Todavía recordando a Delibes, un hombre del libro, le dedicamos esta espléndida caricatura del estupor ante el cambio tecnológico.
Lo cierto es que el libro que sustituyó al rollo de pergamino, a la piedra o a las tablillas de cera y, sobre todo, a la palabra oral, no levantó grandes suspicacias. La escritura fue durante milenios propiedad de una minoría dirigente. Fue la imprenta lo que, multiplicando la posibilidad de ejemplares, preocupó muchísimo a esa casta dueña de la palabra escrita que veía en la generalización del libro una desacralización del saber y no una extensión del conocimiento, tal y como hoy les sucede a muchos con la extensión exponencial de la información que ha supuesto la red y el acercamiento de esta información a masas ingentes de personas para las que antes era inaccesible.
Yo creo que esa generalización y ese acceso son, como lo fue la imprenta, muy positivos. Sin embargo, como siempre con la introducción de una nueva tecnología, la generalización de la escritura que produjo la imprenta, tuvo también efectos más sutiles y complejos que a mí me interesan mucho más.
En el caso del libro, la desaparición de la cultura oral se llevó por delante un montón de irracionalidad, esoterismo y magia que no tenían cabida ni sentido en el papel. El pergamino y luego el papel, es decir, la escritura, hicieron de filtro ante esos recursos de ignorancia que eran consustanciales a la cultura oral. Sin embargo, también se quedaron en ese filtro, una gran cantidad de recursos orales tremendamente expresivos y fecundos que el nuevo soporte no podía soportar.
Y es que la imprenta, como la red o como cualquier nuevo modo de recibir información, no son inocentes receptáculos técnicos que cobijan el saber, sino una forma nueva que modifica el saber a su propia imagen.»Son -como dice Alessandro Baricco con sentido del humor-un embudo por donde pasan los líquidos y, adiós muy buenas, yo qué sé, a una pelota de tenis, a un melocotón o a un sombrero».
Sería interesante y utilísimo estudiar y conocer qué melocotones, pelotas y sombreros se quedan fuera de la red por culpa de las características propias de esta nueva tecnología.
En definitiva, toda introducción de una nueva técnica supone un sacrificio. Es imprescindible y prudente saber qué estamos sacrificando ahora, no para volverle la espalda a lo inevitable, sino por la prudente consideración de que, a lo mejor, ¿quién sabe?, estamos a tiempo de salvarlo.
Usen las pantallas, no las consuman, o serán consumidos por ellas.