Creo que fue el 20 de mayo cuando la Iglesia Católica celebró la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales convocada este año por Benedicto XVI con el expresivo lema «Silencio y Palabra, camino de Evangelización» que enseguida llamó mi atención.
Los objetivos de la jornada parecen redactados por una Asociación de Usuarios de los Medios. Desde luego, la nuestra los suscribiría al cien por cien: «que los fieles —los usuarios­— conozcan mejor el mundo de los medios de comunicación, cuáles son sus instrumentos, sus recursos, sus modos de actuación y, al mismo tiempo, que sepan qué obligaciones y qué derechos tienen ante las comunicaciones sociales». Nada más y nada menos. Si nosotros con nuestro trabajo consiguiéramos sólo este objetivo general, nos daríamos con un canto en los dientes.
Con motivo de la jornada, leo en agenciasic.esuna entrevista a Mons. Joan Piris de la que entresaco lo más interesante.
No hay una contradicción entre el silencio y la palabra, sino una complementariedad necesaria que enriquece ambos mundos. Siguiendo el modelo de Jesucristo que siempre antes de actuar, de «comunicar», se retiraba al monte a orar en el silencio, la Iglesia invita a los medios y a los que los utilizamos a buscar esta misma estrategia: «si los mensajes no van precedidos por el silencio meditativo, quedan un poco vacíos; y si no dejan paso a otros mensajes, impiden el diálogo. El silencio no impide la comunicación, al revés, la posibilita y la hace más fecunda».
Se subraya la importancia de los medios para enriquecer la vida social: son nuestro vehículo de conocimiento del mundo, de la historia, de la sociedad. Conocer nos permite decidir y crecer como personas interrelacionadas. «Una sociedad sin medios es menos libre, transmite peor el conocimiento y por tanto es menos humana».
Pero los medios humanizan y enriquecen «cuando acercan a los hombres a la verdad». Si comunican el error, la mentira o el desprecio a los otros, no comunican sino que incomunican, deshumanizan. La libertad de expresión sólo tiene sentido en la verdad y nunca ampara la mentira, la calumnia o el insulto.
En la entrevista, Mons. Joan Piris —y nosotros con él, desde aquí—agradece a los trabajadores de los medios su esfuerzo y su servicio por poner al alcance de todos la verdad de lo que pasa y recuerda que las dificultades serias que pueden estar atravesando por la crisis nos afectan a todos porque «sin su labor profesional bien realizada estamos incomunicados y la incomunicación es uno de los ingredientes de la deshumanización».
No creo yo que sea un mensaje sólo para creyentes. La imprescindible presencia del silencio meditativo para que exista la posibilidad de la comunicación es un mensaje universal hoy más que nunca en la sociedad del ruido, en la sociedad del vacío de espacios vacíos, de la ausencia de tiempo, del mensaje corto y de la respuesta rápida.