Ana Marta González, reseña en Aceprensala edición alemana del libro Por qué duele el amor de Eva Illouz, de próxima publicación en español en la editorial Katz, en el que la socióloga alemana analiza cómo está el terreno social de los sentimientos íntimos.
Nos interesa un párrafo de la reseña. «Uno de los factores que más ha contribuido a acelerar la Gran Transformación –así denomina la autora del libro el cambio profundo en la manera de vivir los sentimientos amorosos a partir del siglo XX– es la enorme difusión de los ideales románticos en la cultura popular a través de lo que Illouz denomina, siguiendo a Adorno, “la institucionalización de la imaginación”…».
 Y un fragmento del propio texto alemán: «La imaginación  se encuentra profundamente implicada con la ficción y la ficcionalidad y las ficciones institucionalizadas (en televisión, cómics, películas, libros infantiles) son de importancia capital para la socialización. Esta ficcionalidad impregana el yo, el modo y manera en que el yo se modela narrativamente, vive a través de historias y comprende sentimientos que configuran el proyecto de vida de una persona».
Es decir, negro sobre blanco, se afirma el enorme poder transformador de la ficción narrativa que provoca la creación de un mundo imaginario con el que las personas acabamos configurando nuestra vida real. Un medioambiente simbólico en el que respiramos y del que tomamos el oxígeno de nuestros valores y sentimientos. Ese modelo, obviamente, no se ajusta a la realidad de la vida cotidiana y genera frustraciones e infelicidad al no poder llevarse a cabo cuando cerramos la novela, salimos del cine o apagamos el televisor. Dicho de manera más sencilla: inmersos en ese bombardeo de irrealidad no sólo nos creemos lo que la ficción nos propone, sino que acabamos confundiéndolo con lo real y, a pesar de que llega hasta nosotros no a través de la experiencia y el razonamiento, sino de la imaginación y las emociones, o quizá precisamente por eso, se instala firmemente en lo más profundo de nuestro yo.
Es el tema de los efectos que desde hace años, se intenta estudiar sociológicamente con grandes dificultades para llegar a alguna tesis concluyente y que, sin embargo, todos percibimos dentro y fuera de nosotros con bastante claridad.
No se trata de que la ficción provoque que un paranoico de 14 años asesine a un compañero porque lo ha visto en televisión. Lo que provoca actos así es la paranoia, no la ficción. Se trata de algo mucho más profundo y generalizado: de los libros infantiles, de los comics, de la novela y, sobre todo, del cine y la televisión, de las pantallas, extraemos la mayor parte de los modelos y referencias que construyen nuestro mundo emocional y se instalan en nuestra conciencia de manera mucho más firme y profunda que los extraídos de la experiencia. Es el entretenimiento y no la familia o la escuela quien de verdad nos está socializando. Primero lentamente, desde la invención de la novela moderna y la generalización del soporte libro con la imprenta. Luego con mucha mayor intensidad a partir de la invención del cine y la creación hollywoodiense del star system. Finalmente con la intensidad radical de la penetración de las pantallas en lo más íntimo del núcleo familiar.