Me manda Pedro un artículo de Antonio Papell, en el que cita a una periodista que sintetiza la última película de Santiago Segura con estas palabras: «el protagonista encarna a un policía guarro […] machista, misógino, grosero, pedorro, mentiroso, soez, racista, facha y putero». Todo un elenco de adjetivos que, desde mi punto de vista, pueden aplicarse a la película que protagoniza y, por extensión, al subproducto cinematográfico al que pertenece: el cinebasura.
Pero, ante ese género de cine, como ante su homólogo televisivo, los articulistas como Papell se ponen enseguida de perfil diciendo que la crítica a este tipo de productos audiovisuales está llena de tópicos impertinentes y que Segura ha hecho muy bien en darle al público lo que quiere para conseguir lo que quiere él, éxito (y dinero), ya que, por lo visto, como autor que es, está legitimado para hacer cualquier cosa con tal de conseguirlos.

Igualmente, hace unos días, la camarilla de Carlos Herrera en la radio, celebraba el estreno de la película con risueña benevolencia ante la simpatía y el talento (sic) del director de la saga torrentera oponiendo a su buen humor y actitud abierta  la de los que Lorenzo Silva suele llamar «cejas altas», una especie de aguafiestas remedo de intelectual severo y adusto, entre burgués biempensante y censor de la inquisición que en vez de reírse como todos, se indigna y escandaliza.

Porque además, acaban diciendo todos, es que le gusta a la gente, tiene éxito, es un fenómeno social…, como si, una vez más, el éxito masivo y las cifras de audiencia fueran una sanción democrática de la calidad.

Sin embargo, muy al contrario, no se dan cuenta estos perfilianos que el problema no es que existan este tipo de productos televisivos, sino precisamente el hecho de que tengan éxito. Si fueran sólo un residuo cultural para minorías frikis o diletantes que gustan de las escapadas a la subcultura en pequeños locales sórdidos y escondidos, no habría problema ninguno: para gustos, colores. El problema es cuando ese plato se vende en las grandes superficies de los medios de comunicación y la mugre de las imágenes, la bazofia del lenguaje y la inmundicia de las situaciones se convierten en un producto-basura de consumo masivo que inunda de residuos y zafiedad a gran parte del cuerpo social.

Papell dice que Santiago Segura no tiene la culpa (supongo que tampoco  el productor que ha puesto una pasta, ni el dineral invertido en las campañas de promoción, ni la publicidad gratuita de las entrevistas, ni la jocosa y amable reverencia de los presentadores mediáticos…). Que la culpa es del fracaso del sistema educativo obligatorio que no parece educar y que produce masas que satisfacen su paladar con esta bazofia.

Olvida el amigo Papell, que más que nunca quien educa es toda la tribu ―Marina dixit­― y que hoy el sistema que menos educa, efectivamente, es el formal. No sólo porque lo hace mal, que lo hace, sino también porque ha dejado de ser hace tiempo el referente educativo central de nuestro país, siendo sustituido junto a las familias, por los medios de comunicación y eso que se ha dado en llamar las nuevas tecnologías, que no son ni meros intermediarios los unos, ni instrumentos neutrales las otras, sino auténticos creadores de realidad intensa, cotidiana y apabullantemente  educativa.

En cuanto a Segura y su “Torrentera”, el humor de «teta y pedorreta» ―así lo llamaba Álvaro de la Iglesia―, aun dejando un regusto amargo en quien lo recibe, funciona siempre. Pero detrás de él no hay talento alguno, sino escatología: culo, caca, pedo, pis.