(ATENCIÓN: Este post puede herir la sensibilidad del lector)

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 “Pornografía, la educadora sexual del siglo XXI”, titula una tal Erika Lust un post en el blog abierto elordenmundial.com. A lo mejor es que Erika es una monja  y de nuevo con la Iglesia hemos topado. Ya se sabe lo sexofóbicos que son estos católicos. Pero no. No precisamente. Erika, junto a su marido, son de esos sexólogos que creen que si es placentero, todo vale;  que la educación sexual consiste en saberlo todo, comunicarlo todo, desnudarlo todo y hablar con naturalidad de todo lo que se sabe y se desnuda; que en el desarrollo de la sexualidad no hay más que “impulsos y necesidades” que satisfacer, que la cosa sexual es algo “tan natural como montar en bicicleta”, que todo consiste en informar para ser libre y conseguir el “sexo seguro”  para vivirlo con salud, o que toda búsqueda de sentido esconde un prejuicio religioso. En fin, ya saben: dos sexólogos modernos, fetén, nada sospechochos.

Por eso es interesante –y novedoso–, que desde una perspectiva progresista, laica, “neutra”, se destaque con firmeza y claridad lo que venimos diciendo aquí desde hace tiempo, aunque no somos tan progresistas y, desde luego, nada neutros: que, hoy, la pornografía es la maestra indiscutible que introduce a los chavales en el aprendizaje y desarrollo de su sexualidad. No es que nadie la critique –es de mal tono, queda conservador: incluso la propia autora se sitúa de algún modo en esta perspectiva desde la que hay porno bueno y porno malo– es que nadie siquiera habla de ella, aunque se sepa que el 30% de las búsquedas de internet son pornográficas, que la industria que la produce gana 97.000 millones de dólares a escala mundial, que hay 4,2 millones de sitios web pornográficos, y que se calculan 28.000 personas mirando porno cada segundo.

Y el interés de esta gran educadora global no es que los niños y niñas crezcan felices y sanos: «Sus productores – afirma Erika– solo tienen un objetivo: excitar a los hombres lo más efectiva y rápidamente posible para sacar provecho. Esto significa erotizar la degradación de la mujer. En un estudio de comportamientos sobre el porno más popular, cerca del 90% de las 304 escenas escogidas al azar contenían agresiones físicas contra las mujeres, que casi siempre respondían con neutralidad o con placer».

Aun a riesgo de herir la sensibilidad de algún lector tal y como hemos advertido al comienzo del post, creo que merece la pena –nunca mejor dicho, porque da mucha pena– reproducir aquí no un vídeo –eso sería hacer el caldo gordo a la propia industria pornográfica– pero sí la escena que la columnista y crítica de televisión británica Caitlin Moran describe en el arranque de su libro Cómo ser mujer:

“Érase una vez una niña con la uñas largas y muy mal vestida sentada en un sofá, intentando parecer sexy, pero con cara de haber recordado esa fastidiosa multa de tráfico que aún no ha pagado. Puede que también bizquee un poco por lo apretado que lleva el sujetador.

            Un hombre entra en la habitación, un hombre que camina de una manera extraña, como si llevara una silla de jardín invisible delante de él. Esto se debe a que tiene un pene inútilmente largo, en erección, que parece escanear la habitación en busca del objeto sexualmente menos interesante.     

            Tras rechazar la ventana y un jarrón, la polla finalmente localiza a la chica del sofá.

            Mientras ella se pasa la lengua por los labios con gesto indiferente, el hombre se inclina hacia ella, e inexplicablemente, sopesa su pecho izquierdo con la mano. Esto parece ser el cruce de alguna clase de Rubicón sexual, ya que 30 segundos después, él se la folla por delante en una postura muy incómoda, y luego por detrás mientras ella pone cara de dolor. Todo esto suele ir acompañado de unos azotes en el culo por aquí o unos tirones de pelo por allá, cualquier variación que se pueda introducir en una sencilla filmación a dos cámaras en menos de cinco minutos. El final llega cuando él eyacula sobre la cara de la chica, descuidadamente, como si estuviera glaseando caprichosamente un pastelillo en uno de los desafíos de Generation Game.

            Fin”.

O, si se me permite otro exceso, esta otra descripción que la misma autora hace con trazo grueso del medioambiente simbólicosexual que las diversas pantallas llevan hasta nuestros jóvenes:

“Depilación brasileña. Depilación Hollywood. Pechos de plástico, grandes y redondos. Uñas acrílicas que te impiden atar la hebilla de un zapato o escribir a máquina. La MTV llena de entrepiernas y tetas. Nuts y Zoo [dos revistas para chicos adolescentes], con páginas y páginas de pechos de lectoras, ofrecidos voluntariamente, de buen grado, como un rito de paso. Sexo anal asumido como una parte del repertorio sexual de cualquier mujer. Pósters de productos de belleza o shows de televisión con mujeres de ojos vidriosos, con la boca abierta, preparadas para una eyaculación en plena cara. Bragas reemplazadas por tangas. Tacones altos, muy altos, que en realidad no están hechos para andar, sólo para tumbarse y que te follen. […] un doce por ciento de las imágenes de mujeres en internet están a gatas, o embutidas en algún PVC altamente antihigiénico, o rodeadas de enormes genitales masculinos, como si sus diferentes aberturas fueran algún tipo de vendaje tubular compresivo”.

Procaz y realista. Es esto lo que hay y no podemos hacer como que no existe.

Ya no son las revistas que nuestros padres guardaban en el cajón de los calcetines”, comenta Erika Lust. Esto es la avalancha de Internet: «Aquellas revistas eróticas parecen ahora inocentes al compararlas con la avalancha de imágenes que ha traído internet. La industria se ha vuelto más amplia y diversa y, a la vez, más peligrosa. El racismo, la misoginia y la violencia recorren con impunidad muchas de estas imágenes, a las que no se les pueden imponer barreras o filtros y que influyen más de lo que creemos en las nuevas generaciones y sus identidades sexuales

Según Erika, los chavales tienen sus primeros encuentros con la pornografía tecnológica a partir de los nueve años, accidental o premeditadamente en su móvil u ordenador o a través de imágenes presentadas por compañeros y amigos del cole y luego buscan más y a quién preguntan de nuevo es a su maestro Google y este le devuelve las respuestas en forma de más imágenes pornográficas cada vez más brutales.

No es sólo que satisfagan su curiosidad, es que esas imágenes van a condicionar su modo de entender la sexualidad, de concretar su identidad, de construir sus relaciones. Erika Lust cita a la creadora de la web Make Love Not Porn, Cindy Gallop, cuando dice en alusión a la pornografía: “Este área impactará la felicidad de tus hijos más que cualquier otra y para el resto de sus vidas”.

¿Qué es lo que recomienda Erika Lust? Algo muy razonable: hablar de ello. Sacar la pornografía del rincón oscuro de lo políticamente incorrecto, meterla en la conversación familiar puesto que ya está ella metida en casa y en los bolsillos de nuestros hijos e hijas y, desde luego que forme parte explícita de cualquier intento de educación afectivo-sexual. De nuevo la conversación, el acompañamiento, el conocer qué supone la compra del Smartphone a nuestros hijos, el meditar bien cuándo se lo vamos a comprar más allá del tópico “todos lo tienen”…

«Aunque continuemos negándolo –termina Erika Lust–, el porno existe, es accesible y determinará la identidad sexual de tus hijos. En esta misma línea, ¿Dejaremos que lo haga?»

Referencias

Post de Erika Lust completo

Como ser Mujer, Caitlin Moran, en Anagrama