Si ayer eran 10 las razones para apagar la televisión, hoy tocan otras 10 para encenderla. Si ayer decíamos que el formato del decálogo se hacía notar en lo forzado de alguna de las razones, hoy se produce el mismo efecto multiplicado por el hecho de que es obvio que al pobre Luis Muiño, psicólogo y autor del texto de hoy, le ha tocado bailar con la más fea en el encargo del periódico. Quizá mi fiel comentarista, José Luis, pueda ayudarle con argumentos más sólidos sobre la «función necesaria» que cumple la televisión, porque, desde luego, los aquí expuestos suponen un esfuerzo encomiable, pero resultan completamente peregrinos y absolutamente discutibles.

  1. Enseña a elegir: la Revelación, del famoso escritor de ciencia ficción Theodore Sturgeon dice: “el 90% de todo es basura”. Esto ocurre en todos los ámbitos culturales, pero en la televisión esa mayoría desechable es continuamente visible. Por eso este medio es ideal para aprender a buscar el 10% que nos interesa. Es decir: lo bueno de la tele es que es muy mala. Como la vida. Así que moverse en parámetros más limpios no es una buena estrategia para aprender a vivir. Aunque es cierto que aprender a seleccionar es la primera lección que deberíamos aprender con la televisión, no es precisamente esa la tónica generala y, sobre todo, es la primera vez que se propone el vertedero de residuos como elemento didáctico.

  1. Es didáctica: es una máxima en educación: el conocimiento se interioriza mejor si llega por medios audiovisuales. Es más fácil atender a la información que recibimos por estos canales. Y, además, los datos así adquiridos se recuerdan mejor. Que lo audiovisual tiene un impacto fuerte y sólido es indiscutible. Por eso es tan importante el contenido que la televisión contribuye a fijar. En teoría puede ser didáctica. Pero en la práctica es profundamente antipedagógica.

  1. Es democrática: casi todos los ámbitos acaban siendo colonizados por élites intelectuales. En la televisión es más difícil que esto ocurra, porque está hecha para el gran público. Si en algún sitio se ha producido la rebelión de las masas, es en este medio. Y así nos va. El argumento de que la democracia es buena para todo es radicalmente falso. Digamos que es un mal necesario e imprescindible para la convivencia política. Pero no hay que sacralizarla. La cultura y la educación no deben ser democráticas, sino que deben buscar la excelencia y deben ser las minorías las que tiren de las mayorías si queremos que la salud del sistema social, cultural y político funcione.

  1. Es inmediata: pretende llegar con la mayor velocidad posible a los espectadores y eso hace que sea un buen reflejo de lo que pasa en la calle. Es un medio al que le interesa siempre lo novedoso, lo actual. Mucho más inmediata es la radio como sistema informativo. A pesar de las innovaciones técnicas que han simplificado mucho la televisión, sigue habiendo muchísimas zonas en sombra visual a lo largo del ancho mundo. A la televisión no le interesa lo novedoso ni lo actual, sino lo espectacular que no es lo mismo. Para nada es innovadora y progresista ni en las formas ni en el fondo. Todo lo contrario: se copia a sí misma y busca siempre lo más fácil y barato para ganar audiencias.

  1. Aumenta capacidades cognitivas: el ensayista Steven Johnson, en su libro Todo lo malo es bueno para ti (Penguin), desvela algunas. Por ejemplo, la capacidad de análisis de complejos argumentos que requieren series televisivas cada vez más desafiantes y el desmenuzamiento de la vida real que hacen los reallity shows son óptimos para los procesos neuronales. Es excesivo llamar a eso capacidad congnitiva. Pero sin duda es cierto que las miles de horas contemplando argumentos visuales, ha producido un espectador mucho más experto para contemplar argumentos visuales. No sé si eso es tan útil para vivir como para ver películas.

  1. Estimula la inteligencia emocional: al presentarnos simultáneamente los dos tipos de comunicación de los seres humanos, la verbal y la no verbal, pone en marcha la parte de nuestro cerebro que monitoriza la vida de los demás. Por ejemplo: una reciente investigación mostraba que, mientras vemos a alguien en televisión, activamos la zona del cerebro que sigue los cambios sutiles en la entonación y los gestos faciales. Escrutamos la acción en la pantalla, buscando pistas y jugamos a adivinar segundas intenciones. Es obvio que lo audiovisual se dirige a la zona izquierda cerebral y que enriquece mucho nuestras capacidades no verbales, pero lo malo es que su hegemonía sitúa a las capacidades verbales (análisis, razonamiento, pensamiento crítico…) en peligrosa zona de extinción.

  1. Entretiene: muchas investigaciones hablan de la importancia de la desconexión para mitigar el estrés y recuperar nuestra lucidez mental. Y la televisión es el medio ideal para conseguir distraernos: es muy fácil centrarse en la televisión y olvidarse de los problemas. Absolutamente cierto. Ni enseña, ni informa. Pero entretener, divertir, distraer, matar el tiempo… desde luego. Quizá debería nuestro psicólogo releer nuestro post dedicado a la diferencia entre divertirse y disfrutar.

  1. Trabajan muy buenos profesionales: es un medio muy bien pagado y eso seduce, cada vez más a los mejores periodistas, actores, guionistas, directores, divulgadores científicos… El problema es lo que suele hacer la televisión con ellos. Dos casos paradigmáticos pueden ser los de Mercedes Milá y Javier Sardá , dos excelentes profesionales antes de que se los tragara el sueldo y el suelo de la tele.

  1. Es de todos: si determinadas personas dan por perdido este medio, habremos malgastado una oportunidad de exigir productos para ellas. Hay que hacer fuerza para que se haga televisión para aquellos a los que no les gusta la televisión. ¿De todos? Sin comentarios.

10. Verla y admitirlo es un ejercicio de sinceridad: las encuestas reflejan una disparidad enorme entre la cantidad real de telespectadores y el porcentaje de personas qe admiten ver la televisión. Reconocer que uno ha estado dos horas delante de la caja tonta quita pátina intelectual. Por eso, verla y confesarlo es una forma de alejarse del elitismo intelectual. Muy curioso este último «beneficio» de mantenerla encendida: tenemos ocasión de ser sinceros. Sería estupendo que a la sinceridad, le acompañase la voluntad de dominarla, el ejercicio de ciudadanía de protestar para cambiarla y el sentido común para oponerle resistencia cultural, pedagógica y familiar.

Vean televisión -o mejor no la vean- pero no la consuman o serán consumidos por ella.