Compro con avidez y leo con asombro este libro del norteamericano Lanier. El título y el autor son los que provocan mi primera avidez.  Un «experto» norteamericano considerado por la revista Timeuna de las cien personas más influyentes  del mundo, y uno de los trescientos inventores más importantes de la historia en opinión, no de la Wikipedia, sino de la Enciclopedia Británica, según reza la solapa; acuñador y estudioso de la realidad virtual, creador de empresas que tienen a Internet y a lo digital como forma y producto, conocedor desde dentro de todo el nacimiento y desarrollo de este nuevo entorno tecnológico desde sus inicios en el Valle del Silicio: alguien, en fin, nada sospechoso de ludismo o tendencias apocalípticas, sino un auténtico ejemplar 2.0.
Que una personalidad así produzca un manifiesto, una declaración pública de ideas ante lo digital con el adverbio «contra» y el sustantivo «rebaño» no me negarán que suscita en el lector crítico con el escaparate tecnológico unas intensas ganas de adentrarse en el discurso de tinta y papel.
El estupor no ha venido después con el descubrimiento de grandes ideas, sino, lamentablemente, por lo imposible de su formulación. Es de esos libros en los que para extraer una idea se le pide al lector un esfuerzo titánico. No es que sea difícil por la profundidad o densidad del discurso, sino por la oscuridad y la confusión del lenguaje. Primero pensé que era cosa de una mala traducción. Culpé de nuevo al autor que, como buen ensayista norteamericano, utiliza cien palabras para expresar lo que se puede y debe decir en diez. Llegué a pensar que Lanier, por su inmersión continuada en lo digital, se ha digitalizado de tal modo que escribe en hipertexto, adaptando la plasticidad de sus neuronas a un entorno que ya no es lingüístico, sino de unos y ceros, tal y como vaticinó Nicholas Carr que acabará ocurriéndonos a todos. No lo sé.
En cualquier caso, culminada la dura empresa de leerlo, iremos desgranando aquí lo que nos ha parecido más interesante. Hoy os dejo un fragmento del prefacio que suena así de apocalíptico:
«Estamos a principios del siglo XXI, lo que significa que estas palabras serán leídas sobre todo por no personas: autómatas o muchedumbres aturdidas […] Las palabras serán picadas, atomizadas y convertidas en palabras clave de motores de búsqueda dentro de conglomerados industriales de computación en nube ubicados alrededor del mundo en lugares remotos, generalmente secretos. […] serán escaneadas, remezcladas y tergiversadas por multitudes de lectores rápidos y perezosos en sitios wiki y en cadenas de mensajes inalámbricos agregados automáticamente.
Las reacciones a mis palabras degenerarán una y otra vez en cadenas absurdas de insultos anónimos y polémicas inconexas. Los algoritmos hallarán conexiones absurdas entre aquellos que las leen y sus compras, sus aventuras románticas, sus deudas y, dentro de poco, sus genes

No parece muy contento. No está muy satisfecho. Si alguna vez lo estuvo, ha dejado la ilusión y el optimismo atrás, describiendo un mundo actual en cierto modo aberrante, muy consciente de que ha formado parte activa en su creación.