
Probablemente las únicas cartas que hoy se siguen escribiendo, aunque ya no se envíen al buzón, sino a un correo electrónico, son las que se dirigen a los medios con la esperanza de ser seleccionadas y publicadas. A mí me gustan mucho las secciones de las Cartas al Director de los periódicos y revistas y los suelo leer con interés fijándome bien en el nombre, apellidos y localidad de cada firmante para saborear su carácter personal. Tal y como están las cosas, cada una, independientemente de la calidad de su texto o de hasta qué punto se esté de acuerdo o no con lo que dice, me parece obra de pequeños héroes cotidianos. Cada una tiene un valor social y es muestra de que sigue habiendo gente despierta en una sociedad aletargada y dormida. Cada carta es un gesto, una acción, un esfuerzo a contracorriente; un movimiento de levantarse del sofá, apagar la tele y encender el ordenador para ‘visitarlo’ dejando una huella en vez de ‘residir’ y deambular pasivamente por él; una toma de postura crítica frente al pensamiento único; un momento de reflexión; y una muestra de fe en la capacidad del ser humano y de su lenguaje, la palabra, para cambiar el mundo. ¡Casi nada!
Pero en estas secciones no sólo están las personas que escriben, está también la persona que lee y selecciona lo que finalmente vamos a leer los demás. Una persona que es la que dota con su filtro de una personalidad determinada a la sección entera.
Lorenzo Silva es quien hace esa tarea cada semana –desde hace seiscientas– en la sección correspondiente del XLSemanal. Más de diez años en esa labor en la que -ya lo hemos contado en otra ocasión- ha demostrado una gran sensibilidad frente al tema tecnológico en su relación con los usuarios y en la conformación de la sociedad. Menudean en su selección cartas de lectores de toda la geografía española en las que se ponen en solfa recurrentemente los presupuestos de la utopía ciberoptimista. Aquí hemos publicado varias muestras intentando amplificar su mensaje. Aprovechamos dos de las que publica hace algunas semanas para felicitarle por su trabajo, por ese número redondo de seiscientas semanas y por esa década larga de un compromiso de selección sensible cuyo centro siempre lo constituye la preocupación por las personas.
Juan Manuel Chica Cruz, de Jaén, critica Facebook como un sucedáneo de comunicación:
«Una década de Facebook. Más de 1100 millones de usuarios en todo el mundo. Al cristianismo le ha costado dos mil años llegar a una cifra similiar. Y sospecho que muchos de sus fieles no revisan sus preceptos ni tan a diario ni tan fielmente como los de Facebook actualizan sus perfiles. Los grandes descubrimientos, hasta ahora, tardaban en propagarse, pero repercutían de manera tangible. […] Pero Facebook se parece más bien a las bombillas lucen muy intensamente justo antes de fundirse. Invenciones tan grandes como vacías que, en apariencia, conectan personas cuando la realidad es que solo interconectan IP’s, datos y metadatos de máquinas. … envueltos en un señuelo de comunicación, calor y amistad virtual. Pero eso a nuestro cerebro parece bastarle. No importa que cada vez haya más incomunicación, más soledad y más dificultad para un diálogo verdadero[…].»
Y José Gabriel Ruiz Soler, desde Chiva en Valencia, critica en la suya la visión superficial y, por tanto, falsa que a veces da la prensa en aquellos reportajes –que yo siempre leo con escepticismo– en los que se presenta a jóvenes adolescentes tecnológicos como genios que con cuatro rudimentos y la ayuda de un ordenador, son capaces de hacer más que los profesionales formados durante años en una caricatura de ciencia académica sin imaginación ni creatividad. Los adolescentes de aquel artículo eran varios y todos destacaban en algún campo de la ciencia aplicada. Nuestro lector, que es médico, oncólogo e investigador, pone los puntos sobre las íes en el caso del supuesto descubrimiento médico de uno de los genios adolescentes. Estoy convencido de que lo mismo se podría hacer con el resto desde cualquier otro campo científico. «Artículos como este –dice– trivializan el trabajo de investigación cuando dan a entender que un adolescente con una búsqueda en Google ‘descubre’ una forma de detectar un cáncer. Casi es una burla para los miles de investigadores que día a día se esfuerzan en un trabajo continuo, minucioso y silencioso para ir avanzando en el conocimiento». Y contribuyen, además, diría yo, a propagar y profundizar en la idea de que la tecnología, una vez más, introducida en las aulas es una poción mágica que va a sustituir a la inteligencia, a la constancia y al esfuerzo personal.
Gracias lectores y gracias D. Lorenzo.
Referencias



En efecto, las cartas son todavía una vía útil para romper nuestro personal silencio de los corderos y sacudirnos le modorra existencial que un remoto día comenzamos a inocular sin casi apercibirnos y aparentemente encantados con el «colocón» advenido. Lo expresa muy bien Juan Manuel Chica Cruz en su crítica de Facebook cuando dice que «…eso a nuestro cerebro parece bastarle» refiriéndose al señuelo de vida real que es la vida virtual. Su comentario ha conectado mi memoria con un borroso sintagma que, al parecer, seguía en ella almacenado: «La doctrina del shock». Aunque con otra finalidad, Naomi Klein, autora del libro «The Shock Doctrine», dictó en la Loyola University (Chicago, 2009) una conferencia que abrió con estas palabras: «Un estado de shock no es algo que se produce únicamente cuando nos pasa algo malo, sino también cuando perdemos nuestra narrativa o nuestra historia, cuando nos desorientamos. Lo que nos mantiene orientados, alerta y a salvo del shock es nuestra historia. Una época de crisis como la que estamos viviendo es ideal para pensar en la historia, en la continuidad, en las raíces. Es un buen momento para situarnos en la historia de la lucha humana». Y ¿por qué no? en la historia de la lucha humana personal, añado. Si en el post anterior, McLuhan nos permitía entender mejor la razón de nuestro «descontrolado» consumo de medios y pantallas por ser «extensiones sensoriales de nuestros sentidos físicos», incontrolables de suyo, el término «shock» (choque) me parece acertadisimo para describir nuestra estado actual y tiene, además, de la mano de la Psiquiatría, el prestigio necesario y suficiente para movernos a desear nuestra sanación: el resuelto deseo de no vivir «choqueados». Sin duda, el capitalismo operante y las estrategias consumista y publicitaria manejan doctrinas similares o idénticas. Para ayudarnos a mitigarlas -¿por qué no a vencerlas?- servirán bien las palabras con las que Naomi Klein cierra su conferencia: «La doctrina del shock, como estrategia, sólo funciona si no sabemos que existe».
José Luis-
Lo malo es que precisamente el mundo virtual creado por los aparatitos tecnológicos acabará siendo preferido por los usuarios al mundo real (acabaremos odiando el roce del aire y preferiremos la ingravidez de la burbuja) y en ese mundo virtual no hay pasado, solo presente acumulado en una memoria gigantesca de bytes en la nube.