
Acabo de leer este recomendable libro de Antonio Diéguez que titula como nosotros lo hicimos con “Pensar la tele” en aquellos tiempos en los que lo que preocupaba era ese único dispositivo de comunicación.
Diéguez aborda la cuestión de un modo amplio del que nosotros hemos seleccionado sólo algunos aspectos, sin dejar de recomendar como siempre toda su lectura.
Al resumir las distintas reacciones intelectuales y sociales ante el cambio tecnológico, resume así el ambiente del ciberoptimismo reinante ante su llegada:
«En las últimas décadas del siglo XX hubo un cierto […] surgimiento de actitudes más optimistas ante el desarrollo tecnológico. […] El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, de las tecnologías digitales y, en la década final del siglo, la aparición de internet, favorecerían la recuperación de una cierta democracia directa mediante la creación de un ágora digital donde sería posible una deliberación fructífera extendida a millones de personas capaces de decidir […] de forma casi inmediata. Se facilitaría de este modo el control público de las propuestas políticas, la transparencia y la recuperación de la soberanía. Se empoderaría a los ciudadanos frente a los poderes fácticos, proporcionándoles mejor información y más libre, y evitando la censura de los gobiernos. Todo ello llevaría a un enriquecimiento en la conversación democrática, […] los ciudadanos y los representantes políticos podrían estar directamente conectados. […] Los ciudadanos podrían controlar con más eficacia a sus representantes, y estos podrían conocer de forma más fiable lo que desean y necesitan los ciudadanos.
[Se mejoraría] la administración de justicia, la gestión de los recursos, la redistribución de la riqueza y el remedio de los problemas medioambientales. […] Todavía en 2010, Nicholas Negroponte [afirmaba]: «La verdadera pregunta es: “¿Ayuda abiertamente internet a causas como la democracia, la libertad, la eliminación de la pobreza y la paz mundial?”. Mi respuesta es: lo hace de forma natural e inherente»
Una Arcadia feliz… ¡Qué tiempos aquellos vistos con perspectiva! Sin embargo, el optimismo no duró demasiado, dice el autor… Mi experiencia no dice lo mismo. Duró bastante más. De hecho, aún dura y no solo en los ámbitos del transhumanismo o la eDemocracia que siguen creyendo en la tecnología como única salvación del hombre y de la política, a pesar de que la realidad de los hechos ha acabado por invalidar aquella primera ingenuidad. Veamos cuáles son los hechos de esa realidad:
«La calidad de la democracia ha venido descendiendo en muchos lugares […] ha aumentado el número de países cuyas democracias están en retroceso […] la mitad de los países no democráticos se han vuelto más represivos […] el número de países que se han hecho más autoritarios duplica al número de los que se han democratizado más. […] la cifra de las personas que piensan que tener un líder fuerte y no democrático sería bueno o muy bueno para su país ha ido aumentando. […Se ha producido] un deterioro de la privacidad por la acumulación de datos personales por parte de las empresas tecnológicas como parte esencial de su negocio. [Ya es una realidad la existencia] de una sociedad vigilada, en la que la inteligencia artificial, junto con otras tecnologías electrónicas, se usan para el control de los ciudadanos, identificando sus perfiles políticos o con el objetivo de enviarles mensajes ad hoc o, en sociedades autoritarias, clasificarlos en función de su docilidad al poder establecido. [La utilización] del software espía israelí Pegasus […], la manipulación de elecciones o de votaciones en referéndums a través de chatbots […], la creación y distribución de falsedades políticas, […] la extensión de la desinformación, […] la superabundancia de información de diferente calidad, […] la era de la posverdad… […] Las redes sociales, en lugar de ayudar a transmitir información libre y plural, han fomentado la creación de cámaras de eco y burbujas epistémicas, en las que la información que circula es como mínimo sesgada […]. La nivelación de las opiniones […] sin que el conocimiento o la experiencia valgan más que la ignorancia la hora de la difusión, […] el ciberacoso como sustituto demasiado frecuente de la discusión civilizada, […] una creciente polarización ideológica, […] una sentimentalización de la política, […] un empobrecimiento del debate público, […] una cesión a las compañías tecnológicas un poder enorme que puede ya imponerse sobre las decisiones de muchos gobiernos en distintos países.
[…] La concentración de poder y riquezas en pocas manos es un factor que ha jugado, antes y ahora, en detrimento de la democracia […] Tanto más si son esas mismas élites las que controlan a través de la tecnología el flujo de la información.
[…] Unas declaraciones de Vladimir Putin en 2017en las que este decía que quien se convierta en líder de la inteligencia artificial gobernará el mundo. […] Un poder mucho mayor del que nadie ha tenido hasta ahora.
[La cuestión que se abre paso cada vez con más fuerza de que] ¿No sería, en definitiva, la democracia un medio demasiado lento e incierto para salvar a la especie humana de los peligros que se avecinan? Hay encuestas que muestran que no pocos ciudadanos son ya abiertamente favorables a esta opinión».
Sin embargo, parece que no está todo perdido porque, aunque «es difícil negar que han cobrado fuerza algunos de los factores tecnológicos que llevan al deterioro de la democracia […] no es una situación irreversible. El reto […] es encontrar las fórmulas para disminuir la erosión todo lo posible y continuar la expansión de una democracia fortalecida por la tecnología.» ¡Ojalá! Aunque Diéguez no explica cómo. Y eso que D. Antonio ni siquiera roza el análisis del deterioro de las relaciones personales y educativas que constituye el grueso de nuestras preocupaciones en este blog.
Pasa ahora lo mismo con el relato de la IA. De nuevo la prensa, el ciberoptimsimo y el ciberpesimismo nos cuentan una película que no nos ayuda en nada a entender lo que pasa.
«La discusión sobre este asunto de la IA comenzó a salirse del cauce académico y a volverse parte de la cultura popular, por no decir a parecerse a una histeria colectiva, a medida que el discurso transhumanista empezaba a ganar la atención de un público amplio, sobre todo la idea […] de ese momento supuesto en el que, tras una explosión de inteligencia, las máquinas superinteligentes tomarán el control de nuestro mundo.
[… Un transhumanismo que ve] la mejora de nuestro cuerpo y de nuestra mente como un bien que podría estar disponible en poco tiempo para una amplia clientela a la espera ansiosa de los nuevos avances […] capaces de liberarnos de las miserias de la enfermedad y el envejecimiento [hasta el punto de llegar a] la discusión de si el envejecimiento debe considerarse o no como una enfermedad. […] Sus defensores más radicales lo que anhelan es una inmortalidad computacional después de haber volcado su mente en una máquina».
Así, Zoltan Itsvan, líder del Partido Transhumanista estadounidense nos dice que:
«durante los próximos diez o veinte años, mucha gente se convertirá en algo más parecido a una máquina. Tengo un biochip en mis manos, mi padre ya tiene varios implantes de corazón, una de mis abuelas tiene una cadera artificial. Nos estamos convirtiendo en cíborgs y, cuando empiecen a salir cosas como corazones y riñones robóticos, no hay duda de que vamos a empezar a rehacer nuestros cuerpos para que sean mucho más saludables.»
Según el transhumanismo,
«es cierto que el ser humano desaparecerá, pero no hay mucho de qué lamentarse, según su criterio. Primero porque ya es una especie sin futuro que ha destruido las condiciones mismas de su supervivencia, pero, sobre todo, porque lo que llegue en su lugar será mucho mejor y deberíamos poner todo nuestro empeño en su rápido advenimiento.»
Pero ¿Estamos tan cerca del dominio de las máquinas? Algunos opinan que sí. Pero otros no tanto. Y es interesante para poner el tema de la IA en su lugar:
Luc Julia, uno de los creadores de Siri:
«Sostengo que la inteligencia artificial no existe. Si queremos conservar el acrónimo, IA no debe significar ya ‘inteligencia artificial’ sino ‘inteligencia aumentada’. […]
Una inteligencia artificial general que sobrepase o meramente imite todas las capacidades de un ser humano no pude ser desarrollada utilizando las técnicas matemáticas y estadísticas que hemos utilizado en los últimos sesenta años. Si bien no puedo excluir que exista algún día, se necesitaría un cambio de enfoque […] de tal magnitud que no hay casi ninguna posibilidad de verla emerger antes de varios centeneres de años.»
Erik Larson, científico computacional y empresario:
«[…] nadie tiene la más ligera idea de cómo construir una inteligencia artificial general»
Gary Marcus y Ernest Davis en Robooting AI:
«Mucho de lo que leemos sobre IA nos parece pura fantasía, sostenido con confianza en fortalezas imaginadas que no tienen ninguna relación con las capacidades tecnológicas actuales.»
Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial del CSIC:
«Prácticamente no hemos avanzado hacia la consecución de IA general. […] La explicación […] hay que buscarla en la dificultad de dotar a las máquinas de conocimientos de sentido común. […] Sin esos conocimientos, no es posible una comprensión profunda del lenguaje ni una interpretación profunda de lo que capta un sistema de percepción visual, entre otras limitaciones. De hecho, es requisito fundamental para conseguir una IA similar a la humana en cuanto a generalidad y profundidad».
«AlphaZero –nos dice Diéguez como un ejemplo de la falta de ese sentido común– se convirtió en el mejor ajedrez del mundo con nueve horas de entrenamiento, pero no sabe qué es el ajedrez y si es oportuno jugar a él durante un incendio»
Yann LeCun lo resume así:
«¿Es nuestra capacidad de razonamiento simbólico algo innato […] o adquirido? Si es innato […]nunca podamos crear máquinas con dicha capacidad; si es algo aprendido, [tal y como él cree…] los sistemas que tenemos empiezan ya a aprenderla.» En todo caso–nos dice Diéguez– LeCun descalifica como superchería la idea de que ya tenemos o estamos cerca de tener IA consciente».
Otra muestra. «Un artículo que le costó el puesto en el equipo de IA ética en Google a Timnit Gebru califica de «loros estocásticos» a los Modelos de Lenguaje como ChatGPT:
«Los Modelos de Lenguaje no tienen comprensión del lenguaje natural. […] Puede parecer contraintuitivo dadas las cualidades cada vez más fluidas del texto generado automáticamente, pero hay que tener en cuenta el hecho de que nuestra percepción natural del texto […] está mediada por nuestra propia competencia lingüística y nuestra predisposición a interpretar el acto comunicativo con un significado e intención coherentes lo tengan o no. Al contrario de lo que pueda parecer cuando observamos su salida, un ML es un sistema para unir al azar secuencias de formas lingüísticas que ha observado en sus vastos datos de entrenamiento, […] pero sin ninguna referencia al significado: es un loro estocástico».
He tenido que buscar ‘estocástico’: Perteneciente o relativo al azar. 2. f. Mat. Teoría estadística de los procesos cuya evolución en el tiempo es aleatoria, tal como la secuencia de las tiradas de un dado. Es decir, variable, accidental, casual.
Finalmente, Luciano Floridi, –filósofo italiano que ha contribuido a la filosofía de la información y la ética informacional y con el que el autor se solidariza en su pensamiento– afirma:
«Una verdadera IA (entendida como IA similar a la humana no es lógicamente imposible, pero sí es completamente implausible. No tenemos ni ide de cómo podríamos empezar a construirla, aunque solo sea porque nuestra comprensión de cómo funcionan nuestros cerebros y nuestra inteligencia es muy pequeña.»
«Hay muchas cosas que son lógicamente posibles –añade Diéguez–, pero tan improbables que no nos preocupan en absoluto. […] El que algo no se haya demostrado como imposible no significa que vaya a producirse.»


