Mi amigo José Martín me recomienda como lectura de verano, el premio Anagrama de ensayo 2013, Naturaleza de la Novela de Luis Goytisolo, un recorrido profundo, completo y delicado a través de la génesis y desarrollo del  género al que alude el título, y sobre la literatura misma, que no estaría aquí reseñado si no fuera porque en alguna de sus páginas y sobre todo en su epílogo, el autor se plantea algunas cuestiones que entran de lleno en el marco reflexivo de nuestro Medioambiente Simbólico.

Primero se cuesstiona el futuro del libro impreso en competencia con los soportes digitales. Su diagnóstico, demasiado apresurado,  es que lo da por desaparecido frente a «artilugios que hagan la lectura más y más confortable» sin tener en cuenta que con la digitalización no se produce sólo un cambio de soporte más cómodo, más transportable, más útil, sino también y en cierto modo un cambio de naturaleza ya que en la medida en que el soporte digital tiende a ser multifuncional, sitúa el acto unívoco de leer en un plano de alternativas, de distracciones que se ofrecen constantemente al lector con el esfuerzo de un clic y que descentran el acto de leer del mismo modo que en el hipertexto los link convierten el texto cerrado y lineal en uno abierto y arbóreo en el que el lector acaba fácilmente yéndose por las ramas. Su mejor virtud, la versatilidad, lo hace también volátil y etéreo. Otra de sus virtudes, la facilidad de copiado, lo hace también vulnerable y expuesto a los cambios, perpetuamente inacabado, susceptible de ser corregido, ampliado, falseado. El punto final inmóvil fijado por la tinta en el papel que lo ancla en el tiempo, desaparece en el éter digital en el que todo es electrónicamente inestable.

Pero Goytisolo, en su análisis, va mucho más allá y ahora sí, sin apresuramiento alguno, afirma que lo que de verdad le preocupa no es la desaparición del soporte sino de su contenido. «Más que el futuro del libro –dice– lo que a mí me preocupa es el futuro de la novela y, más en general, de lo que entendemos por literatura». Más concretamente la desaparición de la lectura de la literatura: «Que el hábito de la lectura de esta clase de obras acabe considerándose algo sobrante –residual, diría yo– […] que se juzgue suficiente recurrir a las píldoras informáticas, bien vía internet –donde está todo, como suele decirse–, bien mediante cualquier otro sistema audiovisual.»

Leer –entendido no como el acto mecánico de descodificar signos lingüísticos, sino como el  proceso de sumergirse en un universo simbólico complejo– no es algo que surja espontáneamente sino que exige un contexto cultural, un aprendizaje, un  clima; la adquisición de unos conocimientos que son lo que  la contracultura de las pantallas y la facilidad del clic han puesto hoy en crisis.

La pintura y la fotografía, las primeras imágenes, y el cine, la primera pantalla, convivivieron sin problemas con la novela, y con los hábitos del lector  influyéndose e incluso  reforzándose mutuamente. La televisión, con su fuerte penetración en los hogares y la posterior proliferación de canales, produjo ya una ruptura con el tiempo de ocio dedicado a la lectura, a las relaciones y al pensamiento mismo.  El ordenador, las videoconsolas, la hiperoferta de internet, la accesibilidad 24/7 del móvil han supuesto un verdadero cataclismo.

Del mismo modo que la falta de formación y conocimientos del pasado explica el auge de la novela histórica como sucedáneo del aprendizaje, «la pérdida de tales conocimientos explica en parte el éxito de los nuevos productos –novelas, películas, series televisivas, juegos de ordenador–, por lo común de carácter tan brutal como incoherente, con independencia de que se hallen en el pasado, en el presente o en el futuro» y que no aportan significado simbólico alguno, sino que son puro entretenimiento desvinculado de cualquier esquema de construcción de humanidad y transmisor de sentido.

«Ni el consumo de un género literario determinado ni su cultivo pueden estar en contradicción con [los] hábitos sociales» del lector. Hogares sin libros, en los que «el tiempo que la familia pasa diseminada ante las diversas pantallas es tiempo que se pierde para una conversación de cualquier género». Un mundo sin vida familiar ni patios de vecinos, sin comentarios cara a cara, sin el paso intermedio del comic, las primeras novelas… y en el que, en cambio, «las diversas variantes de ordenador y de pantallas grandes y pequeñas crean una realidad virtual más llamativa –[más atractiva y por eso más llamativa]– y más inmediata que la realidad cotidiana, ajena al ejercicio del pensamiento no relacionado con el mundo informático, así como a un cada vez más innecesario ejercicio no sólo de la memoria sino, sobre todo, de una conciencia personal, de cómo es uno mismo y de cómo es el mundo que le rodea». El lector se engendra en el contacto primero con la vida circundante y, después, sumergiéndose poco a poco en las interpretaciones literarias de esa vida que la palabra escrita recrea contribuyendo a dar sentido a la vida real del que lee ofreciéndole verdades permanentes sobre sí mismo y el mundo que le rodea. Donde no se engendra es en la pura contemplación perpetua de pantallas en las que en vez de vivir la vida se pasa viendo cómo la viven los demás. Para escribir el Quijote hay que haber vivido mucho. Para serlo sólo hay que perderse en la virtualidad caballeresca de los otros inventados.

«Semejante eclipse, que ya es un hecho en el ámbito de otras artes –la pintura, la música–, lo es también en el de otros géneros literarios –la poesía– y empieza a serlo en el de la novela» Es el nuevo paradigma cultural anunciado por Baricco y sus Bárbaros o el nuevo entorno definido por el profesor Sáenz Vacas, o la licuefacción intelectual descrita por el Superficiales de Nicholas Carr.

La novela, la literatura y, en cierto modo, la lectura se mueren compitiendo «en inferioridad de condiciones, con los cultivadores de subgéneros y subproductos afines a los que ofrecen las diversas pantallas y los estímulos adictivos de la red».

Un interesante, elegante y enriquecedor trabajo intelectual muy justamente premiado. Si las pantallas se lo permiten, no dejen de leerlo. Quizá así no dejen de leer.