La televisión, es la primera educadora del país. Se nos impone no como una alternativa más de ocio, sino como la escuela no reglada y cotidiana; con un horario de consumo que sobrepasa ya el de la escuela formal; una escuela electrónica a la que asisten confiados en el envoltorio de la ficción y el entretenimiento millones de alumnos de todas las edades, desde preescolar hasta los niveles preuniversitarios; una escuela que está en casa sentando cátedra en nuestra sala de estar, en nuestra cocina, en nuestro dormitorio, mediante la lección unidireccional de sus contenidos expresados en un lenguaje visual que no pasa por el filtro del pensamiento y la racionalidad, sino que se impone emocional y visceralmente: no importa lo que diga la tele sino lo que muestra a través del magisterio de las series los reallities y los catedráticos basura del famoseo. Y, sin embargo, su modelo educativo no es patente, no es discutido, filtrado, regulado por ninguna institución social ni sancionado por nadie excepto por las frías reglas de la rentabilidad: es decir, por la tiranía aparentemente democrática de las audiencias.

Aunque la comunicación humana no es, no puede serlo, no debe serlo, una mercancía como otra cualquiera porque afecta profundamente a la vida y a la salud social de las personas, hoy el mercado es el único mecanismo regulador de los contenidos de la televisión. Es decir: mientras que en todos los temas que afectan a la salud social, es el Estado el que actúa a través de las leyes (por ejemplo en la educación nadie nos dejaría producir educación basura) en este tema de los medios todo se deja a las reglas de la competencia del dinero y se nos exige a los individuos y/o a las familias que seamos nosotros el único control escudándose, a modo de justificación, en una falsa confrontación con la libertad de expresión. El derecho a la libertad de expresión no se aplica en la escuela porque la educación es un derecho obligatorio, es decir, irrenunciable, sobre el que se asienta la supervivencia social. La libertad de cátedra, está limitada por los valores sobre los que se asienta la convivencia democrática: no elijo los contenidos de los libros de texto, no puedo decir en clase cualquier barbaridad. Estoy obligado a respetar la libertad de mis alumnos y a la vez obligado a impulsar en ellos el sentido crítico, la necesidad de saber, la comprensión del mundo, debo darles herramientas para que construyan su propia cosmovisión…

El tiempo que nuestros hijos —y también nosotros, sin hipocresías—dedicamos a ver la televisión es tiempo —generalmente demasiado— robado de otras cosas imprescindibles como el juego, la relación, la lectura, el silencio e incluso el creativo y necesario aburrimiento. Los chavales reciben un mensaje educativo plagado de ideas basura y profundamente contradictorio y esquizofrénico con el de la familia y la escuela: el tener frente al ser; el éxito fácil y la fama frente al trabajo cotidiano; la sensualidad descontextualizada frente al amor; la violencia simplista, verbal, competitiva, individualista, frente al diálogo y la generosidad… Es, en fin, el gran competidor de la lectura ­—la gran herramienta de aprendizaje— ya que con la imagen prefabricada reciben mucho placer inmediato aunque pobre intelectualmente a cambio de muy poco esfuerzo, al contrario que con la lectura que les exige un gran esfuerzo a cambio de un placer diferido aunque mucho más rico en ideas.

¿Televisión educativa? Es como tener la zorra dentro del gallinero.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.