Selfie en inglés. Selfi  o mejor simplemente autofoto, autoimagen o autorretrato en español.  Sin embargo, aunque dispongamos ya de palabras autóctonas, selfi no es un extranjerismo banal, sino un préstamo necesario porque, aunque el autorretrato ha existido casi desde Altamira, el Selfi es una realidad nueva. Es una realidad digital.  Es una realidad tecnológica. Una nueva realidad del medioambiente simbólico.

Como siempre, no nos referimos aquí a la maravillosa posibilidad espontánea, alegre, creativa, familiar, grupal o individual… que ofrece la cámara del móvil para compartir con los nuestros una imagen individual o de grupo en una u otra circunstancia y con la instantaneidad  comunicativa que rompe el espacio y el tiempo. Ese sería el producto digital fetén, también nuevo, también tecnológico, pero útil: un aporte más a la comunicación interpersonal.

No. Hablamos, como siempre, de daños colaterales. Hablamos de esas miles de lenguas fuera, de esos millones de pares de ojos desorbitados y caras histriónicas, deformadas por la proximidad del objetivo que inundan las redes sociales. De esos miles de labios fruncidos de millones de peponas adolescentes que se auto fotografían frente al espejo en actitudes más o menos provocativas para lanzarse después a la nube pública.

Hablamos de ese mirarse al espejo colectivo, ese yomimeconmigo en forma de imagen, ese ensimismamiento hecho foto que, como muchas de las miles de imágenes que se suben a la red, no tiene otro objetivo que la autoexhibición narcisista esperando el me gusta sancionador de los demás.

Nos referimos a esa llamada de socorro del náufrago que con cada foto está gritando “¡aquí estoy yo!”, dando saltos para destacar en medio del mar de las multitudes anónimas que buscan un segundo de una gloria que no es sino la sensación de confirmar en los demás que se existe.

Hablamos de ese perseguir al famoso para junto con él atrapar una imagen que testifique que estuvimos ahí, que lo tocamos, que se nos ha pegado algo del mito de su fama.

Describimos ese fenómeno digital masivo que ha generado incluso gadgets como el selfie stick  que alarga la longitud de nuestro brazo para sostener el móvil y que se ha convertido en un regalo estrella estas últimas navidades para perpetrar selfis plus ultra para que quepamos todos.

Analizamos, en definitiva,  ese fenómeno social ególatra del culto a la imagen propia y al autocuerpo que está presente en todo lo que tiene que ver con la comunicación global digital visual.

“Vienen con sus iPhones y me muestran fotografías, las selfis empiezan a ser una locura”, nos dicen que dice un cirujano plástico norteamericano Pilar Guembe y Carlos Goñi, en su blog Familia Actual. En ese post, de nuevo ponen el dedo en la llaga al contrastar dos caras de la misma moneda, muy próximas en cuanto que son producto de las redes sociales y que las dos son imágenes, pero que, a la vez, están en las antípodas de lo que expresan como elemento de comunicación. Por un lado los millones de caricaturas que acabamos de describir; por otro, la foto que colgó en su Facebookel joven italiano de 28 años, Giancarlo Murisciano, junto a su abuela de 87. La fotografía está tomada el día de nochevieja y nos muestra a Giancarlo sosteniendo en sus brazos a la anciana que padece Alzheimer con este mensaje: “En el pasado tú me tenías sobre tus piernas, ahora lo hago yo, abuelita, sin vergüenza y sin temor […]”. Una foto que se ha hecho viral, pero no es un selfi, nos advierten Guembe y Goñi. Aún más, nos dicen: “es un selfi imposible, porque no se puede sacar una autofoto si se tienen las dos manos ocupadas en ayudar a los demás”.

Joven abraza a anciana

Ese es el truco. Alejemos el móvil de nosotros mismos no para salir en la foto, sino para soltarlo  y poner nuestras manos en la obra de ayudar a los demás.

Referencias

Familia actual