¿Somos digitales… 0 nos hacemos, o los hacemos, o nos hacen?

Dejad que os presente un breve texto del colombiano Alfredo Molano en el que escribe a su nieta Antonia y en el que hay algo más que la nostalgia de un tiempo pasado.

Es una queja, un lamento y una preocupación no por su infancia perdida ya en el tiempo, sino por la posible pérdida de la infancia presente de una generación, la de su nieta, en la que la televisión, internet, las redes sociales, las aplicaciones de chateo, los videojuegos, las series… han sustituido en gran medida al dedo y a su tacto, al olor, al sabor, a la mirada, al silencio, al descubrimiento, al asombro, al aburrimiento del bueno, al verdadero juego que solo es juego completo cuando es intensamente físico, asentado en los sentidos, basado en la presencia consciente de uno mismo en las cosas y en los otros.

«Cuando yo era niño –y a veces sigo siéndolo–, me iba a buscar unos rincones […] que me gustaban. Había uno en el que […]vivía rodeado de silencio y de niebla. A veces, se alcanzaba a oír el pito del tren […]. Me gustaba oírlo y echar mis sueños a volar en el humo que botaba al aire su caldera. Viajaba a países que no existían, a países sin nombre que tenían reyes que iban a las guerras […] y princesas… y quizá con alguna vestida de azul soñé.

[…]

Pero la fábrica de sueños que más quería era la del verano, cuando el pasto se secaba y yo me echaba en él y olía sus olores distintos y encantados. […]

Yo soñababotaba mis sueños a volarNo me los fabricaban como los fabrica ahora la televisión o la internet, las aplicaciones y los juegos de maquinitas. Ninguna deja soñar, están hechas para hacerme soñar lo que quieren […] ¡Qué triste, amor mío, es no poder fabricar mis sueños!

No me olvides. Anoche no quisiste hablar por teléfono conmigo porque tu mamá no quiso dejarte chatear con una amiga. Sentí que no me querías.»

Lugares y momentos de soledad de juego, de lectura, incluso de fecundo aburrimiento; el verano: cálido, interminable, a veces de mar o de montaña, casi siempre de ciudad, de parques, de tebeos, de libros y de amigos…; imaginar lugares y aventuras remotas o imposibles; lugares propios y escondidos en los que sentíamos el caer de la tarde y la llamada para la cena; con los presentimientos del sexo, del misterio y la belleza, de la vida… con la melancolía de su final en el comienzo del otoño frío de clases y colegio.

Era también mi infancia.

Una infancia que lo fue porque la ausencia de pantallas me permitió soñar mis propios sueños. Luego llegó la tele a casa de algún vecino. Finalmente, a la mía. Y frente a ella, mis hermanos y yo empezamos a soñar en blanco y negro un rato cada día. Luego en color.

Y así empezamos a entregar nuestro tiempo a las pantallas, a la publicidad y a los sueños de otros.

Y así dejamos un poco de vivir nuestra vida mirando las vidas de los demás.

Un dispositivo que metía no el mundo, sino una idea del mundo por la ventana del salón mientras expulsaba al mundo real y personal de la familia.

«Aún existían en el siglo pasado familias que tenían hijos; luego apareció la televisión, la pusieron en mitad del salón y entonces la televisión tenía una familia» (Alejandro Herrero Sebastiá)

Hoy, el mundo global, el mundo entero, se ha hecho aún más pequeño y aún más incomprensible y confuso, aún más alejado de nosotros a pesar de poder llevarlo en el bolsillo.

No se trata, insisto, de un recuerdo nostálgico de cualquier tiempo pasado fue mejor, sino de la denuncia del drama de la desaparición no solo de una infancia concreta, sino de un modo de crecer y de vivir.

 La vida adulta, toda vida, es un misterio. A medida que los niños van avanzando hacia la edad madura, se les debería ir revelando su secreto.

 La lentitud ha quedado rota por la introducción de un nuevo elemento electrónico muy eficaz, pero perturbador para el desarrollo, las pantallas:

    • Tremendamente atractivas: hipnóticas

    • No lingüísticas: no exigen ningún conocimiento previo y no desarrollan tampoco talento alguno.

    • Provocan la hegemonía de la imagen sobre la palabra (homo videns) debilitando el pensamiento

    • Todo es para todos. Se borra la línea divisoria entre las edades y los grupos sociales.

    • Todas las pasiones humanas salen del armario convertidas en espectáculo: todo se banaliza.

    • Convierten el profundo y oscuro misterio del sexo  en un producto de consumo hipersexualizando a la infancia e infantilizando a la sexualidad.

  • «La sexualización prematura de la infancia es un robo con violencia, una violencia tan sutil como real, de la niñez. Una «irrupción brutal (y, por qué no decirlo, traumática) del sexo en sus vidas. El acceso que tienen los niños a la pornografía a través de sus bolsillos provoca que el paso de la niñez a la adultez lo den como un salto desde un acantilado. ¡Qué distinto es entrar en el mar desde la playa! Ahora hacemos que se lancen solos al vacío y que se sumerjan de golpe en aguas profundas donde no pueden hacer pie. Saldrán a flote, es cierto, pero se habrán zambullido en una experiencia para la que no están preparados» (Pilar Guembe y Carlos Goñi)

    Nos rasgamos las vestiduras con el acoso escolar y el ciberbullying cuando el primer acoso es el de las grandes corporaciones con su estrategia de acaparamiento de la atención 24/7 de niños y adolescentes privándoles de su etapa de crecimiento lento y sostenido, de su curiosidad y de su inocencia. Robándoles la niñez que se merecen.

     Se ha producido un cambio climático en el Medioambiente Simbólico tan preocupante o más que el atmosférico. Es un tema de ecología profunda: no solo qué Tierra dejamos a los niños, sino qué niños dejamos a la Tierra.

    Y qué adultos

    Porque recogemos, al fin, adultos con poca niñez y mucha adolescencia; del juego en el parque al botellón electrónico. Personas más desprotegidas, vulnerables e inseguras y, en ocasiones muy dañadas:

    Aquí proyecté las gráficas de Jonathan Haidt que podéis ver en «Definitivamente no son felices» de este mismo blog.

     No somos digitales. Solo somos humanos. Si nos dejan. Incluso aunque no nos dejen.

    No ha habido una revolución paralizante e inevitable: es un engaño creernos que los cambios tecnológicos –el último el caso de la IA–van a dejar inservible la sabiduría milenaria. Huyamos del apocalipsis. El hombre siempre es el mismo, aunque le resulte a veces más difícil el serlo.

    No sé deciros qué hacer, pero sí que me atrevo a decir -con Postman- lo que deberíamos saber: 

    • Somos lo que comemos, pero también somos lo que vemos, lo que oímos y también con qué lo vemos y oímos. 

    • No todo depende de nosotros…lo que son como medios va a condicionar el cómo los usamos.

    • «La tecnología da y la tecnología quita».[…] Podemos preguntarnos “¿Qué va a hacer esta nueva tecnología?” pero es más importante la pregunta, “¿Qué va a deshacer esta nueva tecnología? 

    • La tecnología es eficaz, pero detrás de cada logro puede haber una pérdida. Las ventajas son obvias, las pérdidas, sutiles.

    • La tecnología puede solucionar una necesidad, pero puede crear una dependencia. Estar conectados nos obliga a estar conectados.

    • «Toda nueva tecnología beneficia a algunos y perjudica a otros». 

    • Es un grave error, una pérdida de humanidad, un desastre social y un peligro para la democracia entregar nuestro tiempo, nuestra privacidad, nuestros datos, nuestras vidas a las grandes tecnológicas para que lo conviertan en dinero y poder. 

    • No podemos vivir como pez en el agua, sin darnos cuenta del agua: hay que pensar la tecnología, favorecerla en su idoneidad y, cuando sea necesario, oponerle resistencia. 

    • Hay que usar la tecnología, no consumirla. Cuando la consumimos, somos consumidos por ella.

     Y termino:

    Conocéis dos distopías famosas: la de la novela «1984» de George Orwell y la de «Un Mundo Feliz» de Aldous Huxley. Neil Postman en “Divertirse hasta Morir” (1986) establece una oposición iluminadora entre las dos:

    «Orwell —nos dice Postman— advierte que sobrevendrá sobre nosotros una opresión impuesta externamente.  Mientras que, en la visión de Huxley, ningún gran hermano será necesario para privar a la gente de su historia, madurez y autonomía. Tal y como él lo vio, la gente llegará a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen sus capacidades para pensar.

    Lo que Orwell temía era a aquellos que prohibirían los libros; lo que temió Huxley era que no hubiera ninguna razón para prohibir los libros, porque no habría nadie que quisiera leerlos.  Orwell pensó que se nos privaría de la información; Huxley que sería tan abundante que nos reduciría a la pasividad y el egoísmo. Orwell profetizó que la verdad nos sería ocultada; Huxley que sería ahogada en un mar de superficialidad. (…) En 1984, la gente era controlada mediante el dolor. En Un mundo feliz, lo era mediante el placer.

    En definitiva, mientras que Orwell temió que aquello que odiamos sería nuestra ruina; Huxley temió que nos arruinaría lo que amamos

    La pregunta es:

  • ¿Cuál os parece más próxima a cumplirse?