En tiempos de incertidumbre educativa, de cambios de ley, de cierta sensación de fracaso, de noticias de prensa, de eslóganes, y –lamentable, pero realmente, de cierta competencia de mercado frente a la disminución de la natalidad– los colegios –es decir, las personas que los hacemos cada día- estamos siendo sometidos a un bombardeo de opiniones respecto a los síntomas, su diagnóstico y la búsqueda de soluciones que tienden a terminar en el bálsamo de Fierabrás de la innovación.

Los Equipos Directivos buscan desesperadamente un cambio metodológico que poder vender como seña de identidad. Picotean aquí y allá. Contratan asesores y organizan cursos para el profesorado. Empezamos con el tema de los estándares de calidad para poner un sello de distinción en las fachadas e intentar aplicar criterios empresariales a un trabajo fundamentalmente personal que no se deja encasillar fácilmente en ellos y que termina por llenar de farragoso papeleo la actividad docente. Luego vino la historia del bilingüismo, desde el que se supone que los alumnos están aprendiendo de manera natural una segunda lengua dando Educación Física en inglés o poniendo los rótulos de las clases, los baños, los pasillos y por supuesto las fachadas en doble lengua con una banderita inglesa. Hemos explorado las procelosas aguas de las nuevas inteligencias que han descubierto sesudos teóricos con gran éxito editorial que nos han explicado primero que la inteligencia es ahora emocional –por si las emociones eran todavía pocas- y que no hay una, sino múltiples… probablemente tantas como individuos. La interioridad, el aprendizaje cooperativo, las competencias, el aprender a aprender, la escuela transformadora frente a la escuela reproductora…Y, cómo no, los recursos tecnológicos que han llenado las aulas de pantallas digitales, ordenadores y tablets que tanto motivan (¿entretienen?) a nuestros alumnos.

Toda esta marabunta de barnices pedagógicos se justifica siempre con una apoyatura teórica maniquea más propia del márquetin que de la reflexión serena o el rigor intelectual: lo nuevo presupone lo viejo; lo innovador se opone a lo tradicional; lo digital a lo analógico; la tablet al papel; la pizarra digital al encerado, lo vanguardista a lo retrógrado…Y hay que elegir. Es en el fondo, una acusación. Lo que hemos hecho hasta ahora ya no vale, hemos estado haciendo el tonto o, lo que es peor, somos sujetos pasivos de una educación superada que nos ha maltratado en nuestra propia infancia y sujetos activos que han estado machacando desde las tarimas a varias generaciones de estudiantes. “Usted lo está haciendo mal, amigo; lo está haciendo como ‘antes’(¿?) y es necesario cambiar para hacerlo como ahora”. Los libros de texto, una antigualla inútil y una rémora. Las aulas, un recinto superado que hay que redefinir porque es en los garajes donde los jóvenes amigos con una tableta o un ordenador, diseñan Apps que les hacen millonarios. Los alumnos, unos especímenes moldeados en las nuevas tecnologías –ya saben: otra vez el cuento de los nativos y los emigrantes digitales- que no necesitan un profesor, sino un guía para moverse en la red donde está todo y no hay más que saber buscarlo; no necesitan ni pensar, ni atender, ni estudiar, ni memorizar, ni hacer deberes… sólo necesitan una pantalla, surfear por la red, aprender a aprender y unos golpecitos de ánimo en la espalda para llegar a ser abogados, médicos, ingenieros, astronautas, bomberos y, además, buenas personas que transformen la sociedad para hacerla mejor.

No me importa innovar, cada día es nuevo para mí, pero me sublevan por falsas un par de cosas con las que una y otra vez me venden la innovación: una que lo que he estado haciendo en mis clases durante treinta años es dar clases magistrales, en las que mis alumnos se han limitado a escuchar pasivamente mis peroratas que lejos de transformarlos para una realidad nueva –la suya– han conseguido únicamente perpetuar en ellos los valores de la sociedad industrial capitalista y de consumo. Yo no he dado una clase ex cátedra en mi vida, entre otras cosas porque mis alumnos de secundaria no me lo hubieran permitido. Y si ha habido raros momentos de inspiración en los que solamente mi discurso –es decir, mis palabras, bendito lenguaje– han conseguido encandilar las almas juveniles transportándolas a territorios para ellos desconocidos y misteriosos… bienvenidos sean. Mi vocación docente me ha llevado a disfrutar y a sufrir en mis clases –llenas de aciertos y errores, más o menos patéticas o abúlicas, ricas y pobres– con toda la intensidad que la comunicación interpersonal lleva consigo en este bendito trabajo. ¡No! En nada me reconozco en esa escuela gris y plana a la que se supone que he pertenecido hasta ahora y que me pintan sólo para contrastarla con el arcoíris de fiesta y alegría que traen consigo las distintas innovaciones.