Sé que va escocer la sensibilidad de más de uno este post dedicado a una «figura indiscutible» y por tanto indiscutida del medioambiente simbólico. Pero el recordar el Hombre y la Tierra—y el comentario de José Luis al post del viernes—me ha hecho también recordar a su creador con el que tengo una cuenta pendiente desde que empecé a disfrutar de sus documentales hace muchos años.
 
Y es que el amigo Félix supuso para toda una generación de telespectadores —entre la que me encuentro— una referencia medioambiental en los dos sentidos en los que empleamos aquí el término, y es un buen ejemplo de cómo las pantallas y los que las hacen constituyen no sólo espectáculo, sino una educación no formal de enorme repercusión y profundidad.
 
Félix,  fue -nunca mejor dicho- un auténtico animal mediático. Su figura personal, su estilo, su lenguaje, tanto verbal como visual, su naturalidad frente al objetivo,… tenían una fuerte contundencia formal y una gran pegada telegénica tan animal como la de la familia de lobos que nos mostró en pantalla. El momento de expansión familiar de la televisión que le tocó vivir, su estilo inconfundible, la perfecta adecuación al medio de su fuerte personalidad, la calidad de sus equipos de rodaje, la estupenda guionización de sus textos, sus vigorosos montajes narrativos, el dramatismo que impregnaba la descripción de la naturaleza,… hicieron de sus series uno de los pocos productos audiovisuales divulgativos que escaparon a las selectas minorías de la 2 para plantar sus reales en el prime time de la 1 de TVE con audiencias imposibles que nunca se volverán a repetir en la dispersa televisión digital salvo que juegue  la Roja.  Incluso su trágico fin con las botas puestas, el día de su cumpleaños, casi frente a las cámaras… colaboró a elevarlo finalmente a la categoría de mito. Aunque un mito muy humano, porque, al revés de lo que suele ocurrir con otras estrellas del medio, tampoco su condición de famoso lo convirtió en un juguete del famoseo, en un mercachifle de su personaje —quizá porque persona y personaje en esta ocasión eran prácticamente lo mismo— y eso aumentó el respeto y el cariño de la audiencia. De hecho, la fama de Rodríguez de la Fuente fue mucho más que el mero convertirse en una marca como la que hemos descrito al hablar de Punset, por ejemplo. Aunque se movió también en el terreno de la divulgación la suya no era una suplantación científica como hemos calificado aquí la del catalán, sino la cálida e intensa transmisión del atractivo y la belleza de una naturaleza a la que amaba. 
 
Hasta aquí nada que objetar. Sin embargo, hemos hablado de repercusión y profundidad. Y es de este segundo aspecto de donde nace mi reflexión crítica.
 
Y es que si es cierto que ningún otro programa de TV ni ninguna otra persona hicieron tanto para cambiar la mentalidad de un pueblo en el tema concreto de la ecología, del respeto por el medio natural, por la diversidad y riqueza de nuestra fauna, también lo es, sin embargo, que nada ni nadie introdujo con la fuerza y la penetración con que él lo consiguió la errónea humanización del mundo animal. Él y las características necesariamente espectaculares del medio televisivo que hizo de sus guiones auténticos escenarios dramáticos en los que los animales, amaban, odiaban, se querían, se relacionaban como si fueran personas… sin serlo. Sus lobos eran más personajes de Kipling que fieras salvajes auténticas —con la diferencia de que en Kipling no se hace divulgación científica, sino literatura—.
 
Y ese antropomorfismo de la naturaleza penetró también por todos los poros ideológicos de la sociedad española hasta hacer de los animales esos seres morales que en palabras de generaciones y generaciones de mis alumnos «son más buenos que las personas».
 
Pero la realidad es muy distinta: los animales son lo que son y no pueden ser de otra manera. La naturaleza tiene la heladora y rígida monotonía de la falta de libertad y la terrible y violenta existencia marcada por el instinto y la ley del más fuerte. Es el hombre libre el que lucha en el drama ardiente y hermoso de la civilización lleno de aciertos y errores, de fortalezas y de fragilidades. Incluso es él el que mirando la naturaleza la trasciende, la transforma, la destruye, la enriquece o la humaniza porque sigue siendo, a pesar de todo, el hombre, el verdadero rey. Para lo bueno y para lo malo y pesar de cómo nos la contara el Amigo Félix.