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Hace diez años, las advertencias de los que estábamos preocupados por la vigilancia de las grandes corporaciones tecnológicas y los gobiernos a través de la recogida de datos, eran recibidas con escepticismo por los usuarios que ingenuamente se decían: “¿Qué más da que me vigilen y que sepan lo que hago si yo no he hecho nada malo?” Tenían parte de razón: no es el usuario individual lo que aquí importa para entender lo que está pasando, sino el usuario colectivo, es decir, todos y cada uno de nosotros.

Pocos años más tarde, las predicciones y advertencias han quedado empequeñecidas por la realidad tal y como recogen tres referencias recogidas en el diario El País en días distintos y con distintas firmas y tonalidades.

Javier Salas, nos habla brevemente de los manipuladores de la psicología de masas que desde hace décadas crean y refinan la tecnología haciendo miles de pruebas  a escala planetaria con los usuarios de Facebook, Google o YouTube que voluntariamente trabajamos para ellos dejando nuestra huella digital en todas nuestros clics en la red.

 «Las ­personas que crean y refinan tecnología, juegos y experiencias interactivas son muy buenos en lo que hacen», nos dice citando a  Adam Alter, autor de Irresistible: ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos? (Paidós). «­Ejecutan miles de pruebas con millones de usuarios para aprender qué ajustes funcionan y cuáles no, qué colores de fondo, fuentes y tonos de audio maximizan la interacción y minimizan la frustración. A medida que una experiencia evoluciona, se convierte en una versión irresistible y armada de la experiencia que alguna vez fue. En 2004 Facebook era divertido; en 2016 es adictivo».

Mientras, Harari, el autor de Sapiens, en otro artículo del mismo periódico, insiste en la misma idea: «Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías».

Remedando a Huxley, Harari nos advierte de que el riesgo para la libertad hoy no está tanto en los regímenes autoritarios y su drama como en el entretenimiento y la diversión desarrollado de manera incontrolada por la tecnología. Preparada para defenderse desde fuera, la democracia tiene «escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.»Luego, acorde con su visión materialista del mundo,  califica el libre albedrío de   mito inventado por el cristianismo, por lo que no nos diferenciamos en nada del resto de los animales salvo en el tamaño de nuestro cerebro. Dependientes de la bioquímica y la neurología, somos ahora completamente vulnerables porque el enorme avance en los conocimientos de biología, la acumulación enorme de datos y ordenadores de gran potencia, podemos ser pirateados no solo para predecir nuestras decisiones, sino también para manipular nuestros sentimientos.

De hecho, ya estamos siendo hackeados cuando pinchamos un titular falso en internet creado con el único fin de desestabilizar o generar más tráfico para ganar más dinero por publicidad. Sin embargo, la cosa va a más porque hoy, a través de la red, se recogen datos externos (lo que leemos, compramos o visitamos…) pero cuando se generalice la medición biométrica y el internet de las cosas,  los algoritmos dispondrán de numerosos datos biológicos y cotidianos individualizados desde el interior de nuestras casas y de nuestros cuerpos. «Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas»…

Aunque la manipulación siempre ha existido, la diferencia es que hoy se fabrica con «munición de alta precisión» dirigida específicamente para perfiles cada vez más ajustados a cada uno de nosotros por el uso de los datos  manejados por algoritmos cada vez  más eficaces y que cada vez nos conocen mejor para hacernos pinchar en este y no en otro lugar de la red y de ese modo vendernos cosas, políticos o ideologías. Es un salto cuantitativo y cualitativo.

No estamos preparados, nos dice, para defendernos de ese tipo de ataques a nuestra libertad individual por parte de gobiernos y empresas que pueden llegar a conocernos mejor que nosotros mismos detectando nuestras debilidades, odios, miedos y prejuicios utilizándolos para manipularnos  con eficacia.

Por último el autor de La Realidad Aumentada, Eric Sadín en una entrevista, cuenta  que  es a partir de los atentados del 11-S cuando se empieza a seguir la pista de los individuos con datos cruzados: comunicaciones telefónicas, tarjetas de crédito, datos diseminados por Internet…aunque desde  2011, el desarrollo de los sensores y la inteligencia artificial se ha producido un salto exponencial en la interferencia en nuestras vidas.

También él nos habla de los sensores biométricos, los relojes inteligentes y el internet de las cosas que acumulan datos a una escala inimaginable. Para él, sin embargo, nuestra libertad sí que existe, aunque está en riesgo por la voluntad de mercantilizarlo todo aunque tenga la apariencia benevolente de ayudarnos en nuestro día a día. No es solo la sugerencia o el anuncio, sino mecanismos más ocultos y coercitivos con un poder enorme de penetración. Es el «tecnoliberalismo que ya no acepta que ningún rincón de la existencia humana quede al margen de su control». Se trata de la delegación voluntaria de nuestra capacidad de decisión en las máquinas de las empresas tecnológicas que cada vez más toman decisiones por nosotros.

Todo esto se ha legitimado mediante la fábula ciberoptimista de una bondad generosa por parte de empresas tecnológicas dinámicas y modernas de Sillicon Valley, que existen para mejorar nuestras experiencias, de manera gratuita y altruista y que han conseguido imponernos la falsa idea de que este “progreso” tiene un desarrollo inevitable.

Usa la tecnología, no la consumas o serás consumido por ella.

 

Referencias

Entrevista a Eric Sadin en El País

Investigando cómo piratear el cerebro humano