
Pero, ante ese género de cine, como ante su homólogo televisivo, los articulistas como Papell se ponen enseguida de perfil diciendo que la crítica a este tipo de productos audiovisuales está llena de tópicos impertinentes y que Segura ha hecho muy bien en darle al público lo que quiere para conseguir lo que quiere él, éxito (y dinero), ya que, por lo visto, como autor que es, está legitimado para hacer cualquier cosa con tal de conseguirlos.
Igualmente, hace unos días, la camarilla de Carlos Herrera en la radio, celebraba el estreno de la película con risueña benevolencia ante la simpatía y el talento (sic) del director de la saga torrentera oponiendo a su buen humor y actitud abierta la de los que Lorenzo Silva suele llamar «cejas altas», una especie de aguafiestas remedo de intelectual severo y adusto, entre burgués biempensante y censor de la inquisición que en vez de reírse como todos, se indigna y escandaliza.
Porque además, acaban diciendo todos, es que le gusta a la gente, tiene éxito, es un fenómeno social…, como si, una vez más, el éxito masivo y las cifras de audiencia fueran una sanción democrática de la calidad.
Sin embargo, muy al contrario, no se dan cuenta estos perfilianos que el problema no es que existan este tipo de productos televisivos, sino precisamente el hecho de que tengan éxito. Si fueran sólo un residuo cultural para minorías frikis o diletantes que gustan de las escapadas a la subcultura en pequeños locales sórdidos y escondidos, no habría problema ninguno: para gustos, colores. El problema es cuando ese plato se vende en las grandes superficies de los medios de comunicación y la mugre de las imágenes, la bazofia del lenguaje y la inmundicia de las situaciones se convierten en un producto-basura de consumo masivo que inunda de residuos y zafiedad a gran parte del cuerpo social.
Papell dice que Santiago Segura no tiene la culpa (supongo que tampoco el productor que ha puesto una pasta, ni el dineral invertido en las campañas de promoción, ni la publicidad gratuita de las entrevistas, ni la jocosa y amable reverencia de los presentadores mediáticos…). Que la culpa es del fracaso del sistema educativo obligatorio que no parece educar y que produce masas que satisfacen su paladar con esta bazofia.
Olvida el amigo Papell, que más que nunca quien educa es toda la tribu ―Marina dixit― y que hoy el sistema que menos educa, efectivamente, es el formal. No sólo porque lo hace mal, que lo hace, sino también porque ha dejado de ser hace tiempo el referente educativo central de nuestro país, siendo sustituido junto a las familias, por los medios de comunicación y eso que se ha dado en llamar las nuevas tecnologías, que no son ni meros intermediarios los unos, ni instrumentos neutrales las otras, sino auténticos creadores de realidad intensa, cotidiana y apabullantemente educativa.
En cuanto a Segura y su “Torrentera”, el humor de «teta y pedorreta» ―así lo llamaba Álvaro de la Iglesia―, aun dejando un regusto amargo en quien lo recibe, funciona siempre. Pero detrás de él no hay talento alguno, sino escatología: culo, caca, pedo, pis.



«Sólo lo semejante puede conocer lo semejante» (Averroes, pero hablando de inteligencia)
Hoy todo me parece acertado. La descripción crítica de Lucía, el argumentario de Papell en su artículo y, sobre todo, la crítica de Pepe a los argumentos de Papell dándonos muchos matices que vienen a completar la explicación del fenómeno.
Personalmente, no creo que en el fondo de sus seres mismos a las personas les guste ni la estética ni los contenidos (¿?) de productos como la película de que se trata. Para mí, la explicación es que esos fondos están vacíos (y vaciados) de toda vida superior. De las torrenteras se podrá salir divertido, se podrá haber matado dos horas de tiempo que no sabíamos que hacer con él y sembrado el empleo de otro (indeterminado) que se dedicará a «compartir» con los demás comentarios sobre «la peli», pero es imposible de toda imposibilidad salir de la película de marras habiendo experimentado suerte alguna de FELICIDAD.
Creo que tiene que ver con la ausencia total de lo que ahora se llama «referentes» y en mis tiempos se llamaba ejemplaridad. YA NO HAY EJEMPLOS A SEGUIR. Los han matado bien muertos unos, y nos los hemos dejado matar otros.
No sé si la cita de Averroes que traes, Lucía, explica el fenómeno Torrente. Yo creo que todos tenemos algo de Torrente, de telebasura, de morbo y de circo romano… porque forma parte real de nuestra naturaleza. Por eso lo preocupante no es que existan esos productos, sino que se conviertan en un producto de consumo masivo. Creíamos que la civilización y la cultura habían superado al circo y hemos vuelto al circo.
Y, como dice José Luis, una cosa es divertirse y otra disfrutar. Sobre esa distinción también hemos escrito aquí a menudo.
No creo que el circo haya estado fuera de una cultura como la española, donde el cotilleo y la envidia, las comparaciones, el qué dirán y el provincianismo han hecho de nuestra historia un cuadro costumbrista.
Ahora, lo que hay, son entradas gratis y abundantes, en la tele y en el cine, para ver representado el drama de nuestra parte más zafia.
Puestos a elegir, con lo que más me distancio, es con esa costumbre tan incrustada de autoafirmarse a costa de rebajar la valía de los demás.
Hablar mal de la vida de la vecina, difamar a personajes públicos, vibrar con Belén Esteban o seguir la pista de Gran Hermano; son distintas formas de circo que mantienen el espíritu a ras de suelo.
Efectivamente, Anónima, no hay nada nuevo… salvo el salto mediático que hace nuevo a todo lo demás por su efecto multiplicador y por ser creador de realidades y no sólo reflejo de ellas.