
«Roja». «Facha». «Vendida». «Entregada al poder». «Puta». «Hija de la grandísima puta». «Cállate zorra». «No tienes ni puta idea de hacer entrevistas, en una esquina serías mucho más eficiente». «Cerda». «Deberían degollarte las tropas moras de Franco». «Solicito permiso para meterte en un campo de concentración en el ala de violadores inmigrantes». Son algunas de las lindezas que la periodista Ana Pastor ha tenido que leerse en Twitter –esa herramienta tan útil y tan divertida- desde que lo estrenó hace tres años, comprendiendo desde el principio que «la regla fundamental era que no había reglas».
Aceptas la herramienta, te enganchas, asumes las críticas y la falta de reglas «Pero un día trazas una línea. Ni siquiera es el día en el que te llaman «puta» porque has entrevistado a un político y le has apretado en algunas preguntas relacionadas con la corrupción. Ese día muestras tu amargura por la falta de argumentos y el exceso de machismo. Pero nada más. Semanas después te empiezan a llegar amenazas de muerte directas a las que no das importancia porque piensas que cualquier persona en Twitter desde el anonimato puede escribir ese tipo de cosas. Sin embargo, otro día un amigo te pide que pongas ahí la línea roja. Te pide que lo denuncies. La policía también te recomienda que lo hagas porque si te ocurre algo no habrá que lamentar que se podría haber evitado.»
Así que finalmente denuncia… «Y ahí se queda el tema. Te olvidas y sigues a lo tuyo. No eres la primera persona a la que le ocurre ni serás la última. Meses después te llega a casa una carta certificada donde te comunican que la justicia ha decidido que «puta» no es un insulto y que pedir que te corten el cuello no es una amenaza. Y no te queda otra que aceptar. Si se aceptara cada denuncia como esta colapsaríamos aún más los tribunales. Al fin y al cabo, es Twitter. Por la calle nadie te ha dicho nunca semejante cosa. Así que sigues a lo tuyo.
Y hace dos días escuchas al ministro del Interior decir que hay que investigar Twitter porque es un lugar donde se insulta y amenaza. Y lees que detienen a un joven por insultar e «incitar a la violencia en las redes sociales». Debe ser que el ministro se acaba de abrir una cuenta en la red. Y por eso no ha podido leer cosas anteriores contra Pilar Manjón, Irene Villa y mucha otra gente. Es posible. O debe ser que no todos somos iguales».
No tiene desperdicio. Al hilo de la «polémica» -como les gusta decir a los medios- la periodista pone el dedo en la llaga del asunto Twitter: ¿por qué ahora?
Desde el minuto uno, esta red social, como todas, es campo abierto para hacer lo que a cada uno le de la gana sin más reglas que la ausencia de reglas, pero a nadie le preocupa. Todo lo contrario: son -como con todas las redes, con internet, con todo lo que suena nuevo y tecnológico- todo elogios a la libertad, a la potencialidad democrática y participativa, asamblearia casi, a lo «diver» de los 140 caracteres, a los millones de seguidores, a los trending topics diarios por más absurdos y tópicos que sean… Hay que estar. Si no estás no eres nadie. Y a los «profesionales» se les hace la boca agua con la red, se emborrachan de actualidad enlatada en píldoras, obviándose su lado más oscuro: chorradas sin cuento, pérdida absoluta de tiempo y energía, mentiras, amenazas, calumnias, barbaridades, irrelevancia, inconsistencia, falta de contraste… Algunos dando la cara y otros con la capucha del anonimato y la pantalla interpuesta. Las Redesbasura.
No le das importancia: al fin y al cabo es sólo Twitter. Una vez más no es la realidad. Es la red. Lo que allí pasa no tiene importancia porque su carácter virtual, sin peso, sin densidad, sin papel, sin miradas, sin cuerpos, convierte la escritura en juego y la lectura en entretenimiento. Es sólo cristal líquido y teclado. No hay nadie ante quien responder porque la red es el vacío: el vacío legal, el vacío normativo, el vacío democrático, el vacío de realidad. La Red está fuera del Estado de Derecho. Y está, además, el tema de la sagrada e intocable libertad de expresión: para una vez que tenemos un modo de decir lo que nos de la gana fuera de la ley, es decir, repito, fuera de la democracia, ¿nos van a aguar la fiesta? Al fin y al cabo es Twitter, es la red, no es la realidad. En la calle, la de verdad, nadie haría lo que se permite hacer en las redes sociales protegido por la pantalla y la inanidad de la soledad cibernética.
Y así pasan los años. Cada uno a lo suyo y a celebrarlo con el ciberoptimismo de rigor. Hasta que un asesinato de verdad, de una política -porque asesinatos de verdad acompañados de coro cibernético ha habido desde el principio- desata la caja de Pandora. Y un partido de basquet contra Israel genera 17.000 twits bestionazis en el holocausto twittero. Y ahora nos damos cuenta de que existe ese otro Twitter, esa otra cara de la red no tan divertida y moderna. Y parece ser que hay que regular.
No soy legislador ni experto, pero como en casi todos los demás aspectos de la Red, me parece que no hay que regular nada. Lo que hay que hacer es aplicar el peso de la Ley independientemente del soporte que se utilice para vulnerarla. Lo que es delito en la calle debe serlo igualmente en la calle virtual, así de fácil. La democracia – es decir, la Ley- debe imperar en las relaciones humanas independientemente de dónde y cómo se den. Y lo mismo me vale para la calumnia, para la amenaza o para la piratería. ¿Por qué es delito robar un disco, un libro o un DVD en una tienda y no lo es hacerlo en la nube etérea y virtual? Lo ignoro. ¿Que tiene ciertas complicaciones técnicas? Pónganse a resolverlas con más técnica: al fin y al cabo, sólo es tecnología. ¿Que los servidores del pirateo, los buscadores, las redes, eluden la ley con su ubicuidad internacional? Pónganse de acuerdo los legisladores entre naciones.
¿Qué es eso de que no se pueden poner puertas al campo? ¡Ya lo creo que se puede! Y además, y sobre todo, se debe. Si no, nunca seremos todos iguales.
Referencias:



Estoy en todo de acuerdo con tu forma de entender el asunto. No hay nada que regular especialmente: lo que sea un delito de amenazas, calumnias, o de cualquier tipo fuera de las redes que lo sea también dentro. Solo es preciso tomárselo en serio. Cumplir la ley. Es verdad: donde no hay ley o no se cumple la que hay no hay Estado, ni democrático ni feudal, no lo hay. No sé por qué Twitter, como se cita, es tan necesario para los profesionales hoy en día (porque eso de que si no «no estás» no parece razón de índole laboral) pero debe ser una penica vivir «adornado» impunemente por los demás como les venga en gana y «tener» que tragar, por ejemplo, que «puta, zorra, hija de puta» no son insultos. Para mí lo son. Parece ser, eso colijo de la carta recibida por Ana Pastor, que de serlo sí debieran haber sido perseguidos. No entiendo nada. Más que «redesbasura» veo yo mucha basura en las redes… y fuera de ellas.
José Luis
Aunque parezca increíble, así son las cosas: las redes sociales son todavía un ente no perseguible principalmente porque se sigue sintiendo como irreal. Pero esto, si la sociedad funciona, dejará de ser así. Se tiene que convertir en normal lo que a nivel de calle es normal, eso es todo. Es decir, se tiene que normalizar lo que todavía hoy es demasiado nuevo a pesar de todo.
Le he visto, luego, más enjundia comentarista al artículo de la periodista, así que me lanzo. A los 63 años uno está ya más maliciado y ve lo que tal vez no hay pero puede que haya: ¿Y si Ana Pastor hubiera dado a su caso -porque en él justifica su artículo- un tratamiento claramente ideologizado? No digo que el suceso que ha sufrido no sea sumamente grave, pero digo que lo es «siempre y para cualquiera, lo cometa quien lo cometa». Y esto es lo que no acabo de ver que diga nítidamente la periodista. Para ilustrar ésta «su causa» elige poner en primer lugar el insulto «roja» (que obviamente sólo puede proferir alguien que no es «rojo» sino «azul») y elige para cerrar uno extrañísimo -¿quién y a quién debe solicitarse permiso para lo que se dice?- que menta a violadores inmigrantes. En el entretanto nos «comunica» que le han llamado de todo: zorra, hija puta, cerda, entregada; se le indica que laboree por las esquinas -para aumentar su eficiencia ¿?- y, éste sí que está especialmente bien seleccionado, se le ha dicho que debería haber sido degollada por las tropas moras de Franco. Es decir: las gentes que la han insultado y amenazado son esas gentes que «son» azules, machistas, soeces, misóginas, asesinas, violadoras y xenófobas. Sabido es que éstos «valores» no son, ni en España ni en el orbe, los de las gentes de izquierdas sino los de las de derechas. Sabido es por los medios, claro, que conforman la nueva clase de saber, la superior: el «saber mediático». Los otros saberes, los clásicos, parecen poco interesantes o claramente inútiles para la vida moderna.
Pensaba si acaso no había retorcido yo demasiado la mirada para apreciar en el escrito de la periodista las filias y fobias arriba citadas, pero he concluído que no, que voy ecuánime porque he encontrado en el mismo mi prueba del algodón: Si lo que denuncia Ana Pastor es grave para ella y para cualquier ciudadano -y lo es-, lo lógico ante el anuncio de que se va a investigar el uso delictivo -en orden a lo que interesa- de las redes sería expresar, cuando menos, acuerdo, aprobación o cosa equivalente. Pero NO. Como la toma de medidas se ha producido AHORA (AHORA es: Isabel Carrasco asesinada y Jorge Fernández Díaz anunciando medidas), concluye Ana Pastor que se han tomado porque: o el ministro del Interior acaba de abrirse una cuenta en Twitter o porque no todos somos iguales. Es decir: resalta lo verdaderamente importante para ella. Mediáticamente, «no todos» es igual a «hay dos partes». Una es sólo guay, la otra es sólo caca. Ecuación despejada. Así lo entiende mejor la sociedad (ésa que debiera -porque «se lo merece»- estar siempre gobernada por los sólo guays). Ocasión perdida.
José Luis
—
Incuestionable y brillante análisis, amigo. Es evidente, en efecto, lo políticamente correcto de la construcción del artículo. En realidad no pone en evidencia la impunidad de la red, sino la intervención del ministro.
Sin embargo, en mi publicación he obviado este hecho. No tanto por ser yo también políticamente correcto, sino por aprovechar lo que en él había retrato de la realidad de la red social, «legitimado» -eso sí, lo confieso- por una perspectiva de izquierda a la moda.
¡Tú qué vas a ser políticamente correcto! Si he aprendido de ti a «lanzarme» en estos pagos. Lo has dicho con exactitud: «… no pone en vivencia la impunidad de la red, sino la intervención del ministro».
José Luis