».  «Hoy en día  se puede comunicar virtualmente, a nivel planetario, incluso sin saber nada. E incluso sin tener nada que decir.» Si fuese un simple instrumento que facilita, extiende y potencia nuestra comunicación, el medio estaría en nuestro poder. Pero su intermediación, que se presenta como medio, pero que en realidad es un fin, se ha convertido en un poderoso soberano de los contenidos, de la gramática, de la sintaxis y de los valores simbólicos de referencia, incorporando el valor de verdad (“lo ha dicho la televisión”  “Lo he visto en internet”).

Del mismo modo nos  obliga a una ética exhibicionista que confunde el hecho de desnudarse, con la verdad; la comprensión del misterio con la pura violación del secreto; y en la que cuanto más enseñas, menos hipócrita y más fiable eres: «Si no te expones a la comunicación, no tienes el valor de tus ideas o tienes algo que esconder […]  hay que comunicar siempre, como sea y donde sea […] si no eres comunicación prácticamente no eres nada … no adquieres prestigio, no resultas fiable (Y no vendes nada). […] La conexión y el contacto valen mucho más que la comunicación y la relación, justamente simulando su potenciación» a través de «la brevedad, la fragmentación, la frase hecha y el eslogan» en una comunicación en la que no existen hechos, existen sólo interpretaciones, las opiniones son información y las informaciones sustituyen a los hechos.

Sin embargo, «en la realidad humana existe también la dignidad de la discreción, del respeto al otro, de la protección del malentendido, de las condiciones necesarias para compartir lo que es importante, íntimo, profundo, complejy el dispositivo mediático debe ponerse al servicio de la verdad de las cosas y el respeto a las personas; una recomendación que «hoy más que nunca se revela como el primer movimiento decisivo de la lucha contra el ídolo».

¡Cuántas veces hemos oído a “expertos” y tertulianos poner en duda el poder de condicionamiento del medio televisivo considerando la tele un electrodoméstico más «el aspirador recoge la suciedad, la lavadora lava la ropa, la televisión difunde imágenes, y solo lo hace si la enciendes, es decir, si quieres». Sin embargo los medios de comunicación, (televisión, radio, internet, …) no son simples electrodomésticos. «Tienen que ver con el lenguaje y el lenguaje no sirve solamente para la comunicación humana: crea también lo humano. Así pues cualquiera que sea la forma que adopte, el lenguaje no es un vestido, ni un electrodoméstico: el secuestro del mundo mental y la extensión del autismo colectivo […] son la prueba de que la relación es mucho más profunda. Y el daño, mucho más grave

  Referencias

Pablo D’Ors, biografía wiki

Entrevista en RTVE, Últimas Preguntas

Entrevista en RTVE, Para Todos

Contra los ídolos posmodernos en Herder