Susana me envía un interesante artículo de Daniel Innerarity en El País en el que analiza hasta qué punto existe la tan cacareada democracia digital o se ha quedado sólo en una burbuja que explotará más tarde o más temprano como lo han hecho una tras otra casi todas las denominadas con ese prestigioso y comercial apellido.

Me encanta, en primer lugar el título: «desenredar»… No dice «desmitificar», «desinflar», «desenmascarar»… Utiliza un verbo muy expresivo y a la vez muy neutral que expresa que  el tema de la red está muy enredado en ilusiones, en prospectivas, en intereses… y que es importante desenredarlo para poder empezar a pensar sobre él con ecuanimidad.

«¿Ha aumentado Internet la esfera pública? ¿Hasta qué punto ha hecho posible nuevas formas de participación?» se pregunta en la entradilla. Después de años ilusionando con nuevas formas de frescura democrática parece que la Red no acaba de estar a la altura.

Del mismo modo que toda nueva tecnología genera suspicacias, también genera ilusiones «Marx creyó que el ferrocarril disolvería el sistema de castas en la India; el telégrafo fue anunciado como el final definitivo de los prejuicios y las hostilidades entre las naciones; algunos celebraron el avión como un medio de transporte que suprimiría, además de las distancias, también las guerras; sueños similares acompañaron al nacimiento de la radio o la televisión». Así, es lógico, dice, que una tecnología tan potente para facilitar libremente el acceso a la información de los individuos genere expectativas y entusiasmos de ciberutopismo «esa ingenua creencia en la naturaleza inexorablemente emancipadora de la comunicación on line» obviando sus límites y sus riesgos. Sin embargo, nos advierte, «cualquier innovación técnica se lleva a cabo en un contexto social y tiene unos efectos sociales que varían en función del contexto en que se despliegan». Es decir una misma tecnología no produce los mismos resultados en contextos políticos y/o sociales distintos.

Se dice también que Internet es por naturaleza contraria a la concentración de poder al prescindir del esquema del emisor único y al hacer desaparecer la intermediación. Pero a juicio del autor «los gatekeepers (que filtran en los canales la información y condicionan nuestras decisiones) siguen formando parte de nuestro paisaje social y político. Hay quien sostiene, incluso, que la concentración de la audiencia es mayor en la red que en los medios tradicionales, […] Internet no elimina las relaciones de poder sino que las transforma» Sus limitaciones provienen de su propia naturaleza: «la topología link que regula el tráfico de la Red hace de Internet algo menos abierto de lo que se espera o teme. Existe una jerarquía estructural debida a los hyperlinks, una jerarquía económica de las grandes corporaciones como Google o Microsoft y una jerarquía social porque un cierto tipo de profesionales están sobrerrepresentados en la opinión on line».

Tal y como hemos afirmado aquí muchas veces, Innerarity afirma que el uso realmente libre y eficaz de la red está en manos de minorías capaces; que los usos de búsqueda y de exploración condicionan nuestros hábitos y son, en cierto modo, la «expresión de una ideología» cuyo valor supremo es la libertad de expresión a la que todo queda peligrosamente supeditado y es por eso que es «difícilmente asumible en otras culturas, pero también en países democráticos que, como Francia y Alemania, tratan de impedir el acceso, por ejemplo, a páginas antisemitas».

Por otro lado, no es lo mismo derribar que construir, como han evidenciado las revueltas árabes, y, hoy por hoy, parece que la Red sirve más para derribar que para construir; para construir un candidato atractivo que para hacer un buen presidente; para ganar unas elecciones que para gobernar; para comunicar bien y no tanto para tomar buenas decisiones.

Incluso el hecho de que la Red debilite el poder de las instituciones es un riesgo ya que «el buen funcionamiento de las instituciones es fundamental para la preservación de las libertades. Esta es la razón de que Internet pueda facilitar la destrucción de regímenes autoritarios pero no sea tan eficaz a la hora de consolidar la democracia. El acceso a los instrumentos de democratización no equivale a la democratización de una sociedad».

Por último, destaca que precisamente la facilidad y la confianza que constituyen la fuerza de Internet son también su talón de Aquiles: el usuario  se instala en esa facilidad de modo casi adictivo y permanece en ella confiadamente desprotegido ya que la facilidad vírica de contagio de valores, informaciones e ideas es también la que trae consigo la difusión de contravalores, errores e ideologías.

Y aún queda mucho por desenredar en el ovillo confuso de la Red.