La cantante estadounidense Madonna no deja ver la televisión ni comer caramelos a sus hijos porque ―dice― «los niños «necesitan límites« para no volverse locos». Y el amigo Boris Izaguirre afirma que «esa garganta profunda que es la televisión es el nuevo opio del pueblo que cualquier persona racional está en su derecho de detestar como a su enemigo».

Manda huevos, que diría nuestro ínclito ex presidente del Congreso. Perdonen, pero no tengo otra expresión. Ver para creer.

Sin embargo, no me quejo. Bienvenidos sean a este carro de los críticos al medio, aunque resulte profundamente incoherente que aquellos que nos han enseñado el culo por la tele ahora nos quieran enseñar a verla o a no verla. No obstante, aprovechemos la legitimidad que les da el hecho de que ambos conocen bien los entresijos de la garganta profunda audiovisual ya que jugando con ella al morbo y al escándalo han perfilado sus respectivos personajes mediáticos y han conseguido atraer millones de miradas con las que engordar sus cuentas corrientes.

Si ustedes no me creen cuando les digo que la tele hay que manejarla con cuidado porque es vitriolo educativo, háganles caso a ellos que la conocen bien porque la han hecho mal. Palabrita de Madona y de Izaguirre.