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No-cosas: otra nueva aportación de Byung-Chul Han

No-cosas: otra nueva aportación de Byung-Chul Han

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Las ventajas de la tecnología son mucho más fáciles de describir que sus toxicidades. Por una parte, su omnipresencia y ubicuidad mediáticas, como ya ocurría con la televisión, la hacen paradójicamente invisible (lo que está en todas partes acaba por pasar desapercibido). Por otra parte, y, sobre todo, su eficacia para proporcionarnos utilidades nos deslumbra y hacen que nuestra mirada esté ciega ante la luz. ¡Qué complicado resulta verbalizar los problemas para sacarlos de esa invisibilidad aparente y ponerlos delante del usuario para lograr que los identifique y se defienda de la toxicidad de su uso!

Es en lo que estamos aquí y es lo que pretende Byung-Chul Han en su último libro, “No-cosas, quiebras del mundo de hoy”, publicado por  Taurus en 2021, que acabamos de leer, resumir y reseñar y al que dedicamos este post.

Tenéis el extracto completo referenciado al final y guardado en nuestra página “Pensar los Medios”. Aquí debajo es el autor el que habla, aunque nosotros hemos reorganizado unitariamente fragmentos de su texto a nuestra conveniencia.

Cosas y no-cosas
Ahora las cosas están casi muertas. No se utilizan, sino que se consumen. De las cosas percibimos sobre todo la información que contienen. Al adquirir cosas, compramos y consumimos emociones. Los productos se cargan de emociones. Solo el uso prolongado da un alma a las cosas. Solo las cosas queridas están animadas.

Nuestro frenesí de comunicación e información es lo que hace que las cosas desaparezcan. La información, es decir, las no-cosas, se coloca delante de las cosas y las hace palidecer. La capa de información que recubre las cosas como una membrana sin aberturas impide la percepción de las intensidades. La información representa la realidad. Pero su dominio dificulta la experiencia de la presencia, reduce el contacto. La percepción pierde profundidad e intensidad, cuerpo y volumen.

Infómatas, infomanía, infómanos, inforgs, infoxicación
La digitalización, sobre todo, exacerba la desrealización del mundo al descosificarlo. Desmaterializa y descorporeiza el mundo. El orden digital desnaturaliza las cosas del mundo informatizándolas. La informatización del mundo convierte a las cosas en infómatas. No manejamos las cosas, sino que nos comunicamos e interactuamos con infómatas. El ser humano es un inforg que se comunica e intercambia información.

Producimos y consumimos más información que cosas. Nos intoxicamos literalmente con la comunicación.  Es la infomanía. Ya nos hemos vuelto todos infómanos.  A partir de cierto punto, la información no es informativa, sino deformativa. Hace tiempo que este punto crítico se ha sobrepasado. Se ha nivelado la distinción entre lo verdadero y lo falso. La información circula ahora, sin referencia alguna a la realidad, en un espacio hiperreal. Las fake news son informaciones que pueden ser más efectivas que los hechos.

Las cosas están completamente recubiertas de información en la que es imposible detenerse. Donde una información ahuyenta a otra, no tenemos tiempo para la verdad. La verdad opone resistencia a toda modificación y manipulación. Corremos detrás de la información sin alcanzar un saber, sin obtener un conocimiento, sin adquirir una experiencia, sin participar en una comunidad, sin recuerdos que conservar, sin encontrarnos con el otro.

La desaparición del otro
En la comunicación digital, el otro está cada vez menos presente. Con el smartphone nos retiramos a una burbuja que nos blinda frente al otro.  La experiencia de la presencia presupone un exponerse, una vulnerabilidad. Al otro no se le llama para hablar. Preferimos los mensajes de texto porque el escribir estamos menos expuestos al trato directo. Así desaparece el otro como voz.  Es una comunicación descorporeizada y sin visión del otro.  Hace desaparecer al otro como mirada. La ausencia de la mirada es responsable de la pérdida de empatía

Hoy estamos todos en las redes sin estar conectados unos con otros.  Estar en la red no es sinónimo de estar relacionados.  La comunicación digital elimina el encuentro personal, el rostro, la mirada, la presencia física. De este modo acelera la desaparición del otro. Que el otro desaparezca es realmente un acontecimiento dramático. Pero ocurre de forma tan imperceptible que ni siquiera somos conscientes de ello. El otro como misterio, lo otro como mirada, lo otro como voz desaparece, […] se rebaja hasta convertirse en un objeto disponible y consumible. La desaparición del otro es precisamente la razón ontológica por la que el smartphone hace que nos sintamos solos.

Smartphone
Los objetos digitales no tienen la negatividad del objeto. No noto resistencia alguna en ellos. El smartphone es smart porque quita resistencia a la realidad. Ya su superficie lisa produce una sensación de ausencia de resistencia. En su tersa superficie táctil todo parece dócil y agradable. Con un clic, o la yema de un dedo, todo es accesible y disponible. El humano manualmente inactivo elegirá en lugar de actuar, presionará teclas. Su vida no será un drama que le obligue a actuar, sino un juego. Será un Phono sapiens que toca con los dedos su Smartphone y tiene la «libertad de la yema de los dedos». Los continuos toqueteos y deslizamientos sobre el smartphone le dan la sensación de tener al mundo bajo control. El smartphone refuerza así el egocentrismo. Al tocar su pantalla, someto el mundo a mis necesidades. El mundo parece estar digitalmente a mi entera disposición. El tacto del dedo índice hace que todo sea consumible. Todo lo que toca adquiere forma de mercancía. Hasta su condición de cosa pasa a un segundo plano: miramos a través de ellos.  Un reloj analógico nos proporciona información, pero es una cosa, incluso una alhaja en la que detenerse.

El smartphone, al ser tan amistoso, es decir, smart, hace invisible su intención de dominio. El sujeto sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Nos inunda de estímulos, reprime la imaginación, fragmenta la atención. Lo repetitivo, lo compulsivo, también caracteriza a la relación con el smartphone. Sin embargo, no es un oso de peluche digital. Más bien es un objeto narcisista y autista en el que uno no siente a otro, sino ante todo a sí mismo.  Hace que la otra persona esté disponible al transformarla en objeto.

Espías
Los infómatas, que nos ahorran mucho trabajo, resultan ser eficientes informantes, que nos vigilan y controlan.  En el mundo controlado por los algoritmos, el ser humano va perdiendo su capacidad de obrar por sí mismo, su autonomía. Se adapta a decisiones algorítmicas. Las cosas no nos espían. Por eso tenemos confianza en ellas. El smartphone, en cambio, no solo es un infómata, sino un informante que vigila permanentemente a su usuario. Nos controla y programa. No somos nosotros los que utilizamos el smartphone, sino el smartphone el que nos utiliza a nosotros.

Libros
Las bellas cosas de factura artesanal calientan el corazón. El calor de las manos se transfiere a las cosas. La frialdad de las máquinas hace desaparecer el calor de las cosas. El libro tiene un destino en tanto que es una cosa, una posesión. Muestra marcas materiales que le prestan una historia. Un libro electrónico no es una cosa, sino una información.  No es, aunque dispongamos de él, una posesión sino un acceso. En el libro electrónico, el libro se reduce a su valor de información. Carece de edad, lugar, productor y propietario.  No admite un vínculo intenso. Por eso no hay del libro electrónico un ejemplar. La mano del propietario da a un libro un rostro inconfundible, una fisonomía al apropiárselo. Los libros electrónicos no tienen rostro ni historia. Se leen sin las manos. El acto de hojear es táctil, algo constitutivo de toda relación. Sin el tacto físico, no se crean vínculos.

 ¿Inteligencia? artificial
El pensamiento es un proceso resueltamente analógico. Antes de captar el mundo en conceptos, se ve afectado por él. Lo afectivo es esencial para el pensamiento. La primera afectación del pensamiento es la carne de gallina.  La inteligencia artificial no puede pensar porque no se le pone la carne de gallina. Le falta la emoción que los datos y la información no pueden comportar. El pensamiento oye, mejor, escucha y pone atención.  La inteligencia artificial es sorda. es apática, es decir, sin pathos, sin pasión. Solo calcula. sería incapaz de pensar en la medida en que se le cierra esa totalidad en la que el pensamiento tiene su origen. No tiene mundo. El big data […] se queda en las correlaciones, […]sin embargo, nada se comprende No comprende los resultados de sus cálculos. […] aprende del pasado […] es ciega para los acontecimientos los datos no tienen profundidad. La inteligencia artificial no piensa porque nunca está fuera de sí misma.  puede calcular con rapidez, pero le falta el espíritu.

El medioambiente simbólico contaminado
El ruido es una suciedad tanto acústica como visual. Contamina la atención. El mundo está contaminado no solo por los residuos materiales sino también por los residuos de la comunicación y la información. Está plagado de anuncios. Toda grita para llamar la atención. La basura de la información y la comunicación destruye el paisaje silencioso.  Los logotipos, desechos de escritura; los anuncios, desechos visuales; los spots publicitarios, desechos musicales.

Referencias
No-Cosas, quiebras del mundo de hoy, Byung-Chul Han, resumen completo 

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